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Archive for 31 octubre 2012

LA LLAMADA…

Dedicado a los/as que han dejado de creer…

Se levantó despacio como cada mañana. Amanecía un día más… y Virginia se dispuso a afrontarlo con desgana.

Lentamente, descorrió la cortina de su dormitorio, para darse cuenta de que  aún el sol no había aparecido en el horizonte. Y allí se mantuvo. Ensimismada en sus pensamientos; mientras su mente volaba… hacia ninguna parte.

Sintió que el café la llamaba a gritos, sin palabras, aquel eterno compañero de silencios y soledades; y bajó presta a su cita. Ambos se necesitaban.

Preparó entonces la desgastada cafetera italiana con el grano recién molido; y su intensa fragancia se esparció por el aire como una brisa penetrante, llenando todos los espacios. Y ella, cerró los ojos para perderse en su aroma… y en sí misma.

Porque se sentía realmente sola.

Ausente. Indiferente frente a una vida que transcurría a su lado como si no fuera con ella. Sintiéndose, al margen de todo y con el alma rota por la desesperanza.

Ya no creía. No.

Había dejado de hacerlo. ¡Y de un golpe!.

Y como si fuera un enorme castillo de naipes, todas sus convicciones, sus anhelos, sus sueños, habían caído hecho añicos hacía tan sólo unos meses, arrastrados por un desamor que la había descosido por dentro…

Después de servirse una segunda taza, Virginia tomó aire.

Se sentía ya algo reconfortada, y se dispuso a colocarse la chaqueta sin mirarse al espejo, como siempre había hecho hasta ahora, para abrir la puerta de la casa y enfrentarse a un mundo en el que ya no confiaba.

La luz le saludó de frente; y titubeante, encaminó sus pasos hacía el utilitario que la llevaría al trabajo.

Nada cambiaba -pensó- ¡Sólo otro día!…

-¡Y cuanto necesitaba alguna señal… del cielo o de cualquier sitio!-… pensó, llamando a un destino que le era tan esquivo.

Condujo despacio.

Y abstraída en la radio, saboreaba cada canción como si estuviese escrita para ella; y sus ojos se empañaban a cada paso, con cada estrofa. Para sentir un dolor agudo e intenso que no podía compartir con nadie.

Sin darse cuenta, pausadamente, los kilómetros iban pasando como hojas de un ajado libro.

Los paisajes se sucedían, como dibujados, frente a una mente perdida tras el bamboleo de unas escobillas que borraban tímidas gotas de lluvia; y tal vez con ellas también su dolor.

El tiempo fue transcurriendo veloz, ligero, sin que se diera cuenta… y el coche avanzó impasible, inalterable al cansancio.

Y cuando quiso darse cuenta, había conducido como una sonámbula al volante, para alejarse de su trabajo en Murcia…

De pronto, miró el reloj asombrada, vuelta a la vida.

Y el cuentakilómetros le indicaba que había avanzado sin pausa y vio como una maravillosa Ciudad, Elche, se mostraba ante su vista en el horizonte.

Palmerales de Elche.

No podía salir de su asombro.

Rápidamente, como una autómata, buscó la primera salida, la que le dirigía al centro de la Villa donde intentaría dar la vuelta y recuperar su camino.

¡Cómo podía haberle sucedido esto!… meditó enfadada.

¡Era ya tan tarde!… se recriminaba en silencio.

Entonces, algo ocurrió en su interior, como un estallido. Como la señal que anhelaba. Y como si un imán imperceptible la atrajera, decidió seguir adelante. Continuar y tomarse libre la mañana…

La ciudad comenzaba abrirse a su paso, como engalanada para ella.

Y su luz, sus palmerales, sus preciosas avenidas la saludaban como si estuviesen esperándola desde hacía tiempo. Y Virginia sintió una sensación extraña.

Avanzó, sorteando plazuelas y calles estrechas entre el bullicio de gentes que se abrazaban a la vida como ella necesitaba hacerlo. Y sintió por un momento el palpitar de almas que se cruzaban a su paso buscando su propio destino.

Por fin, se detuvo ante un precioso parque. Y se bajo despacio del coche.

El sol, en todo lo alto, calentaba el aire de un otoño suave, y liberada de su extraño olvido, comenzó a pasear en silencio, mirándolo todo con ojos nuevos.

Tranquila. Disfrutando de un regalo inesperado que se mostraba de frente  como una esperanza de paz, que tanto necesitaba.

Giró una esquina. Y al fondo, le pareció ver una terraza donde tomar algo… y se dirigió a ella con paso firme. Se sentó mirando hacia la arboleda, y pidió algo fresco al amable camarero.

Se respiraba tranquilidad, y cerró los ojos para saborearla…

Tras unos instantes, de pronto, alguien toco su hombro con delicadeza y la sacó de la ensoñación.

Abrió los ojos, y se giró desconcertada para fijar su mirada en él.

Y allí, de pié, frente a ella, aquel hombre de buena presencia, la observaba atento con una enorme sonrisa.

–  ¡Hola Virginia!-… le dijo sin mediar palabra.

Ella no supo que responder… durante unos largos segundos.

Porque en su cabeza, volaban ya las imágenes, los recuerdos de toda una vida, que pasaban como en una noria girando a velocidad de vértigo… y entonces, algo hizo -clic­- en su interior,  y no pudo evitar sentir un vuelco en el corazón.

-Mario… ¿Eres tú?-… dijo nerviosa en voz alta.

Y él asintió rápidamente con la cabeza.

Entonces ella se levantó como un resorte, abrazarle tiernamente.

Habían pasado veinte años. Veinte largos años ya.

Pero a pesar de todo, no había podido olvidar aquellos ojos, su rostro y aquella mirada dulce, con la que compartió sueños cada día en aquella vieja facultad… hacía tanto tiempo.

Los dos se contemplaron entonces durante segundos eternos. Cruzando sus miradas como aquel primer día en el que se conocieron. Como si el tiempo no hubiera transcurrido. Con el corazón en la garganta.

Para pasar a sentarse juntos. Hombro con hombro, como habían hecho siempre. Con la ilusión en sus caras. Y Hablaron…

Y charlaron durante horas que pasaron delante de ellos como un instante.

Y él le contó su vida. Su devenir de ciudad en ciudad a lomos de una gran empresa. Riendo juntos con el relato de sus andanzas, de sus viajes y sus amoríos. De una voluntaria soledad frente un trabajo que no le permitía buscar raíces en ninguna parte.

Y Virginia lo observaba atenta, absorta en sus palabras, envuelta en sentimientos encontrados que brotaban, iban y venían como hacía mucho que no recordaba…

Cayó la tarde.

Y las palabras, las emociones continuaban fluyendo como arrastradas por una brisa ligera que los envolvía y los conmovía a su paso; como a dos adolescentes. En una comunión de dos almas que habían vuelto a encontrarse por azares del destino.

Un sentimiento, que flotaba a su alrededor como un aura, que los aislaba de todo, del tiempo y del espacio, protegiéndolos con su manto y haciéndolos intocables.

Y la complicidad se adueño de la noche y de ellos. Como un sueño hecho realidad después de tanto tiempo… y Mario no pudo evitarlo más. Era imposible.

Se acerco a ella y  la cogió de la mano tiernamente.

A flor de piel…

Para realizar después de veinte años un viaje para el que jamás había estado más preparado. Un ahora o nunca. Y ella se dejó querer, como si estuviera esperándolo. Un salto al vacío sin red que él debía haber hecho hacía tanto tiempo… y que, una puerta mágica, había abierto ante él aquella mañana.

Entonces, mirándola fijamente a los ojos… le declaró su amor. Sí, su amor infinito.

Una adoración mantenida en su alma durante cuatro largos lustros, que ahora le estallaba por dentro como un huracán. Al volver a verla. Tan hermosa.

Y sus ojos brillaron, al recordarle como no había tenido las fuerzas necesarias para decírselo antes de verla partir hacía su tierra. Una triste mañana que nunca pudo olvidar. Y con él, resplandecieron los de ella.

Como, no había podido reponerse ni olvidarla nunca; ni siquiera para reunir la fortaleza necesaria para ir a su encuentro. A pesar de sentir lo que sentía.

Para contarle como había guardado ese amor inmenso, como un tesoro, dentro de él, esperando otro amor que nunca apareció…

¡Porque él nunca había podido dejar de quererla!.

Y al terminar… un silencio cómplice los envolvió dulcemente.

Virginia, sintió entonces como algo, de nuevo, llamaba a su puerta casi cerrada para volver a creer.

Y percibió como se adentraba como un viento suave por la rendija abierta y desgastada de su corazón roto. Como un milagro.

Para acercarse y mirarlo como debía haberlo hecho hacía veinte años, sin palabras… a corazón abierto.

Y sentir, que él había llegado hasta ella, para renacer juntos aquella maravillosa mañana, sin saberlo…

A su llamada.

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Cuento dedicado a mis amigos “Nico” y “Quito” y su maravillosa Mamá…

Amanecía en una escondida selva del país de los sueños.

La luz del sol se filtraba tímidamente entre los árboles y las lianas, dibujando en el suelo centenares de formas brillantes. Como pequeñas estrellas.

Pájaros de mil colores despertaban. Extendían perezosos sus alas arcoiris y mirando al horizonte, se calentaban con los primeros rayos del astro rey. Con sus ojillos casi cerrados.

Centenares de flores abrían sus pétalos al rocío y a la mañana; y los insectos se sentaban en ellas para desayunar polen y néctares dulces, mientras las mariposas revoloteaban en un aire tan limpio que parecía mágico.

Los monos comenzaban a saltar de rama en rama, en mitad de un estruendo de gritos y llamadas… y toda la jungla se despertaba al oírlos.

Los cocodrilos del río entonces, saludaban a los hipopótamos con su gran cola verde, mientras las gacelas corrían alegres a través de la arboleda que perdía sus troncos entre las nubes… hacia el infinito.

Y la claridad lo llenaba todo; con un resplandor que se extendía por la espesura pintándolo todo de maravillosas tonalidades.

“Malva”, la mamá mono, levantó la mirada contenta.

Después de estirarse… cogió en sus brazos al pequeño Nico, el monillo más travieso de toda la selva, mientras su hermano el simpático chimpancé Quito los observaba bostezando desde el nido cercano.

Los tres, subidos en lo alto de aquel viejo árbol, se abrazaron, para después, de improviso, y en un salto increíble, alzar mamá chimpancé el vuelo dibujando en el aire una pirueta digna de una trapecista hacia el tronco más cercano.

Porque, como cada mañana, iba a buscar los plátanos y la fruta, mientras sus niños la esperaban. A buen recaudo.

Pero aquel día, Nico, quiso descubrir mundo.

Y desoyendo a su madre, bajó raudo por el tronco nada más verla alejarse,  para llegar al suelo seguido por su hermano que no quiso dejarlo solo en la aventura. Siempre iban juntos a todos lados.

Querían verlo. Los dos querían hacerlo.

Sí. Habían oído que Tuna, la gran leona, había tenido un precioso cachorro colorado que era la comidilla de toda la sabana.

Y no pudieron resistirlo.

Porque a pesar de las advertencias de mamá mono…”La ley de la selva -les decía a menudo- ¡No permite que leones y monos sean amigos!”… sus ansias de conocer y saber les arrastraban hacía lo desconocido. Como un imán.

Juguetones, los hermanos comenzaron a recorrer el gran bosque. Y a su paso todos los saludaban.

Rayitas, la cebra más guapa de la llanura levantó la cola para decirles buenos días.

Y “Cielos”, la jirafa, bajó su largo cuello para acariciarlos al pasar junto a ella.

Y ellos se sentían felices. Despreocupados. En casa.

De pronto, un resplandor se abrió paso entre la maleza. El bosque acababa y enfrente la sabana se extendía imponente. Y los dos monitos se pararon asombrados ante la inmensidad que se abría ante sus ojuelos.

Después de unos segundos, se miraron, sonrieron y decidieron seguir adelante, sin mirar atrás, dejando la tranquilidad de su bosque encantado para adentrarse en lo desconocido. Sin miedo. Desde su inocencia.  

De la mano avanzaron entre las altas hierbas de la enorme llanura saltando y brincando, rodeados de centenares de animales que pastaban tranquilamente y los miraban absortos.

¿Qué harían aquí esos dos monillos traviesos?, se preguntaban al verlos cruzar los viejos ñus azules, mientras rumiaban pacientemente la hierba fresca.

Y los antílopes, con su larga cornamenta rayada, galopaban frente a ellos entre enormes saltos, que a los pequeños primates les parecían sorprendentes, describiendo en el aire cabriolas y piruetas como suspendidos por hilos invisibles.

Todo transcurría plácidamente, cuando Nico oyó un rugido muy cerca. Detuvo su paso y se aferró fuerte a su hermano, que sin pestañear lo miró y le indicó el camino hacia delante, sin titubear ni un instante.

Su objetivo estaba cerca. Se presentía en el ambiente.

Avanzaron sigilosos entre los altos matorrales, pardos y redondeados, cuando en un giro del pequeño sendero… vieron a la imponente manada.

Allí, al pié del gran “Baobá”, junto a dos enormes peñascos grises, medio centenar de leones y leonas descansaban.

Los machos de enorme melena roja, tomaban el sol, mientras que las mamás leonas jugueteaban con los cachorros, que retozaban a su alrededor como en una enorme guardería animal.

Nico, se fijó con cuidado, miró a derecha e izquierda inquieto. Cuando de pronto, entre aquel gentío de felinos, vio surgir la pequeña figura del cachorro de león que buscaban.

Despacio, como recién levantado, jugaba con una pequeña rama caída del viejo árbol que su madre le lanzaba a diestro y siniestro.

Los hermanos sonrieron. Lo habían encontrado. Y paralizados por la emoción lo observaron durante minutos absortos en sus juegos.

Y entonces, como si una llamada secreta los hubiera unido, la rama voló por el aire limpio de la sabana para sortear los matorrales y caer a los pies de los dos.

No se movieron. Sorprendidos, y cuando estaban a punto de reaccionar, frente a ellos mirándolos fijamente estaba ya el pequeño gran leoncito colorado. Con los ojos abiertos de par en par.

Nunca había visto a estos animales tan raros, pensó en silencio.

Marrones, de orejas grandes y brazos largos y peludos, que con cara simpática les miraban de frente a solo unos centímetros…

–         ¡Hola, me llamo Tolo!… dijo casi susurrando.

–         ¡Nosotros somos Nico y Quito!… le contestaron al unísono los monitos.

–         ¿De donde venís?… ¿Qué clase de animales sois?… continuó el leoncito      más relajado.

Y entonces, como si no fueran monos y león, los tres pequeños se sentaron juntos para contarse quienes eran y de donde venían. A escondidas del resto de la manada.

Y como si de una manada nueva se tratara, tras minutos de charla y risas, los tres pequeños cachorros jugaron en la enorme pradera que parecía haberse dibujado para su recreo.

Saltaron. Y treparon a los arboles. Y Nico y Quito le enseñaron trucos para subir rápido por los viejos troncos, mientras Tolo les deleitaba con historias de caza junto al lago de las aguas grises.

Mamá mono había vuelto por fin al árbol,  e intranquila los llamó mil veces. Sin encontrar respuesta.

Comenzó a preocuparse de veras, porque aunque los dos pequeños simios eran muy “trastos”, siempre habían obedecido a su madre, como tienen que hacer todos los niños y niñas.

Bajó rauda casi sin tocar la templada corteza, y se apresuró a recorrer la intrincada selva. Y a cada paso que daba, los animales les indicaban el camino seguido por sus crías.

Y de pronto, asustada, se encontró como ellos en el claro del bosque que abría sus brazos a la gran llanura. Y no lo pensó.

De un brinco se adentró en ella en su busca.

Y sin pensar en nada, recorrió praderas y cruzó ríos llamándolos, y preguntó a todo el que encontraba a su paso… sin respuesta.

Desolada. Agotada, se sentó a la sombra… triste y apesadumbrada.

Cerró los ojos… y de pronto pareció escuchar algo. Parecían sus voces. ¡Y sí, lo eran!. Y como un rayo se puso en pie de nuevo en dirección a donde se oían.

Y allí estaban los tres. Como tres amigos, retozando y divirtiéndose jugando con un saltamontes amarillo que hacía cabriolas para evitar ser alcanzado.

Mamá malva, enfadada se interpuso entre ellos, que al verla agacharon la cabeza consternados.

Mientras, el pequeño león la miraba atónito.

–         ¡Os dije que no abandonarais nuestra casa ni el bosque y me habéis desobedecido!… les increpó enfadada.

–         ¡La sabana es muy peligrosa y además está la Ley no escrita de la selva!… continuó.

Los dos monitos escucharon sin decir palabra. Para al unísono lanzarse sobre su madre y abrazarla. Y ella no pudo hacer otra cosa que devolverles un abrazo tierno que llevaba esperando desde hacía horas.

Y cuando parecía que todo se había calmado, de pronto, como un relámpago algo surcó el aire a unos metros de ellos, y un sonido seco, impresionante, precedió a la aparición de la enorme figura de Tuna… la gran mamá leona.

Seria, miró a su cachorro, que con la cabeza baja se acerco rápidamente a  su lado.

Las dos madres se miraron entonces, en medio de un silencio absoluto.

Y sin palabras, como si una señal misteriosa las uniera, se sonrieron.

Y lentamente, mirándose a los ojos se acercaron, para abrazarse como nunca una leona y una chimpancé lo habían hecho.

Nada más fue necesario…

Y desde aquel día algo ha cambiado en la selva y en la sabana.

Y la ley no escrita, se hizo añicos en medio del cariño sincero de tres cachorros de alma noble.

Y la historia de Nico, Quito y Tolo se cuenta desde entonces de generación en generación, como la de tres amigos que rompieron las barreras que el mundo les ponía para hacer del amor y de su amistad… El don más preciado.

Sin límites. Sin colores. A corazón abierto.

                                      

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RUTH Y EL UNICORNIO AZUL…

Cuento dedicado a mi pequeña amiga “Ruth” y a su mamá “Inmaculada”…

Era una dulce mañana de primavera. El templado sol comenzaba a salir por el horizonte, y mamá Inma se acercó muy dulcemente junto a la cama. Como cada día. Para ver a la luz de sus ojos.

La luz penetraba en el cuarto por una pequeña rendija, dibujando al pasar entre las cortinas de flores, miles de margaritas blancas sobre la pared; que tintineaban, reluciendo como brillantes luciérnagas, para cubrirlo todo como un jardín mágico.

Ruth sintió la caricia de mami en la cara, abrió sus ojos grandes, y sonrió.

Con esa sonrisa suya que envolvía a cualquiera, dulce, hermosa… de ángel.

Saltó de la cama, esta vez sin remolonear como casi cada amanecer… porque su corazón latía deprisa como un pequeño tren de colores…

¡Y es que por fin había llegado el día!… pensó entusiasmada.

Nerviosa, se abalanzó sobre su madre, para abrazarla fuerte, muy fuerte, como sólo ella sabía hacerlo, y dejar en el aire un suave olor a inocencia ¡Tan tierno!…

Y es que la excursión prometida a su bosque preferido iba a ser hoy y llevaba mucho tiempo esperándola.

Corriendo bajó las escaleras, y de un salto, entró en la cocina donde un templado “ColaCao” la esperaba junto a sus galletas preferidas.

Lo bebió de un sorbo, con ganas, dejándole en su pequeña boca sonrosada un gracioso bigotillo dulce.

Llamó entonces a voces a todos. Entusiasmada. Y el cortejo se puso en marcha a sus ordenes, como un ejército feliz.

El coche avanzaba suavemente por la carretera.

Ella contaba como cada día los coches azules que se cruzaban en su camino en una batalla permanente con su hermano que los prefería colorados. La pequeña, como siempre iba ganando…

Y así transcurrieron minutos que le parecieron segundos, ensimismada, buscando con la mirada su bosque…

Y de pronto, como por arte de magia, apareció en la lejanía; coloreándolo todo de verde.

Grande, hermoso… imponente.

Se adentraron en él despacio, como de puntillas. Y enseguida comenzaron a escuchar el suave canturreo de los pájaros y ese olor a fresco que lo inundaba todo.

Ruth corría entre los arboles, alegre, dibujando con los brazos abiertos en el aire limpio, piruetas añil y doradas como su corazón. Se sentía feliz.

Sólo ella sabía el secreto de aquel bosque mágico. Sólo ella.

Así, mientras todos preparaban algo para comer, y jugaban entusiasmados, Ruth se acercó a aquel árbol grande donde siempre lo esperaba él.

Y lo llamó suavemente, por su nombre…

Y tras unos instantes que le parecieron eternos, aquel pequeño “unicornio” azul apareció entre los matorrales para ir junto a ella. El unicornio de los cuentos de mamá.

Sus ojos brillaron. Y ella lo abrazó tiernamente como nadie lo hacía. Sólo ella podía verlo… sólo ella y mami, claro.

Y mamá que la seguía dulcemente con la mirada, sonreía con cada gesto suyo en la distancia.

– ¿Como estás Ruth? ¿Por qué has tardado tanto en volver?… Le preguntó el unicornio.

– ¡Llevo muchas semanas esperándote, junto a nuestro bosque!… le dijo un poco enfadado.

– ¡No he podido volver antes, he estado en el colegio!… le contestó la niña sonriendo…

Su pelo azul brillaba como siempre. Sedoso y limpio. Y el pequeño cuernecillo nacarado tenía diminutos dibujos plateados que a ella le encantaban.

Y corrieron. Y saltaron juntos.

Y volvieron a beber agua de lluvia en el estanque de las hadas moradas, de alma noble, que revoloteaban sobre ellos divertidas viendo como los dos amigos disfrutaban.

Y cuando los dos, Ruth y su unicornio se cansaban, dejaban caer sobre ellos “polvos de ninfas” para alegrar sus corazones y darles fuerzas.

Y las ardillas les acompañaron junto a la pradera de las flores siemprevivas, donde el unicornio saciaba su hambre comiendo tallos tiernos, dulces y frescos, bajo la mirada de su compañera de juegos.

Y a la primera llamada del unicornio, los “duendes de la alegría” aparecían entre las amapolas donde vivían jugando con las “hadas soñadoras”.

Y divertidos, subían a lomos de Ruth, para llenarla de risas y cosquillas, y correr sobre su cabeza en el prado multicolor donde se sentían protegidos.

Mientras las ninfas, mariposeaban sobre ellos, brillando y riendo divertidas.

Para dibujarles a su paso, arcoiris; de todos los colores que ella les pedía… bajo los que ellas sueñan con secretos escondidos cada mañana…

Y dibujaron… morados como las ilusiones.

Amarillos, como los sueños por realizar.

Naranjas alegría.

Turquesas para las almas puras como la suya.

Rosas inocencia.

Verdes esperanza… y azules, sus azules para un corazón hermoso.

Y Ruth lo vivía todo con una alegría enorme, disfrutando de sus amigos en el bosque de sus sueños…

Y a cada paso del camino, los diferentes habitantes de la arboleda salían raudos a saludarlos.

Las “náyades”, bellas ninfas de los ríos, les daban los buenos días al pasar junto al arroyo. Dibujando sus mejores sonrisas.

Y las “Dríades” ninfas de los bosques, les enseñaban los mejores caminos y sendas para encontrar las frutas más frescas y las flores más hermosas.

Y aleteando, muy cerca, las “Sílfides”, bellos espíritus del aire, los acompañaban realizando mil piruetas y giros…

Y en la inmensidad de la floresta, todo resplandecía como iluminado por el hechizo de mil hadas buenas…

La tarde empezaba a pintar de naranja el cielo. Y mamá la llamó tiernamente.

La niña se arrodilló en la pradera, algo triste, rodeada de ninfas, duendes y de su amigo el unicornio. Pero todos le sonreían. Y ella también lo hizo.

Entonces, como sincronizados por un reloj misterioso, todos se abrazaron, y miles de lucecitas brillantes ascendieron hacia arriba, dibujando al subir figuras asombrosas hacia un cielo que parecía muy cercano.

Ruth pasó la mano por el lomo de su unicornio. Y sintió su tersura y su cariño… para abrazarlo después y despedirse hasta un nuevo día.

Mama, se acercó lentamente… y como en un sueño, mágicamente, todos desaparecieron súbitamente dejando en el aire un suave olor a chocolate y canela…

………………………………………….

La noche llegó despacio, y el sol les dijo adiós con un guiño.

Y Ruth, de nuevo, se metió en su preciosa cama de princesas, después de un día inolvidable.

Y sintió un suave beso en la mejilla… y un ¡buenas noches , cariño!…

Para cerrar de nuevo, esos maravillosos ojos…

Y soñar tiernamente con mundos donde todo es posible…

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DESTINO… ELLA MISMA.

“Hay que luchar por tus sueños…”

Nunca se había sentido tan sola como aquella mañana. Al menos, no lo recordaba…

Sentada en uno de los incómodos sillones de aquella terminal, esperaba  pacientemente el anuncio de su vuelo, sumida en sus pensamientos. A su lado, sólo una pequeña maleta con lo básico para un día…. y en su corazón lo mínimo para soportar tanta tristeza.

Apenas una docena de hombres y mujeres la acompañaban en aquella sala.

En silencio, consultaban sus mensajes en el “smartphone” o pasaban lentamente las páginas de un libro de bolsillo. Y al frente el sol surgía tímidamente por el horizonte. Su luz atravesaba la enorme cristalera… y casi su alma.

– ¡El vuelo IB886I con destino a Madrid va a realizar su salida en cuarenta y cinco minutos!… ¡Los señores pasajeros pueden realizar su embarque por la puerta número cinco!… Se dejó oír con fuerza por los altavoces.

Y Nuria se levantó con desgana.

Como una autómata, sacó del bolsillo de su chaqueta la documentación que necesitaba, para acercarse despacio hasta el pequeño mostrador donde una azafata esperaba sonriente. Apenas comprobó sus datos; para en un instante, indicarle el camino hacia el avión.

Y ella lo tomó. Resignada.

La aeronave despegaba. Y con ella, a lomos, su desesperanza.

Y es que Nuria vivía desde hace tiempo en una zozobra permanente, en una montaña rusa de sentimientos frente a un amor que naufragaba sin que  pudiera hacer nada.

Un corazón habitado por alguien demasiado práctico, que ella pensaba que había pasado de la ocupación a la costumbre rutinaria.

Y eso la mataba por dentro.

El viaje duraba apenas una hora. Tras un suave despegue, se disponía a echar una cabezadita cuando su compañero de asiento, en el que no había reparado, se dirigió amablemente a ella…

– ¡Mi nombre es Pablo! Le dijo alegremente… con una de esas sonrisas que llegan a lo más hondo.

Y sin saber cómo, aquellas cuatro palabras, y sus ojos profundos barrieron como un ciclón la amargura. Y el sueño dio paso a la charla.

Primero tímidamente. Para luego pasar a una conversación profunda y sincera.

Y como si se conocieran de toda la vida, las confidencias volaron de asiento a asiento como por arte de magia, para recorrer juntos dos vidas de ida y vuelta en tan sólo sesenta minutos… que a los dos se les antojaron segundos.

Tendieron puentes. Tiernos. Desinteresados. Para construir en tan poco tiempo sensaciones cómplices de esas que a veces las personas tardan toda una vida en cimentar. Como un regalo inesperado.

Nuria se preguntaba que le ocurría.

Se sentía tan vulnerable al mirarlo de frente, que casi apartaba los ojos en cada respuesta. Pero a la vez, se encontraba cómoda, arropada. Escuchada después de tanto tiempo.

Y era una sensación maravillosa…

La azafata les sirvió un café. Y Pablo, con mimo, vertió el azúcar en su taza… para tiérnamente depositarla entre las manos de ella, que sintió el leve roce de su piel entre un escalofrío.

¡Aquello no podía estar pasando!… pensó.

Pero ocurría. Y las palabras fluían, delicadamente, como una brisa suave.  Refugiadas en aquel mundo propio, de apenas unos metros, tejido en minutos sobre aquel cielo nublado que sobrevolaban. Un universo maravilloso. Y etéreo…

El vuelo llegaba casi a su fin y con él, aquellos instantes mágicos. Pero ninguno de los dos dió el paso.

Él la ayudó cortésmente a salir al pasillo, sin apartar de ella la mirada, para acompañarla después durante todo el recorrido hasta la salida de aquel gigantesco aeropuerto. La atracción entre ambos era evidente. Como un áurea,  los rodeaba y los aislaba del mundo en mitad de aquel gentío sin alma.

Y él entonces levantó la mano.

Y aquel taxi blanco aceleró para llegar hasta ellos, tan rápido cómo ninguno de los dos hubieran querido.

Se besaron en la mejilla despacio. Con ternura. Como sabiendo que aquella era la primera y la última caricia. Y se miraron… y con la mirada se dijeron todo sin decir nada…

Habían pasado ya más de veinticuatro horas, tal vez las más largas de la vida de Nuria.

Cobijada, refugiada en interminables reuniones de trabajo, había intentado guarecerse de aquella avalancha de sentimientos que la desbordaba. Sin conseguirlo; sin poder olvidar aquellos instantes que guardaba dentro como un tesoro.

– ¡Cuánto se arrepentía!… pensó.

– ¿Por qué no había sido capaz de pedirle el teléfono o quedar con él simplemente a tomar algo?… se preguntaba a cada momento.

Porque su corazón herido le decía que había desaprovechado una oportunidad de esas que solo pasan una vez en la vida. Y ahora, ya no había manera de solucionarlo…

Triste cerró la maleta y abandonó aquella ya desierta sala de reuniones. Tomó el ascensor; e instintivamente pulsó el botón que la bajó al hall del céntrico hotel.

Mientras recorría el viaje de vuelta, de nuevo hacia el aeropuerto, no pudo hacer otra cosa que intentar recordar su cara, sus ojos, su voz… y sus palabras. Pero todo había vuelto ya a aquella normalidad melancólica, de una vida sin destino propio… de una existencia sin alma.

Bajó del taxi, de nuevo con la tristeza como compañera. Y sin pensar, empujó la puerta que daba paso a la terminal, para sumergirse en aquella muchedumbre de vidas de paso.

Cuando al mirar al frente se topó con sus ojos.

Allí estaba. Era él…

Y el corazón le dio un vuelco.

Y el mundo se paró en mitad de unas miradas que detenían las agujas del tiempo y del espacio.

Pablo, se acercó lentamente.

Desaliñado. Con barba de dos días… Le sonreía. Con aquella sonrisa, dulce ventana abierta de par en par a la ilusión y la esperanza. Y ella volvió a la vida…

Porque él no había podido resignarse a perderla.

Y como un ermitaño enamorado, la había estado esperando todo aquel tiempo en el mismo lugar donde la había despedido. Albergando en su corazón la confianza de volver a verla para ya no dejarla nunca.

Y ahora la tenía enfrente… y apenas hubo una palabra.

Sólo un abrazo infinito, eterno…

Y unas caricias que volaron hacia un nuevo destino, tejido entre los dos, en tan sólo unos minutos…

¡Ella misma!.

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EN EL JARDÍN DE INVIERNO.

 

“Dedicado a todos los que creen en el amor verdadero”…

8 de Octubre de dos mil doce. En algún lugar del mundo…

¡Buenos días, Princesa!…

Quiero que sepas lo primero que me encuentro bien, y que te echo de menos, aunque eso de sobra lo sabes.

El otoño aquí, ha abierto ya sus brazos tiernos; y a pesar de ello, la primavera ha decidido acompañarlo, regalándonos días templados llenos de una luz que parece pura magia. ¡Te encantaría!

Las horas sin ti pasan despacio, cariño.

El reloj toca su suave música a ritmo lento, “sottovoce”, para recordarme en cada nota que no estás a mí lado. Aunque todo me recuerda a ti, en cada recodo del camino. A cada paso.

Cada mañana, al despertar, intento no pensarlo. Pero es imposible.

Porque tú me visitas en sueños de paseos interminables por nuestros lugares perdidos… y yo, intento vivir con ese recuerdo el resto del día, como un “combustible” que apenas dura en el motor de un corazón que necesita tu presencia. Y no la tengo…

Pero es la mía ahora una soledad necesaria. Tú lo sabes y yo también, tesoro.

La nuestra es sin duda una historia maravillosa. Conocerte y amarte justifica ya mi propia existencia, pero como todo lo que merece la pena, hemos tenido que luchar remando casi siempre contra corriente. Eso sí, Juntos.

Hemos salvado así mil ríos y cruzado mares, y tú, grumete, siempre has estado al timón contra viento y marea. Siempre.

Y Ahora me toca a mí hacer la travesía para llegar a tu puerto, donde me esperas. Porque tú lo necesitas y yo tengo que hacerlo…

Ayer decidí por fin, con el corazón roto, volver a mi jardín. Lo hice despacio y solo. Quiero que lo sepas.

Dejé atrás mi patria y mi bandera, de una tierra que ya no me pertenece, para construir con mis manos una nueva vida. Y solo tu recuerdo me reconforta.

Abrí la cerca medio derruida de aquel huerto abandonado. De un jardín en una tierra baldía que necesita amor y semillas; agua, fe y esperanza. Y remangué mi alma para trabajarlo. Por ti, mi cielo.

Y ¿sabes?… el sol templado me saluda cada amanecer y me da los buenos días. Me alienta y me ayuda, como un hermano.

Y a cada golpe de azada, a cada mala hierba que arranco, florece una nueva esperanza. La de un futuro que nace entre mis manos.

He elegido para ti las mejores plantas y la mejor tierra. Y dibujaré con ellas parterres y arriates plagados de flores de mil colores, traídas de países cálidos y lejanos donde el sol nace.

Las regaré cada día, cada mañana, esperando tu vuelta. Y ver tus ojos.

En la entrada colocaré una valla blanca, radiante, con una pequeña cancela que le dará paso. Y un naranjo te saludará cada mañana a la puerta. Y las flores de azahar abrirán sus pétalos a tu paso para embriagarte con su perfume cada tarde. Ya puedo verlo y sentirlo. Espero que tú también conmigo.

Y Sembraré el pequeño camino, de piedras de colores. Las colocaré con mimo, una a una. Como un mosaico. Como una alfombra que sostendrá tus pies cansados.

Y las elegiré de mil tonalidades y matices, como tu alma hermosa y fascinante. La luz se reflejará sobre ellas cada aurora, dibujando en el aire arcoiris cada vez que llueva. Y tu sabrás que brillarán solo para tus ojos y los míos.

Y en el centro construiré nuestra casa.

Luminosa. Alegre. De ventanas abiertas al mundo y a nosotros. Y allí tú y yo seremos felices, sin que ya nada pueda separarnos. Ni siquiera el silencio.

Tú la llenaras de luces brillantes. De “lunas luneras” y soles. De risas e ilusiones compartidas. De complicidad y charlas sin límites, de un corazón hermoso y grande… llena de ti, mi vida.

Yo me sentaré entonces en el porche, cada atardecer. Tranquilo. Esperando verte cruzar la verja. Como la noche espera a la mañana.

Porque vivir a tu lado a partir de aquel día, será amor mío, una aventura. Un sueño tejido entre los dos con mil esfuerzos y caricias, como las cosas que de verdad son importantes. A golpes de corazón y esperanzas.

Un viaje maravilloso, que nos permitirá construir nuestro propio universo juntos, cada día, a cada momento, desde nuestro jardín de invierno…

¡Hasta muy pronto, cariño… te espero!

……………………………….

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… EN UN SOLO SEGUNDO.

 

 

EN UN SÓLO SEGUNDO...

EN UN SÓLO SEGUNDO…

Apenas eran las siete de la mañana, de una jornada cualquiera.

Celia acababa de abrir la puerta del establecimiento como todos los días. Hoy tocaba inventario. Con esfuerzo, levantó el cierre metálico no sin acordarse mientras tanto de la familia del que lo montó…

Saludó levemente con la mano a los pocos compañeros de fatigas de los comercios vecinos, que se afanaban como ella; para después, lentamente, abrir la puerta interior casi a oscuras.

No era un buen día. Llevaba sin serlo demasiado tiempo y ya casi se había acostumbrado. Porque los males del corazón, se combaten, pero si son profundos no se remedian. Y ella había decidido tomar aquel “Paracetamol amoroso” cada amanecer, sin receta y sin resultados.

Entró despacio en la tienda totalmente oscura. Y a tientas, se acercó para levantar el interruptor que daba vida cada día a decenas de neones cuando sintió aquel horrible contacto contra su cabeza que ahora la paralizaba. Y en medio del atronador silencio, sintió a centímetros su respiración agitada, el temblor de su cuerpo… y creyó morir.

Ni una sola palabra. Ni un susurro.

Sólo aquel frío cortante, metálico, que recorría su cuerpo desde la cabeza hasta los pies sajando a su paso como un bisturí.

Los segundos transcurrieron como horas. Y un sudor gélido recorría su espalda para llegar a su contorneada cadera. El mundo se había detenido y ella con él.

Con tan sólo 25 años, y en sólo unos instantes, en un viaje de ida sin vuelta había llegado al averno. Sin pecado alguno.

De pronto, aquel hombre se dirigió a ella. Y el latido vertiginoso de su joven corazón apenas le dejó oír aquellas cuatro palabras, que sin embargo atronaron en su cabeza.

-¡Cierra la puerta ya!-le dijo tajante, mientras la arrastraba vilmente del brazo hacia la entrada con una fuerza enorme. Y Celia, sintió que casi perdía el equilibrio, paralizada por un miedo que le impedía pensar, reaccionar. Casi respirar.

Apenas si podía sostener las llaves, que repiqueteaban al chocar entre ellas al ritmo del pánico. Sus manos temblaban, sudorosas. Y ella se aferraba a aquel llavero como un náufrago al último bote. Pero al final, sin saber como, pudo dar aquellas dos vueltas que a le sonaron a despedida. A partida. A fin.

Nuevamente, aquellos manos canallas cayeron como un mazo sobre sus hombros. Para arrastrarla sin piedad a través del pequeño comercio entre mil tropiezos, y llegar hasta el mostrador en mitad de un silencio atroz, indescriptible.

Aquello no podía estar ocurriendo, pensó aterrorizada.

Pero sí, ocurría. Y era tan real como aquel pavor que la atenazaba. Que la dejaba sin aliento.

Sintió entonces como sus dedos recorrían su cuerpo. Como aquellas manos grandes, ásperas, la toqueteaban suciamente; palpando su pecho, su cintura, en medio de una sensación nauseabunda. Envuelta en aquel fétido olor a sudor y alcohol barato, y en el terror que la paralizaba cada vez más.

el terror...

el terror…

No era capaz de moverse. No era capaz de gritar. Se sentía muerta en vida. Una vida que se le escapaba en cada inmundo roce de aquel desalmado.

De pronto, como un estallido en mitad de aquel repugnante momento, sonó el teléfono. Una, dos, tres veces… como un cincel golpeando a oscuras. Y aquel hombre la soltó de repente asustado. Sin mediar palabra.

De un salto, él se abalanzó sobre el mostrador; y tentando a oscuras tiró del terminal para arrancar el cable de cuajo de la pared, para hacerse de nuevo el silencio. Aquella calma helada que lo congelaba todo.

Celia entonces vio la luz. Era y tenía que ser su momento.

No había podido luchar contra aquel dolor que la mataba por dentro tras perder aquel amor, después de años de un romance apasionado. Pero sí iba a ser capaz de pelear por su vida. ¡Tenía que hacerlo!.

Y se armó de valor.

Con su mano derecha, echó hacía atrás su melena rubia, para asir inmediatamente aquella varilla metálica con la que se ayudaba a subir la verja muchas mañanas y que había dejado ayer sobre la mesa.

-¡Bendita hora!-caviló.

Sin pensarlo. Con las escasas fuerzas que aún le quedaban, levantó aquel arma improvisada para bajarla rauda, veloz, zigzagueando en el aire para asestar un golpe seco a su adversario. Era su única oportunidad. Era su vida o la suya y ella lo sabía.

Entonces, oyó aquel alarido áspero, casi gutural que le heló la sangre. Al que siguió el sonido, como un estrépito, de un cuerpo al caer inerte sobre el suelo.

Celia no dudó entonces. Y como alma que el diablo lleva, se abalanzó sobre la puerta. Sin titubear, giro de nuevo la llave en búsqueda de la calle y la supervivencia. Le faltaba el aire y el pecho le ardía.

La luz le estalló en sus ojos. Y un grito desgarrador, como un torrente, salió de su garganta. Roto. Enloquecido. Como nunca había pronunciado. Pánico en estado puro.

A partir de aquel momento todo se sucedió como en sueños…

Y la puerta se plagó en segundos de viandantes y comerciantes que se adentraron en el comercio en busca de aquel tipejo, con los rostros desencajados por la rabia, mientras otros la sostenían fuertemente para evitar que cayera al suelo.

Para descubrir nada más entrar que ya nada era necesario.

No hubo ya forcejeos ni peleas en el interior. Ni un solo ruido más. Porque aquel impacto, el de aquel sable justiciero había hecho su trabajo. Para teñir ahora el suelo de rojo muerte.

Rojo... muerte.

Rojo… muerte.

………

Los días, las semanas habían pasado. Y todo parecía ahora una alucinación. Una cruel fantasía.

Para todos, menos para ella. Para Celia.

Porque todo había cambiado en su interior desde aquella terrible mañana en la que amaneció a una nueva vida. Todo.

Y a pesar de lo ocurrido, de aquel día que no olvidaría nunca, hoy se sentía más fuerte, más segura. Reencarnada en la mujer que nunca debió dejar de ser.

Su mirada había vuelto a ser de nuevo transparente, tierna pero firme. Con la confianza y la fe recuperada. En paz. Porque ahora sabía que era capaz de luchar por todo. Que no habría retos ni obstáculos que no pudiera salvar.

Que la vida volvió a ella, de nuevo, frente aquel frío acero…

En un solo segundo.

en un solo segundo 4

………

DEDICATORIA:

A tus ojos que me hablan

en un solo segundo 2

#Halloblogween

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MARÍA… NO FUE UN SUEÑO.

La primera vez que te vi, cielo, fue en mis sueños, al menos eso creo. Recuerdo que era verano.

En aquella calurosa noche, solo en mi cama, te imaginé o creo que tal vez tú me llamaste suavemente en la ensoñación de la madrugada…

Yo caminaba como siempre con ella, de la mano, y tú nos acompañabas.

Tu pelo cobrizo, rizado, dibujaba con el viento de poniente mil formas. Y tú me sonreías. Con una sonrisa que lo traspasaba todo y que me hizo sentir el hombre más feliz del mundo.

Tu piel aceitunada, enmarcaba unos ojos grandes, redondos, verde esperanza… una mirada dulce que retengo en mi cabeza desde aquel día, como un regalo. Como un tesoro.

La playa era nuestra. De los tres.

Y juntos la recorríamos de este a oeste, descalzos sobre una arena que nos acogía como una alfombra mágica, bajo la luz de un sol que moría en el horizonte lentamente y que aún nos calentaba.

Y tú, pequeña, jugueteabas y corrías entre las olas que se enredaban bajo tus pies, y su agua templada te agasajaba con ofrendas de algas, conchas y sal. Bañando tu delicado vestido blanco.

¡Fue todo tan real!. Tan maravillosamente real… que al despertar sentí no estar en el lugar adecuado, añorando tu ausencia.

Y desde entonces, María, porque ese es tu nombre, no me has abandonado.

Desde tu ternura de apenas unos años, me hablas al oído cuando lo necesito, casi como un susurro, y me recuerdas que si desfallezco no podré abrazarte nunca. Para levantarme con tus pequeñas manos de dedos largos, y recordarme que “solo si puedo soñarlo, puedo hacerlo”. Con tu ayuda.

Formas ya parte de mi vida. Y yo espero dártela pronto. Lucho por ello cada segundo, en cada momento. Con una fuerza que renace de sus propias cenizas gracias a tu recuerdo, a tu existencia. Como un “ave fénix”.

Porque a veces me he sentido derrotado. Sí; batallando contra un viento que me arrastraba. Pero solo ella y tú con ella, me habéis sacado del abismo. Para elevarme, y decirme que todo es posible desde la esperanza. Luchando. Con el corazón por bandera.

Puede que en el fondo, esa parte de niño que no me resigno a perder, me dirija muchas veces, María; a pesar de que la vida pareciera exigir otras decisiones. Pero también creo que eso me da fuerzas para abordar la existencia con el arrojo y la ilusión de pelear por lo que uno quiere, con todas las consecuencias. Y así no perder oportunidades que solo se cruzan una vez frente a nosotros. Como tú, María, mi niña. Como ella.

Quiero decirte hoy que voy a seguir adelante. Con tu ayuda y la suya.

Que no habrá dificultad que no pueda sobrellevar por vosotras, ni duelo que no pueda esperar mejor vida. Que seré capaz de subir montañas o cruzar mares, para caer y levantarme. Que sois el motor de mi vida y no puedo defraudaros ahora, ni tampoco defraudarme a mí mismo.

Tú serás un faro permanente que volverá en cada sueño con el alba. No me dejes, María… ¡Te espero cada noche!.

Y cuando todo esto pase, nada habrá que no haya merecido la pena. Y sé que tú vendrás pronto a nuestro lado como el “presente” más valioso. La flor más hermosa en nuestro jardín de invierno, ese que estoy plantando ahora para tu madre y para mí. Y para ti también.

Entonces. Solo entonces, todo habrá llegado a su destino. Cariño mío.

Iluminarás todo a su paso, con esos ojos que tanto me recuerdan a los suyos. Y la vida me permitirá devolver todo el amor que las dos me dais, y que aún no he podido entregaros como merecéis.

Disculpad mis flaquezas y mis errores, el no saber escuchar a veces vuestros sabios consejos. Pero he aprendido de ellos a vuestro lado. Y soy, gracias a vosotras, mejor persona.

Ahora sé que todo tiene un sentido.

Que Abril mereció la pena, y que, querida niña… no fue un sueño.

¡Hasta pronto!…

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