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Archive for 28 septiembre 2012

LA LLAMADA DEL MAR…

Playa de Santander. http://www.rubendeluis.com

Habían pasado dos meses desde aquella última tarde juntos. Sesenta días que a él se le habían hecho eternos…

El otoño se había adueñado ya de la ciudad, haciéndola suya, y surcaba sus calles como un invitado esperado, arropado por la brisa templada del  Cantábrico, envuelto en un traje pardo, ocre, de hojas recién caídas.

Carlos caminaba absorto mirando al vacío.

Descalzó sus pies y se adentró en silencio por “el Sardinero”. La preciosa playa estaba casi desierta y solo el sonido de las olas al “morir” sobre la orilla le acompañaba. Atardecía.

Sus pasos lentos, perdidos, marcaban la arena… y sus pensamientos volaban, como aquellas tres gaviotas que volvían a puerto sobre el horizonte.

No se había recuperado. Y lo había intentado todo, pensó en silencio.

Se había esforzado en hacerlo, incluso engañándose a sí mismo, inventándose una tranquilidad ficticia que había mantenido durante semanas y que ahora, le estallaba por dentro sin que pudiera controlarla.

Porque él la seguía queriendo. La amaba con toda el alma, y no podía, no quería ni debía olvidarla…

Continuó abstraído caminando sin rumbo. ¡Cuántos paseos había dado de su mano por aquella ribera!, susurró…

Y ahora, él se adentraba por aquel mismo camino, cuyos surcos invisibles  “tejieron” los dos sobre aquella arena tantas noches de primavera; envueltos en charlas interminables, horas sin fin de dos vidas que lo compartían todo como por primera vez.

Lo suyo era un amor de los que solo ocurren una vez en la vida… y que no todos consiguen encontrar. Surgió suave, como la brisa que ahora acariciaba su rostro. Para volverse tempestuoso y envolverlos como un torbellino, cargado de emociones y sentimientos que ambos no habían conocido nunca.

Dos almas diferentes, pero sensibles.

Dos mundos opuestos pero que se compenetraban bajo la batuta de una complicidad sin límites, de una ilusión que desbordaba presentes y trenzaba futuros… sueños juntos; que una cálida tarde de verano, sin esperarlo, tendidos juntos sobre la hierba de “Piquio” se habían detenido.

Montse lo había mirado a los ojos, y con el corazón roto le dijo “que no era posible”… Y Carlos pensó que moría. Y murió realmente. Y ella con él.

Y así, muerto en vida, había deambulado por la ciudad, por la vida, durante días. Buscando explicaciones imposibles, señales en el cielo, navegando sobre veleros de reproches “propios” que no le conducían a buen puerto; y que naufragaron.

…Y ahora la mar lo había devuelto a la playa donde todo surgió como un mensaje en una botella. Y sintió frente a su inmensidad, que nada era imposible.

Y le hablaba, lo llamaba. Y el viento le recordó que solo si podía soñarlo, podía hacerlo. Que no había tormenta que pudiera con la esperanza, ni olas contra “el malecón” de los sueños, ni huracán contra el amor verdadero.

Sintió que la vida volvía a cada golpe de olas. Que el temporal amainaba, y que moría a sus pies, desnudos, después de tantos días de navegar sin rumbo.

Sin darse cuenta la playa terminó al pie de las rocas, y se detuvo.

Alzó la mirada al frente donde se erguía majestuoso el Palacio de la “Magdalena”. Sin pensarlo, comenzó a ascender despacio, buscando el lugar donde ambos acababan sus paseos cada día para deleitarse con aquel maravilloso paisaje.

Tomó el carril que le llevaba junto al acantilado, frente a aquella “sirena”, mascarón de proa. Cogió el móvil y se armó de valor… ¡debía intentarlo!.

Comenzó a marcar su número 6… 0… 5…, cuando sin saber el porqué, paró instintivamente, para acercarse lentamente al borde del mirador donde solo una mujer miraba al vacío, melena al viento.

¡No puede ser!, pensó nervioso, y la llamó suavemente por su nombre mientras se aproximaba…

-¡Montse! ¿Eres tú?…

Tras unos segundos que le parecieron horas, ella giró su cabeza y le sonrió tiernamente. Aparecía ante su mirada atónita, radiante, hermosa, con esos ojos suyos que le hablaban, como surgida del mejor de sus sueños.

Por instantes el tiempo cesó en su latido, y se miraron junto al mar como nunca lo habían hecho, para fundirse en un abrazo que él y ella llevaban toda una vida esperando.

Y la brisa cesó. El barco plegó velas. Llegaba a puerto.

Ella entonces solo tuvo fuerzas para decirle…

– ¡Llevo muchas tardes, aquí!… esperando que la mar me devolviera a mí Capitán…

– ¡Y hoy al fin lo ha hecho!

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POR LA RENDIJA ABIERTA…

La pequeña plaza parecía desierta. Solo el reconfortante sonido del agua de la  fuente llenaba el silencio de aquel espacio.

Apenas eran las siete de la mañana. Un viernes cualquiera.

Pablo cruzó la plazuela solitaria de esquina a esquina, mirando al vacío, y prosiguió su camino lentamente. Solo el eco de los pasos de algún madrugador vecino le acompañaba de fondo, casi imperceptibles…

El casco antiguo de la ciudad amanecía a un día que a él se le antojaba agónico. Bajo su brazo tembloroso, una pequeña carpeta azul y desgastada. Un portafolios “marcado” por el dolor y la impotencia, que encerraba en cifras y letras su desesperanza.

Las calles comenzaban a poblarse despacio mientras él se acercaba lentamente a su destino.

De los pequeños portales, comenzaban a brotar decenas de “almas” calladas que embocaban aceras aún en penumbra con el cálido regusto del café en la garganta. Apenas cruzaban sus miradas.

Se detuvo al llegar a la última esquina y dudó por un momento.

En su mente se agolpaban en un “martilleo” incesante ideas, problemas y  amarguras, entremezclándose en un “cóctel” letal que lo paralizaba. Se sentía ¡tan derrotado! …

Tomó aire y decidió seguir adelante.

La puerta del banco estaba ya tan solo a unos metros, y Pablo sintió al acercarse un nudo en la garganta…

Hacía ya más de dos años que lo habían despedido… y hoy todo “resucitaba” en su mente como viejos fantasmas de los que jamás había podido deshacerse.

Nunca había podido olvidar aquella triste mañana de invierno en la que su jefe desde hacía veinte años, lo llamó al despacho como cada mañana, sin que él pudiera esperar aquel desenlace.

Sonriente, con un café “de maquina” en cada mano, como todos los días, había subido las escaleras rápidamente. Tenía ganas de “meterle el dedo en el ojo” tras la derrota de su equipo a manos de su eterno rival. El club de “los amores” de Pablo.

¿Cómo no recordar su mirada al abrir la puerta? Seria, compungida… ausente. Apenas pudo mirarle a los ojos. Y él sintió entonces aquel escalofrío. Un dolor punzante, intenso, en el alma, del que todavía no había podido recuperarse.

Las tres largas horas de conversación que siguieron a continuación le parecieron eternas. Apenas pudo llorar. Ni siquiera cuando Luis, su “patrón”, lo estrechó entre lágrimas; en un abrazo largo, sincero. Sin palabras.

Los meses habían pasado desde entonces demasiado rápido, pensó, y ahora se veía cerca de los cuarenta, sin trabajo, sin ingresos, sin esperanzas…

Pablo, empujó la puerta de la entidad financiera con un sudor frío que le recorría la espalda.

Acababan de abrir la sucursal y dentro los empleados se afanaban en poner en marcha la oficina. Decenas de papeles se amontonaban sobre mesas de diseño, bajo una tenue luz blanca. Era un espacio aséptico, plagado de grises y azules sin vida, donde una “minimalista” recepción te daba la bienvenida delante de un frío cartel publicitario. “Con tu nómina, construimos futuro”, se leía en grandes letras…

Nervioso se acercó directo al mostrador y preguntó a la joven que atendía a los clientes. Tras unos segundos, ella levantó la cabeza y con fría amabilidad le indicó la puerta de enfrente donde “el director le espera”… Le comentó en voz baja.

Se armó de valor.

Cabizbajo se dirigió hacia su suerte. Su mala suerte. Todo estaba ya cumplido.

Y es que desde hacía seis meses había sido incapaz de hacer frente al pago de la hipoteca de su vivienda, su única posesión. Y a pesar de sus denodados esfuerzos, de su lucha, de las ayudas de sus más cercanos, la impasible maquinaria del banco pasaba hoy sobre él como una apisonadora imparable. Sin alma.

Y a él, ya no le quedaban fuerzas para nadar “contra la corriente”… que lo arrastraba.

Los minutos pasaron, eternos, esperando aquel triste destino. ¡Nunca se había sentido tan desesperado, tan hundido!.

De repente, la puerta acristalada se abrió. Y la luz invadió la antesala con fuerza, dibujando sutilmente la sombra de aquel hombre sobre aquel suelo “plástico”.

Pablo se levantó sin fuerzas de aquel incómodo sillón “italiano”, para pasar sin mirar al despacho.

De pronto, sin esperarlo, en mitad de aquel desolador instante, sintió una mano en el hombro… y giró la cabeza, sorprendido. Su rostro se iluminó al enfrentarse a una cara amiga y por un momento volvió a sentir aquel escalofrió, aunque ahora con una sensación diferente.

Aquel hombre trajeado, le sonreía…

Con un gesto amable le invitó a sentarse y cerró la puerta tras de ellos. El silencio podía cortarse, casi dolía… y Pablo se sintió desconcertado.

Tras unos instantes, los dos hombres se encontraron frente a frente, mirándose a los ojos a cada lado de la mesa.

– ¿No me recuerdas? Le interpeló de repente aquel singular burócrata.

– ¡Soy Mario, tu compañero de clase!… Le dijo sonriente.

Pablo abrió los ojos, y se dejo caer sobre el cómodo sillón, con la mirada fija al otro lado de la mesa.

– ¿Mario…Mario Fernández? Le contestó casi sin resuello.

– ¡Claro! ¿Tanto he cambiado granuja?… Le espetó el banquero antes de levantarse de la silla como un resorte para abrazar a su amigo, que casi sin reaccionar lo miraba atónito.

Y Mario ya no dejó de hablar.

Y recordó sus vivencias juntos en aquel viejo colegio de barrio. Sus andanzas  entre pupitres, libros y pizarras hacía ya más de treinta años. Aquellos interminables partidos con las mochilas como porterías sobre el albero ocre…    Ilusiones de una niñez lejana que hoy renacían mágicamente.

Los minutos transcurrieron “livianos” para convertirse en horas. Y Pablo había recobrado la sonrisa. A su mente regresaron las frías mañanas con los libros bajo el brazo, las carreras y prisas por el patio, el olor a tiza, el pan y el chocolate.

Sueños de una infancia perdida que ahora recuperaba.

Entonces su reencontrado “camarada” dejó de hablar de repente, fijando en su amigo sus ojos, que se inundaron como un lago; para volverse tras un segundo, brillantes, tintineantes, y dejando escapar dos lágrimas que arrastraron a su paso tanto dolor y desesperanza.

– Llevo treinta años esperando decirte esto, ¡Gracias! … Le dijo entre  suspiros.

– Gracias por ayudarme en aquellos difíciles años de nuestra niñez, ¡cuando nadie lo hizo! … Continuó Mario.

Y le abrió su corazón para desahogar un agradecimiento profundo, madurado al sol de los años. El de un hombre que volvía a ser niño por un momento, para devolver aquel regalo que llevaba dentro desde hacía lustros. Un “presente” que él se merecía.

Le recordó su apoyo frente a los demás niños cuando estos le ridiculizaban por ser el más pequeño, y de familia tan humilde. Su mano por el hombro al pasar por los pasillos, en señal de amistad sincera, que evitaba tantas mofas e insultos… Su mirada siempre cercana cuando en clase alguien osaba burlarse, que le daba la fuerza necesaria, la confianza, a un niño de apenas ocho años que abría al mundo su mirada inocente.

-Tú siempre me dejaste la rendija del corazón abierta, ¡y esa fue mi tabla de salvación! Concluyó casi sin voz.

La puerta volvió a abrirse y se despidió de su amigo.

Fuera la mañana había florecido entre las callejas del viejo barrio, y Pablo con ella.

Con paso firme y la ilusión en el rostro, dejó atrás el banco, y con él, miedos y desesperanzas.

Los problemas ­habían quedado resueltos y la vida volvía, penetraba en su interior.

Por aquella rendija abierta.

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La Gata, Malo y Tetxu…

 

                 

Un río de sensaciones recorría su mente aquella fría mañana de primavera.

Era principios de Abril…

Acababa de abrir los ojos, no sin dificultades, y apoyado en la almohada se dejó llevar por la vista de un amanecer que nacía frente a él como saludándolo. La luz surgía tímida, como a “borbotones” de entre unas nubes que pintaban el horizonte de gris. Un gris que a él le recordó como se sentía.

El día anterior había sido todo un desastre. Su mundo se desmoronaba a su alrededor, como hecho de arena, tan fina que se le escapaba entre los dedos sin que pudiera hacer nada para remediarlo. Se sentía desamparado, solo en la lucha, en una batalla interior que le arañaba el alma haciendo “jirones” sus convicciones, sus anhelos… sus esperanzas.

El café lo llamaba ahora. En silencio.

Se levantó entonces de un salto y bajó las escaleras como un sonámbulo pensando solo en su taza, en su aroma. Su soledad lo acompañaba, como siempre “compañera”; llevándolo de la mano como se lleva a un niño perdido.

Sintió el calor de aquel primer sorbo en su garganta y se sintió reconfortado.

Como un autómata tomó en su mano su “smartphone” y perezosamente, tecleó los números que lo desbloqueaban 8… 5… 3… para que la luz surgiera de pronto como un relámpago iluminando la pantalla. Estaba en marcha. Un nuevo día comenzaba.

Recordó entonces como su amigo Marcos le había habilitado su cuenta de “Twitter” hacía unos días…

Él era algo más que un amigo, que un “camarada de andanzas”. Era su alma gemela, una de esas pocas personas que lo conocían de veras, que había buceado en su interior para descubrir su verdadera esencia. Un verdadero compañero de vida, que ahora estaba muy preocupado por él…

¿Twitter, yo?, le había preguntado extrañado, cuando entre “chanzas” le comentó “¡debes ser el único humano que no lo tiene!”…

Entre risas y chatos de vino, teclas y manos fueron jugueteando con aquel nuevo esparcimiento que se abría ante su mirada. Todo un mundo desconocido que a él le producía indiferencia, pero en el que se sumergió sumido en los vapores de aquel rico “ribera” que degustaban…

“Avatar”, “Nick”, ”Retuit”… todos aquellos términos le sonaban tan extraños… pero él se dejaba llevar como un chaval con zapatos nuevos, para  navegar por aquel sorprendente “planeta imaginario” con nombres que parecían sacados antiguas leyendas celtas…

Frente a sus ojos fueron apareciendo imágenes, nombres, biografías que en unos pocos caracteres encerraban toda una vida. Desconocida… tal vez como la suya.

Y poco a poco fue sucumbiendo a su hechizo. El “Twitter-encantamiento”.

Y por horas que le parecieron minutos, sus tristezas se disolvieron entre blogs y citas, sus miedos desaparecieron leyendo maravillosas historias escondidas tras insólitos “avatares” que encerraban personas, que como él, latían al ritmo de cada “tweet”. Mujeres y hombres, pensó, que se sentían más libres, menos lejos, más cerca del mundo desgranando su vida en 140 caracteres…

Habían pasado dos días ya…y él decidió pulsar de nuevo aquel “pájaro azul” que lo había hechizado hacía escasamente unas horas.

Apenas recordaba nombres e historias, pero decidido, deslizó su dedo por la pantalla en busca de un “bálsamo” que lo aliviara.

Y entonces todo sucedió de repente. Como en un sueño.

Pajarillos grises comenzaron a revolotear por su móvil señalándole respuestas, interacciones, menciones a mensajes que su mente y sus dedos habían mostrado al mundo hacía horas desde aquella pequeña taberna. Y que ahora volvían, inesperadamente, como mensajes en botellas “cibernéticas”.

Y su cara sonrió por fin después de días. Se sintió arropado, acompañado, escuchado por decenas de personas al otro lado de aquel planeta que le había parecido imaginario, y que ahora se presentaba en todo su esplendor.

Y compartió con @MixaEscaldada sus peleas con “Atila” la limpiadora, sus risas contagiosas, su enorme ternura disfrazada de ironía… su esperanza en el mundo que contagiaba a todos los que la seguían.

Y descubrió a un malo poeta, @MaloContigo, luz tenebrosa, la mejor de las malas influencias, dibujando sonrisas desde un “averno” imaginario. Siempre dispuesto a conversar contigo. De todo y para todo.

Para zambullirse con @Embruji en la ilusión compartida. Y soñar con pasteles de crema, con verduras “ecológicas” que parecían dibujadas en cada enlace, un alma grande, serena, que devolvía cariño en cada “tweet”…y con la que, sin saberlo, desayunaría a deshoras todos los días.

Y entonces la soledad, como por “arte de magia” se fue por la gatera.

Para descubrir que había una luz “azul” al otro lado del camino. Que la esperanza renacía envuelta entre mensajes y “favoritos”.

Que si podía soñarse…podía hacerse.

………………………………..

Dedicado a tod@s mis seguidor@s de Twitter. A tod@s los que dejan su alma cada día en 140 caracteres. GRACIAS.  

 

Twitter… “Una ventana abierta al mundo…¡Abramos los ojos!.

           

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¡Bienvenido, Bienvenida!

Gracias por llegar hasta aquí… Gracias.

Solo soy un aprendiz de escritor que pretende mostrarle al mundo lo que siento forjado en palabras. Palabras para para ti y para el viento.

Un andaluz que quiere compartir contigo sus relatos, sus historias tejidas para la esperanza, sus ilusiones plasmadas en este Blog a flor de piel. Entre tú y yo.

Soy un soñador ¡Disculpadme! Y cada vez creo más firmemente que si luchamos por nuestros sueños estos pueden hacerse realidad.

Soñad pues, soñad…

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