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Archive for 28 diciembre 2014

EN TODAS PARTES…

atoledo10

Para leer escuchando…

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Desde algún lugar del mundo…

Todo ocurre por una razón, o al menos eso quiero pensar. Y a veces, la vida se confabula para regalarte una sorpresa que al principio parece un dardo envenenado. Yo no soy de los que se achican. De los que se dejan llevar por la tristeza o el desconsuelo cuando las cosas no ocurren como uno quiere. Eso no quiere decir que no sea sensible, que lo soy. Es solamente que prefiero poner buena cara a los nubarrones en vez de quedarme quieto cuando la lluvia arrecia y te pilla sin paraguas.

Me encanta viajar ¿Os lo había dicho ya?; creo que no he tenido oportunidad. Sí, me encanta. No por el hecho en sí de conocer lugares diferentes, ni siquiera por salir de la monotonía o de lo que uno ve todos los días. Tal vez lo que me atrae es la sensación de que algo puede ocurrir en cualquier momento, a la vuelta de la esquina, y que esa emoción se potencia cuando uno no sabe lo que hay al otro lado de una calle que no había pisado nunca. Así que esa mañana decidí tomar las riendas de mi vida de nuevo, en busca de ese cosquilleo en el estómago. No había sido un buen día, ni una buena semana, llevaba siendo un mes desastroso en realidad. Por eso, pensé que ya estaba bien de llorar, de dejarme caer en el sillón con la comedia romántica de turno para hacerme esa especie de Harakiri permanente y absurdo que solo me llevaba al vacío con palomitas, pero vacío al fin y al cabo.

¡Ya era suficiente! Sí. Me vino a la memoria aquella frase de “Love Actually”, una de mis favoritas de siempre y no solo de ahora, que estaba tan perdido en la nostalgia. Aquella escena memorable. Recordad, el chico enamorado de la mujer de su mejor amigo, a la que visita en secreto para autoflagelarse con aquellos carteles que iba pasando mientras sonaba un villancico.

-¡Tú, para mí, eres perfecta!- Concluía. Mientras se daba la vuelta por aquella calle solitaria en Navidad…  

atoledo9Había luchado contra todo, contra sus sentimientos, y se había dejado la piel en ello, pero sabía por fin que era suficiente. Y esa misma sensación del protagonista era la que yo tenía ahora. Lo había dado todo pero ya bastaba. Y sin carteles ni música. No en Londres, sino en el Sur y también en Navidad, enfilé aquella calle solitaria en mi mente en busca de lo que está en todas partes.

[…]

Mi abuela siempre me decía que yo era un soñador. Yo me reía cada vez que ella me lo comentaba. Era una mujer sabia, adelantada a su tiempo. De esas que te miraban y te lo decían todo sin pronunciar una palabra. Nunca me he sentido, bueno os mentiría, prácticamente nunca me he sentido tan a salvo como entre sus abrazos tiernos. Y hoy los echaba de menos, no sabéis cuanto.

-¡Un soñador, un bendito soñador es lo que eres!-me repetía mientras esbozaba esa sonrisa que lo curaba todo, y que yo guardo dentro para los días nublados como estos. Y ahora que ha pasado el tiempo y que ya no la tengo a mi lado, tengo que reconocer que llevaba razón. Y que tal vez este soñador no ha nacido en tiempos buenos para la utopía, pero que sobrevive a pesar de todo, con un pequeño barniz de realidad cada mañana…

Bueno, que me pierdo y no sigo con la historia. Os decía que había decidido esa mañana tomar de nuevo el control y lanzarme a lo desconocido. No necesitaba muchas cosas, y además siempre he pensado que todo sale mejor  cuando no se piensa demasiado y uno se deja llevar por la intuición. Aunque en realidad con ese sistema me he llevado algunos de los palos más grandes de mi vida, pero tengo que reconoceros que también las mayores alegrías. Así que en apenas unos minutos llené como pude la maleta, cogí la cartera, y después de hacer unas llamadas me dispuse a recorrer kilómetros sin destino fijo. En un viaje iniciático un poco absurdo por inesperado, pero necesario.

Y ahora la pregunta era ¿Adónde dirigirme? O a lo mejor esa no era la cuestión importante, tal vez era la que todo el mundo se haría. Si lo que buscaba no tenía nombre, ni remite, qué más daba, pensé. Mejor decidir sobre la marcha.

En lo disparatado de toda esta historia, porque realmente en el fondo así puede parecerlo, pensé que iría tomando cada decisión dejándome llevar por cada nombre. Sí. Por los nombres de los pueblos y ciudades que encontrara en el camino. No os riáis, sí, una estupidez… Como si una suerte de sendero invisible se dibujara en mi mente. Tenéis que comprender que mi estado emocional no era el más adecuado, aunque eso no explica suficientemente tan descabellado plan ni a este loco que os escribe.

Ahora ya tan solo tocaba tomar una dirección.

En el aire...

En el aire…

Ni corto ni perezoso busqué en el bolsillo una moneda -Norte cara, cruz Sur- el este y el oeste lo dejaría para otro momento. Cerré los ojos por un instante, como velando armas buscando la concentración necesaria, y tras abrirlos lance el metal al aire en un viaje que me pareció eterno. Y en aquel espacio frío de una mañana de Diciembre, tras varios giros, el destino no escrito, o tal vez más de lo que yo pensaba, tomó forma, sentido y rumbo. El norte nos esperaba al fin, a mí y a mi suerte.   

     […]

 

Decidí que el norte empezaba en Despeñaperros.

Así que conduje tranquilamente con la música a todo trapo, mientras los kilómetros se apresuraban a presentarme paisajes realmente preciosos. La carretera se abría camino entre ellos, zigzagueando curiosa, como si quisiera adivinar que iba a pasar con estas andanzas. El día ayudaba, radiante, y poco a poco fui acercándome a la frontera. A aquellos montes imponentes, ensortijados de árboles que suponían un punto de no retorno. Tomé aire, y como en un ritual, decidí cruzarlos despacio, ralentizando mi marcha para disfrutar del momento. Aquel enorme viaducto como colgado en el aire se abría en el horizonte, y pensé que tal vez era una metáfora de mi propia existencia, y que era un puente hacia una nueva vida. A partir de allí todo dependería de mi instinto y de lo que el futuro me tuviera deparado.

A una nueva vida...

 A una nueva vida…

Resolví continuar el camino sin apartarme de la ruta principal. Al principio era difícil decidir por donde seguir, y cada cruce, cada salida, se convertía en una posibilidad desconocida frente a mis ojos. No podía hacer otra cosa que sonreír por aquella ocurrencia que me torturaba a cada rato, y me hacía plantearme si era el siguiente cruce el que llevaría a mi destino. Pero qué importaba el nombre que la historia hubiera decidido ponerle a cualquiera de los pueblos que nacían a ambos lados; si tenía que llegar a algún lugar, llegaría, pensé.

La siguiente señal a la derecha me indicaba Santa Cruz de Mudela; deliberé sonriendo que un camino santificado no podía ser malo así que autoconvencido, decidí continuar hasta que otra indicación me apartara de aquella ruta. Y así fueron transcurriendo los minutos y las horas, que caían impasibles bajo la batuta de aquel cargador de CDs inagotable. Y yo no encontraba excusa, ni inspiración alguna en las decenas de nombres y lugares que aparecían en cada salida. Y se fueron sucediendo, uno tras otro, entre lomas y llanuras. De pronto, el indicativo de Toledo se desplegó en el horizonte, y como si una llamada invisible me avisara puse el intermitente, sin dudarlo. La Ciudad de las tres culturas, me esperaba, pensé ¿Adónde mejor que allá donde todos han convivido y aún quedan para siempre prueba imborrable de sus huellas? Tal vez esa era la respuesta que esperaba…

     […]

Engalanada...

 Engalanada…

La Ciudad apareció engalanada para mí como una novia. Recuerdo que al dejar el coche junto aquel hotel abrigado en piedra, tuve la sensación de que era el lugar adecuado, no sabría cómo explicarlo. Se respiraba tanta paz y armonía al caminar por aquellas calles empedradas bajo la luz anaranjada de las farolas, que todo invitaba al silencio y la meditación. La que yo necesitaba. El bullicio de la mañana había dado paso a la tranquilidad; y las parejas, de la mano, se hacían arrumacos por las callejuelas, y tengo que reconoceros que por primera vez me sentí solo y con un nudo en la garganta.

No sé cuánto tiempo caminé por aquellos barrios anclados en la historia. Solo sé que la música me llevó como en volandas a aquel lugar. Y cuando quise darme cuenta, allí estaba yo, en mitad de aquel callejón perdido en la Ciudad Imperial, atrapado por una melodía que me arrastraba como el canto de las sirenas.

En aquel callejón...

En aquel callejón…

Me costó abrir aquella puerta. Pesada, y por supuesto antigua. Pero apenas la había desplazado unos centímetros de su marco, aquella voz estalló dentro de mí, no me preguntéis porqué. Caminé unos pasos, al fondo de un largo pasillo se abría una estancia de techos altos, y no más de una docena de pequeñas mesas se abarrotaban bajo la luz de pequeñas lamparitas. Decidido me adentré en ella. Apenas si era capaz de vislumbrar sus caras; solo el sonido del cristal al chocar las copas y los pasos quedos, y de fondo aquel canto de mujer.

No lo dudé y decidí sentarme en la única mesa libre que quedaba a la derecha del pequeño escenario, mientras mis ojos se acostumbraban a aquella luz tenue y casi misteriosa. Recuerdo que con el primer trago de vino pude al fin poner rostro a aquella voz. Y también recuerdo que ya no pude dejar de hacerlo.

Puede que el resto de la historia os pueda parecer increíble. Pero realmente ocurrió así. No sé si fue el azar o el destino, o si hubiera llegado a cualquier otro sitio si aquella moneda hubiera dado otra dirección a la veleta de mi aventura. Sinceramente creo que de todas formas hubiera aparecido sin saber cómo en aquella calleja para escuchar su melodía. Porque inexplicablemente, ella no dejó igualmente de mirarme desde que yo lo hice. Y las horas se sucedieron eternas aquella noche, bajo aquel cielo engalanado mágicamente de estrellas.

Así que querida abuela, hoy quiero dedicarte esta historia. Aquí desde esta preciosa terraza que se abre a los cuatro vientos de Toledo. Ya han pasado muchos meses, y quiero que sepas que sigo aquí. Al norte de mi patria, pero en el centro de mis sueños. Esos que Tú alimentaste con tu cariño y ternura, para que yo los sembrara en otras tierras. Para que los recogieran otras manos, y otros ojos, pero con el mismo amor. Ese, el de verdad, el que Tú me enseñaste.

atoledo8   

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DEDICATORIA:

A l@s que aún creen que está en todas partes… 

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AÚN CREO EN LOS ATARDECERES.

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Aún creo en los atardeceres.

Que la luz tiene múltiples colores.

Que el sol realmente sana todas las heridas,

y que no hay días malos, si aprendemos;

porque solo serán mañana borrones de recuerdos.

 

Me gustan las gentes que miran de frente.

Las que no esconden nada porque no lo necesitan.

Las que lo dan todo, aunque no esperen respuestas,

y te aman; te aman por lo que eres.

Las que te buscan,

las que te encuentran,

las que te salvan.

 

Aún percibo cada día en el aire fragancias nuevas.

Me gusta buscarlas cuando nadie me observa,

y la soledad me acompaña.

Cuando hace frío y el consuelo se agrieta,

y duele todo, todo hasta el alma. 

 

Me gusta dibujar sonrisas en el aire.

Y las personas que sonríen sin explicaciones.

Las de las manos cerca,

las que respiran ternura,

las que te quieren sin más en su horizonte.

 

Porque creo que de nuevo habrá un susurro en el viento.

Un poema y un abrazo inolvidable.

Y el aire volverá a oler a azahar y a canela,

trazando piruetas con las miradas.

Y la vida volverá otra vez a tejerse cerca.

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 ATARDECER 3

 

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PASAN LOS DÍAS.

PASAN LOS DÍAS...

PASAN LOS DÍAS…

Para escuchar despacito y leer luego…

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Es difícil. Realmente lo es y no siempre lo conseguimos. Ser y actuar cada día consecuentes con lo que pensamos, con lo que sentimos, aunque no nos guste el resultado. Aunque nos hayamos dejado el alma en algo y no haya sido posible. Al menos lo habremos intentado.

Nadie es perfecto. Pero a veces son nuestras imperfecciones las que nos hacen distintos e irrepetibles. Amarlas y descubrirlas en otros nos hace sin duda más libres, y que nos amen por ellas nos redime de todo y nos reconcilia con la esperanza.

¿Quién no tiene dudas sobre algo o sobre alguien? Quién de nosotros no se ha encontrado alguna vez en una encrucijada, sin respuestas; aunque a veces las tengamos tan cerca que no sepamos verlas. Todos. A cualquiera de nosotros nos ha ocurrido alguna vez.

Y a veces, sí, la solución la llevamos dentro. Así que cuando tengáis dudas sobre algo, sobre lo vivido, solo tenéis que cerrar los ojos y pensar si volveríais a hacerlo de igual forma. Si hemos peleado cada paso, si lo hemos dado todo en cada esfuerzo, si hemos sido valientes. Y si lo creemos, si tenemos esa convicción dentro, habremos ganado a pesar de haber perdido. En cualquier faceta de la vida. En el trabajo, en nuestras relaciones y especialmente en el mundo de nuestras emociones y afectos.

Los seres humanos somos complejos. Llenos de maravillosas aristas que nos hacen diferentes y únicos. Descubrirlas en otros, es sin duda el viaje más difícil, pero es la aventura de vivir en su estado más puro. Y en ese descubrimiento, sin darnos cuenta, nos vamos forjando a nosotros mismos con cada jirón que nos dejamos en la búsqueda de la felicidad.

Pero lo importante, no lo olvidéis es el viaje y no el destino.

EL DESTINO...

EL DESTINO…

Si lo olvidamos, nos perderemos lo esencial y dejaremos gente maravillosa en la cuneta. Porque dudar es sin duda la mejor semilla del cambio y del progreso, también en las relaciones humanas. Pero ponerlo todo en cuestión y en tela de juicio no nos hace mejores personas. Solo nos encierra en nosotros mismos.

Y es que menos es más. Y si no sabemos disfrutar de lo bueno, de lo que hemos conseguido construir buscando la perfección que nunca hallaremos, tal vez todo carecerá de sentido. Estaremos en el centro de nuestro propio universo, pero quizás perdidos en el espacio.

Dar, y darnos. Sin complejos, ni puertas entreabiertas. Quizás es arriesgado, pero vivir lo merece sin duda alguna. Esa es la respuesta, al menos es mi respuesta ante mis propias dudas. Al menos yo así lo creo.

Y darse aunque uno se lo deje todo en el intento. Aunque no se entienda o se valore. Sacando lo mejor de uno mismo que se sembrará incluso en tierra de olvido, para hacernos mejores. Y tal vez, para cambiar ese pequeño metro cuadrado de nuestro mundo y de los que nos rodean.

Porque al final todo es mucho más sencillo, aunque nos empeñemos cada día en complicarlo. Nos pasamos la vida buscando, soñando, intentando ser felices y cuando creemos conseguirlo nos esforzamos en no serlo.

Porque no hay recetas mágicas, pero sí caminos seguros.

SONRÍE...

Basta solo mirar de frente, y a los ojos del otro. Sonreír siempre o llorar cuando sea necesario. Decir te quiero tantas veces como el corazón te lo pida, y si es cada día hacerlo sin complejos aunque el mundo no esté preparado. Eso no importa.

Pensar que amanece cada día a una oportunidad nueva y que podemos dejarlo todo si es necesario; si lo que dejamos volverá a ocurrir mañana pero no así el abrazo perdido o las horas compartidas.

Quitarse el traje y ponerse el de los demás sin dejar de ser uno mismo. Porque nadie es más independiente que el que es capaz de compartir por decisión propia.

Y amar sin límites. Dar sin límites. Soñar sin límites.

En esa aventura me siento yo mismo, y a ella os invito. Porque de otra manera creo que la vida no sigue. Sólo pasan los días…

PASAN...

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Gracias a tod@s por estar ahí…

A Beatriz.

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