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Archive for 25 julio 2015

UNA PEQUEÑA PROMESA…

APROMESA2

Para leer escuchando…

…………………….     

Prometo no prometerte nada.

Simplemente prometo ser yo mismo y aceptarte tal cual eres. Aunque a veces, ni siquiera pueda entenderme.

No querré llevar tus maletas, apenas puedo con las mías; así que mejor caminaremos sin equipaje, que tus ojos me basten y tu palabra me sosiegue. Tú decidirás el rumbo o lo echaremos a suertes; que la moneda girará en el aire y mientras me dará tiempo a ver tu sonrisa. Esa que descubriré una mañana cualquiera y valdrá una vida. Y tal vez, al caer sobre tu mano, la cruz será la cara o viceversa, porque habremos olvidado la razón del juego o ya no importará el destino y sí el tiempo juntos.

Prometo no hacer ruido, pero escucharte. No seguirte pero acompañarte. No suplicarte pero conocerte. Y mientras tanto abriré mis puertas y mis ventanas, para no dejar habitaciones que Tú no conozcas aunque haga frío y tu viento desordene mi alma.

Sí, lo prometo.

 

Prometo...

                   Prometo…

Y prometo darme para recibirte. No esperar a que vengas y buscarte. No perderme en mis vacíos y recorrer los tuyos hasta encontrarte, porque la búsqueda sera mi mejor regalo.

Y no ser perfecto. No serlo pero amar tus imperfecciones, y caminar despacio las cicatrices que las forman y que construyen tu pasado y tu presente. No darte nunca la espalda, y mirarte de frente para buscar en ti mi esperanza.

Prometo no marcharme sin avisarte. Pero también volver en cuanto olvide la promesa, porque no podré cumplirla cuando te encuentre.

Solo te pido que cuando me halles no te arrepientas, y que tus manos me hablen sin más esperas. Y sin condiciones.

Y entonces, ya no será necesaria ninguna otra promesa… te lo prometo.

…………………….

APROMESA

DEDICATORIA:

A lo que viene…

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DOS VIDAS.

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Para leer escuchando:

……………….

Me gustaría ser yo y otro al mismo tiempo, para tener dos vidas o infinitas y ver qué pasa. Tejer deprisa mis caricias para que te arropen y no las olvides nunca cuando aparezcas; cuando me mires por primera vez a los ojos. Cuando pueda tocarte, pero esta vez despierto.

Prepararé esta tarde las maletas. No llevaré gran cosa. Una muda de palabras sinceras y un pantalón de sueños. Una camisa hecha de retales y ternuras y un pasaporte aún no caducado de confianza.

Saldré a la plaza, pero no a buscarte. Ven tú a mi encuentro que yo te espero. Pasearemos descalzos las aceras y seré franco. Y te enseñaré las heridas para que conozcas mis miedos y olvides los tuyos.

Descalzos...

Descalzos…

Déjame que me lleve tu ritmo y tu sonrisa. La que llevo esperando meses como primavera. La que me amanece dibujada en tu recuerdo y en la esperanza; esa que resuena por dentro pero nadie escucha.

Y no oiré más cerrarse la puerta, porque abriré las ventanas y el aire entrará a borbotones. Tu rebeldía será mi horizonte y siempre amanecerá despacio; sólo cuando sea necesario que la luz nos ilumine.

Me gustaría ser yo y otro al mismo tiempo, para tener dos espacios o el nuestro y darle forma. Y amueblar habitaciones que solo tú y yo conoceremos; cuando nadie nos vea pero existas.

Cuando decidas que es el momento de encontrarme… y simplemente sucedas.

……………….

DEDICATORIA:

A un día cualquiera pero contigo, Beatriz.

Ni un día sin poesía…

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DE PUNTILLAS…

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Para leer escuchando…

……………………………

No sé ni quiero andar de puntillas, prefiero despeinarme. Saborear el tiempo como un regalo para pintar cada día como si fuera el último. Sentir más y pensar menos. Lo prefiero.

Me gusta hacerle caso al corazón y al latido de lo que nos emociona. A lo que se dice sin palabras. A lo verdadero. A lo que perdura por encima de todo y de todos. Y me gusta la gente que piensa así, esa que hace lo que dice y dice lo que siente. La que arriesga por ello.

No. De puntillas no…

Ni andamos ni hay camino porque perdemos el pulso de lo cercano, el tacto de la hierba bajo nuestros pies, la lluvia en la cara; el viento en el rostro aunque nos aturda. Y porque al final todo es un poco cuestión de creerlo, de soñarlo, de intentar que las cosas sucedan. Y para eso hay que andar con paso firme, aunque a veces el destino juegue con nosotros al escondite; el secreto siempre es no cejar en la búsqueda.

Bajo nuestros pies...

Bajo nuestros pies…

No me gusta la gente que pasa por la vida sin comprometerse, sin mirar de frente. Los que quieren ser lo que no son y no ser ellos mismos. Siempre con palabras adecuadas para cada momento, pero desnudas de confianza. Prefiero una verdad dura pero sincera a un halago vacío. Porque las palabras son hermosas pero los gestos mágicos; y las acciones lo son todo. Así que no se puede ser al mismo tiempo mar y tierra. Luz y penumbra. A la vez viento y calma. De igual forma el todo y la nada. Mejor siempre ser uno mismo y que te quieran por ello. Y además nunca es tarde, nunca si lo intentamos. Si nos dejamos llevar por lo que llevamos dentro y no por lo que no somos. Si andamos descalzos pero con los pies en la tierra que sembramos y nos siembra.

La vida a veces te regala mensajes si sabes verlos y no vives con los ojos cerrados. Para dar y para darnos sin complejos ni puertas entreabiertas. Quizás es arriesgado, pero vivir lo merece sin duda alguna. Y porque además las mejores cosas llegan cuando menos te lo esperas; como un regalo tardío con la última marea. Y es que cuando alguien no encuentra el momento, el tiempo ya es lo menos importante…

Con la última marea.

Con la última marea.

Los seres humanos sin duda somos complejos. Llenos de maravillosas aristas que nos hacen únicos. Amarlas en otros es sin duda el viaje más difícil pero a la vez maravilloso. Mejor darle siempre una oportunidad al destino del que no siempre somos conscientes si andamos con la coraza puesta.

Y así, disfrutar del valor de las cosas cercanas, del roce de lo pequeño a la vista pero grande en emociones. Del sabor de lo que realmente mueve el mundo.

No, no andemos nunca de puntillas…

Pisemos fuerte por la vida como si a cada paso se abrieran nuevos caminos. Desgastaremos la suela, pero dibujaremos en el rostro más sonrisas. Y dejemos siempre que la gente nos acompañe en ese viaje; al lado, detrás o delante. Sin prejuzgar. Dando una oportunidad a lo que todos atesoramos dentro y que a veces solo fluye desde la ternura, porque no hay nada que la supere. A ese dulce aroma de lo invisible, al suave roce de su magia. La que se esconde a veces en las estancias más pequeñas del interior de cada uno.

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En la vida como el amor no caben medias tintas. Es todo o nada. A lo demás pueden llamarlo como quieran pero no es amor ni es vida. Así que mejor siempre desempolvar nuestros sueños, esos que relucen a pesar del tiempo y pasar a saludarlos. Sin miedos y a cara descubierta. Todo se volverá de otro color, a veces con ligeros tonos grises, pero color al fin y al cabo.

Nadie esta preparado para vivir como nadie para enamorarse. Pero no hay nada comparable a la primera emoción al sentirlo…

Así que mejor vivir a corazón abierto.

 

……………………………

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DEDICATORIA:

A l@s que no viven con los ojos cerrados.

A tí que te acercas…

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EN EL CAMINO…

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Para leer escuchando…

…………………………………

Recuerdo aquellos primeros minutos, y el silencio.

Aquella sensación de que algo distinto comenzaba. El frío de la mañana, aquel verde infinito; y la necesidad de dar el primer paso…

Creo que uno no sabe nunca a ciencia cierta porque comienza este viaje, que razones lo impulsan, aunque pienso que en el fondo simplemente busca respuestas a preguntas que lleva tiempo haciéndose o tal vez, a algunas que no ha sido capaz de responderse.

Y así, sin darnos cuenta, nos vemos una mañana con la mochila a la espalda y con la otra, la interior, cargada de lastres que intentar soltar durante el recorrido. Una travesía de ida y de vuelta, que se transita por fuera pero se recorre por dentro para cambiarlo todo.

Tengo que deciros que al comenzar sentí una emoción profunda. Como hacía tiempo que no percibía; y al momento, también la carga de todo lo que llevaba dentro y me atenazaba, y que quizás me había llevado frente a aquel sendero que se perdía en el bosque, como en cierta manera nuestra propia vida.

Y así empezamos…

Empezamos...

Empezamos…

La brisa de la mañana cortaba la cara, pero aquel aire puro iba penetrando también despacio como un bálsamo. Os juro que al empezar sentí como crujían todas las costuras, como me escocían todas las heridas del cuerpo y del alma, como si algo se resistiera a dar el paso, como si en el fondo, yo mismo supiera que aquella cura iba a ser dolorosa, difícil e íntima.

Decidí adelantarme.

Y así, aceleré el paso por el sendero para sumergirme en todo lo  que la mañana me regalaba. La luz penetraba entre los árboles y dibujaba mil sombras sobre el suelo, y el rocío tintineaba entre las hojas de los castaños y la paz casi podía tocarse.

Oía mis pasos. Y pensé que no recordaba cuanto hacía que escuchaba aquel sonido, y que realmente era una sensación maravillosa. Delante, solo la vereda; y por norte, aquella calma.

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La calma…

Los pájaros nos saludaban, a su manera. Sin estruendos. Con gorjeos suaves, como si entendieran el porqué de aquellos hombres y mujeres que zigzagueaban despacio aquel camino. En una sinfonía de colores y sonidos que te envolvían, que te arrastraban hacia delante, que te mostraban a su manera la razón de aquella aventura.

Y en cada recodo, en aquel primer día, pude ver dibujarse como un descubrimiento nuevas formas y nuevos tonos. Toda una paleta de verdes y ocres. Y una amalgama de olores a tierra mojada, a lavanda, a hierbabuena, a armonía y a búsqueda. A la mía y a la de todos. Ese olor interior que maridaba con el externo, en una conjunción mágica de sabores y esencias perdidas. De niñez olvidada y de heridas sin cicatrizar. Aromas. Sabores. Temores… que tapizaban cada paso, más que aquella tierra oscura bajo la arboleda.

Aromas. Sabores...

Aromas. Sabores…

Y poquito a poco, todo iba tomando forma y sentido. Como si siempre lo hubiese tenido, y lo hubiésemos olvidado… para recordarlo allí.

[…]

Los kilómetros fueron cayendo lentamente, y con ellos aquella tristeza de la que quise desembarazarme a la orilla del primer riachuelo. Recuerdo que apareció de repente. Primero como un sonido, como un canturreo del agua sobre las piedras milenarias. Y luego como un manantial fascinante, donde refrescamos nuestro rostro mientras que otros caminantes nos devolvían por primera vez aquel saludo que siempre nos acompañaría:

Buen camino!- escuché, mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro.

Pensé que aquel mensaje encerraba algo más que dos palabras, que un saludo. Que era toda una declaración de intenciones. Y así fue. Porque durante decenas de kilómetros aquella mezcla de sonrisas y palabras fue trufando nuestro peregrinaje. En todos los idiomas, y con todos los acentos. Mujeres y hombres de cualquier parte del mundo nos devolvían el mismo saludo, pero siempre, siempre con un gesto amable que a pesar de repetido no dejaba de reconfortarme. De reconciliarnos con lo mejor del ser humano, con la amabilidad sin alharacas. Con la bondad desnuda. El gran secreto a voces del camino.

Como una sorpresa...

Como una sorpresa…

Y el resto del primer día lo recuerdo como una permanente sorpresa. Subidas y bajadas donde la naturaleza se vestía con sus mejores galas. Arboledas que tocaban sinfonías de sonidos perdidos en mi conciencia. Risas y también alguna lágrima, íntimas y a veces compartidas. Horas eternas donde casi no deseas llegar al final de la primera etapa porque quieres saborear cada zancada como aquel primer beso adolescente. Y la compañía de los amigos; esa que se alzaba sobre todo, como un faro. Una baliza invisible que iluminaba esas veredas con la luz más clara que recuerdo…

[…]

Casi no recordaba el cansancio cuando llegamos al pueblecito de destino.

Las decenas de kilómetros se olvidaban en aquella mezcla de ilusión y magia. Pero cayeron sobre nosotros al dejar la mochila a la entrada del Albergue. Donde como siempre, decenas de sonrisas sudorosas nos recibieron como durante nuestro recorrido. Lo mejor del día. De ese y del resto. Las buenas gentes que a nuestro lado, detrás o delante, nos abrían paso con sus pies y con su alma desnuda de prejuicios. Un recuerdo imborrable y un aprendizaje extraordinario que guardaré para siempre.

[…]

Dejé que el agua de la ducha cubriera mi cuerpo para llevarse el polvo y el sudor de aquel día inolvidable. Para sentir el paso de las horas sobre las piernas cansadas pero la alegría inmensa de la primera jornada del camino. Para abandonarme durante segundos eternos bajo aquella fuente sanadora y pensar en lo vivido.

Viandas...

Viandas…

Y luego, las viandas casi desaparecieron nada más sentarnos a la mesa. Ya calzadas las chanclas y la ropa limpia; y una extraña alegría que casi no reconocíamos pero que se dibujaba virgen en nuestra mirada. Los cuatro nos miramos y sin decir nada supimos que ocurría. Y por un instante, después de tanto buscarlo, todo tuvo sentido. Y al levantar la mirada en aquel amplio salón del albergue, nos vimos rodeados de tantos rostros sin nombre con los que habíamos compartido senderos y saludos. Descansos y agua. Y a los que fuimos pusiendo nombre y hasta historia los días siguientes. Toda una familia cuajada a golpe de búsqueda, de esfuerzo, de paisajes que nos unían más que desunían. Personas que ahora forman parte de nuestras vidas para siempre. Amistades construidas al calor o el frío de un universo diferente que se alzaba cada madrugada, desde el interior de todos y cada uno.

[…]

Los días fueron transcurriendo, y nuestros pasos se volvieron firmes. Nuestros cuerpos cansados de las primeras jornadas se tornaron misteriosamente fuertes, y casi nos pedían seguir caminando; como si no quisieran volver atrás y mirar siempre hacia delante.

Cambiaban...

Cambiaban…

Los paisajes cambiaban. Prados. Bosques. Lomas y praderas verdes. Aldeas de piedra y pizarra. Nubes de mañana y soles de mediodía, en una alternancia sorprendente, pero como misteriosamente planificada. Y todo plagado de las maravillosas gentes del Bierzo, de Galicia. Siempre dispuestas, siempre amables. Personas de rostro bronceado, manos curtidas y corazón grande. Que te saludaban a la vera de tu caminar, mientras se afanaban en sus campos y su ganado. Como si la vida y el mundo se detuvieran por instantes a tu paso para dibujar óleos no soñados por el mejor paisajista.

Su ganado...

Su ganado…

Pero también, en silencio, nuestro paisaje interior había ido cambiando igualmente con el paso de las horas y los días. En un viaje paralelo fantástico, personal, inenarrable. Madurado al sol de tanta hermosa vivencia. De tantos silencios y de tantas complicidades. Para dibujarse con la calma y la ternura que íbamos recogiendo y construirse con todo lo bueno que todos los caminantes iban sembrando.

Y por momentos pensé, que cuando uno toca la paz de cerca, se da cuenta de todo lo que se pierde tantas veces…

[…]

Camino...

Camino…

El camino…

El de miles de caras y centenares de promesas. El de la esperanza, el de la calma o el de la tormenta. El que no sabes si recorres o te busca. Porque cuando algo no necesita ser explicado no es cuestión de palabras, de tiempos, sino de emociones. Y esas a veces no se leen con la mirada.

El camino. El del cielo por techo. El viento que te habla. La alianza con lo sencillo, donde casi siempre sobran las palabras.

El cielo por techo...

El cielo por techo…

Pero el camino que también tiene rostro y nombres. De los que al final comparten contigo sus pasos. Amistades cuajadas bajo el cielo de una Galicia dormida, de personas sin coraza ni prevenciones. De cualquier lugar, pero con el mismo destino. Para dar lo mejor de uno mismo, sin saber a quién ni qué se tiene delante.

Cuantas veces medité en silencio, que ocurriría si nos comportáramos todos así cualquier día y en cualquier sitio. Seguro, pensé, que todos seriamos mucho más felices y la vida más sencilla…

[…]

Hay cosas que son difíciles de explicar, pero que me guardo dentro. Como un tesoro. En esa habitación interior donde dejo lo mejor de mí mismo. Permitidme que no pueda contarlo todo y que lo deje en lo más profundo. Solo deciros que no pude olvidar acordarme de todos y todas a los que quiero. Puse vuestros nombres a los meandros del río, a los cielos encapotados, a la fina lluvia que nos aliviaba. A mi soledad compartida.

Porque no fui solo. Fui con todos vosotros.  Y os dejé para siempre grabados a nuestro paso. Creo que fue el peso más liviano de la mochila y el mejor aliento, y a veces casi pude sentiros de la mano.

Y como todo tiene un fin… llegamos a Santiago.

Santiago...

Santiago…

Después de unos inolvidables días que no olvidaremos nunca. Como no olvidaré aquel abrazo tierno en el Obradoiro en aquella majestuosa mañana de verano. Nunca unas lágrimas me supieron tan dulce.

El camino. El mío y el de tantos.

El que se anda y el que se vive. El de la tierra y el de las emociones. El que se lleva dentro. El que te transforma.

Y ahora que he vuelto a casa, tengo que deciros que mis pies caminan de nuevo mi Sur, pero que parte de mi corazón se quedó una mañana de verano entre los bosques de Galicia.

…………………………………

He aprendido a ser más yo mismo, a decir lo que siento y hacer lo que digo. A vivir…“.

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DEDICATORIA:

A todas las gentes de “O Camiño”.

A los bosques del  Bierzo y al verde inmenso de Galicia.

A la memoria de mi Padre.

A mis querid@s: Jose, Ramón, Bernardo, Encarni, Alfonso, Yolanda, Daniel, Rafa, Colins e Irene.

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RECUERDOS…

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Para leer escuchando…

 

……………………………..

Recuerdo que no lo olvidaba.

Que aunque cerrara los ojos para sumergirme en mí mismo, no podía abandonarlo, dejar fuera aquel dolor profundo que había descubierto. Esa sensación de mirarla y que doliera. Y aquel olor a tiza y a ungüento contra las espinillas que lo envolvía todo… 

Recuerdo que así descubrí lo que ahora sé que tiene nombre, pero que cuando lo percibí por primera vez no tenía sentido. Para hacerte sentir desnudo frente a todo y a todos, y sin respuestas. Sin resortes para contarlo, porque ni siquiera sabes lo que está ocurriendo. Solo que algo se ha roto por dentro para nunca volver a ser lo mismo. Nunca.

Decidí guardar aquel instante para siempre.

Que no lo olvidaría jamás.

Y así al sonar el timbre que daba paso al recreo, garabateé con premura la hora, el día; aquel momento en el viejo cuaderno de anillas que aún guardo, y que a veces hojeo para volver a aquel segundo. A aquel pasillo en penumbra y a sus ojos. A la sensación de que algo me quemaba por dentro como no había sentido nunca, y como tal vez nunca volveré a percibir como aquella primera vez. 

Frente a sus ojos...

Frente a sus ojos…

Aquella mañana en la que sin saber cómo ni porqué, mi corazón dejo de latir por un instante. Para detener el mundo, y con él, yo mismo. Aquel dolor dulce, inenarrable, tan íntimo frente a ella.

Las horas que transcurrieron luego fueron un torbellino de sensaciones, en esa frontera entre la adolescencia y la existencia. Entre el niño que había llegado y aquel adulto que se resistía a salir a escena. Porque tal vez era consciente de que aquellas horas ya nunca volverían.

Aquel niño vive aún dentro. No he querido abandonarlo.

Resguardado en esa habitación recóndita donde lo encerramos sin darnos cuenta, para dejar que la vida nos separe. Sin percibir que forma parte indivisible de nosotros mismos.

Me gusta sacarlo de vez en cuando de paseo.

Ver de nuevo por sus ojos, palpar las cosas con sus manos, construir mis pensamientos con sus palabras directas y sin dobleces, como cuando todo era más sencillo, y nada tenía diferentes soluciones, solo la mejor respuesta. La primera.

No ha perdido su sonrisa. Esa alegría contagiosa que me ayuda a valorarlo todo como un descubrimiento. A ver la vida como se abre camino, en ese momento sutil en el que solo hay que mirar hacia delante y darse cuenta que está todo por escribir. 

Y me cojo de su mano, y me dejo llevar. Y me devuelve a mi esencia, a mis sueños olvidados, a todo aquello que decidí no abandonar, pero que enterré demasiado pronto, traicionándolo, pero que Él no me ha tenido en cuenta. Porque siempre es posible empezar de nuevo, me dice…

Y la verdad es que prefiero hacerle caso. Escuchar sus palabras nerviosas y sus consejos; porque he descubierto que está más cerca de mi corazón de lo que yo he estado nunca, y porque es maravilloso percibir otra vez el pulso de lo espontaneo. El mágico aroma de su inocencia. 

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Hoy, de nuevo, he vuelto a sacar la libreta del cajón, y despacio, he pasado las páginas desgastadas hasta llegar hasta a aquel primer día.

Y he cerrado los ojos para sentirlo de nuevo.

Y he pensado, que aquel sentimiento, que aquel vértigo me gustaría que resurgiera de nuevo. O que tal vez nuevamente me sintiera alguna mañana como en aquel día.

Y no, no lo he olvidado; porque lo guardé donde nadie me ve, pero solo cuando te encuentre seguro que volveré a sentirlo. Así que lo he mirado y Él me sonreído moviendo la cabeza, porque después de tantos años ya no necesita explicarlo.

Y ahora soy yo el que de nuevo y frente a aquel recuerdo, me he quedado como aquella otra maravillosa mañana… sin respuestas.

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DEDICATORIA:

       Al niñ@ que llevamos dentro.         

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