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Archive for 31 diciembre 2015

ADIOS, VIEJO AMIGO…

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Querido y viejo amigo.

Creo que es la última oportunidad que tengo de hablar contigo, ahora que vencen las horas para poder disfrutar de tu presencia. Y no quería, no podía pasar este momento sin darte las gracias.

Ha sido larga pero maravillosa, esta travesía a tu lado. Cargada de momentos inolvidables, por alegres y difíciles; pero en el fondo creo que has conseguido que pueda sentirme hoy mejor persona, y eso no puedo decírselo a todo el mundo. No podía dejar de escribírtelo antes de que me dejes.

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…de estrellas.

Juntos nos hemos ido construyendo cada mañana. Es difícil saber ahora mismo donde empiezas y donde acabo, porque en realidad te has hecho ya parte de mi memoria; y te llevaré para siempre muy dentro, en ese baúl de emociones que no quisiera cerrar nunca. Recuerdo como si fuera ayer como te conocí una fría noche en mi Sur del alma. Plagaste de estrellas aquel cielo y me regalaste una noche distinta. De esos días que uno prefiere almacenar en su interior para crecer despacio con sus enseñanzas; y eso hice.

Y fuimos caminando de la mano. Día a día, hora a hora, segundo a segundo. Y aunque tengo que reconocerte que también hemos vivido de la mano malos momentos, me quedo con todas las luces que encendimos juntos y que no se apagarán jamás en mí.

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Luces…

Espero a tu sucesor con ilusión, tengo que decírtelo. Lo espero. Pero no quiero que pienses que te echaré en el olvido, nunca podría hacerlo. Como espero que los que hayan compartido con nosotros tantas vivencias no lo hagan, porque contigo hemos saboreado algunos de los días más hermosos de nuestra vida.

Pero también ha habido momentos complicados y tristes. De esos que uno no espera, y para los que no estamos preparados. Sé que no has tenido la culpa y que el destino nos ha llevado a vivirlos juntos; pero también has conseguido al final, con tu paciencia infinita, las tiritas que han restañado mis penas para que vuelva a brillar el sol como jamás lo hizo en mi horizonte.

Me regalaste días maravillosos. Destellantes de ternura. Con ellos, construimos caminos inexplorados en los que me he sentido feliz como nunca. En los que he aprendido que la vida, de la que formas parte, no tiene sentido si no la saboreas sin límites ni complejos. Dejándote llevar por la intuición y por el corazón que nunca te engaña. Esa lección que tú me has regalado, la llevaré marcada dentro para los que te sucedan.

Y dentro de mí, dibujaste un verano con colores que jamás había percibido. Con aromas plagados de esperanza. Con abrazos que curaron todas mis heridas. Donde la magia, se abrió camino al son del tango una noche inolvidable.   

Gracias…

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Ahora, entrañable amigo, solo me queda decirte adiós, cuando apenas te quedan unas horas conmigo. No podré olvidarte jamás. Porque te guardaré y te llevaré a mi lado junto a tus compañeros el resto del tiempo que nos quede juntos.

Me quedo con ese regalo que me has dejado estos últimos meses y que tanto necesitaba. Un tesoro que no sabré como pagarte, querido 2015, su presencia…

Hasta siempre.   

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Para acabar escuchando…

“Ahora que tengo un alma que no tenía…”

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DEDICATORIA:

Para tod@s, mis mejores deseos para 2016.

 

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SILENCIOS Y PALABRAS.

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Para leer escuchando…

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Nada nos reconcilia más con la vida que sentir que nos quieren. Que a pesar de nuestros defectos y nuestras incertidumbres, que más allá del tira y afloja en la búsqueda de una imperfección absurda que nos atormenta y aturde; alguien nos ame pese a todo o quizá por eso mismo.

Amar es un don y un desafío. Un regalo y un constante ejercicio de equilibrio. Mil silencios envueltos en palabras. Una certeza barnizada de exilios; una isla en un mar de soledades. Tal vez por eso, a pesar de que a veces duela y aunque no encontremos siempre la respuesta exacta, no podemos ni debemos renunciar al milagro que representa, ni dudar de ello.  Porque nada es más injusto que valorarlo sólo cuando nos falta o vacilar cuando lo sentimos cerca; nada es más ingrato que no darnos a corazón abierto cuando es compartido. Nada.

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Que nadie nos engañe con el monólogo de que se desvanece. Con el soniquete que nos intenta convencer de que es etéreo, de que el tiempo lo difumina, que el uso lo disipa o que somos simplemente uno más en la cadena de otros. Porque tras esas palabras sólo se esconde la cobardía del que no lucha por construirlo cada día; porque cada afecto es único, cada ternura diferente, cada abrazo… un prodigio. Y dos, unidos, son irrepetibles.

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… un prodigio.

Puede que ya lo tengamos junto a nosotros o tal vez os espera a la vuelta. Puede que ni siquiera seáis conscientes de que puede surgir en cualquier momento, ni cómo ni cuándo, ni dónde ni porqué; ni qué es lo que hace que te llegue tan adentro, donde nadie ha logrado acercarse nunca. Solamente es necesario que en el momento en que ese torbellino nos lleve, cuando seamos conscientes de que algo extraordinario nace, nos demos sin límites. Sin ningún límite. Ninguno…

Lo más oscuro...

Lo más oscuro…

Nada. Nada nos hace mejores que amar. Ningún sentimiento nos acerca a lo mejor de nosotros mismos como querer a alguien; aunque a veces desentierre también lo más oscuro de nuestra alma al sentirnos vulnerables. Al darnos cuenta de que nos quedamos expuestos a cada segundo; como si quien nos ama buscara absurdamente nuestros costados abiertos y no nuestra calma.

Busquemos y al encontrarlo, dejémoslo todo en el intento. Al final nos quedaran sólo esos instantes grabados dentro como memoria de vida. Porque todo lo demás sí que es una ilusión. Porque todo lo que tiene precio, sí que no nos lleva ningún sitio.         

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DEDICATORIA:

Al amor con todas sus consecuencias.

 

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CAFÉ PARA DOS…

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Para leer escuchando…

“Sentir, que es un soplo la vida…”

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Cada vez que soplaba el viento del sur, María se volvía como ausente. Dejaba escapar un suspiro que se elevaba con sus primeras ráfagas, para dejar abajo una mujer sumida en sus pensamientos. Entonces, se atusaba el pelo despacio y se sentaba siempre en el sillón junto a la ventana. Dibujando con sus dedos formas y palabras ilegibles sobre el cristal empañado, y dejaba que el tiempo la llevara lejos; el tiempo y ese vendaval a medio camino entre su soledad y sus deseos.

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Aquella mañana había decidido no dejarse llevar por la nostalgia. Era una manera de decirse a sí misma que con eso no conseguía nada, y que a pesar de todo, a pesar de que el recuerdo le martilleaba a cada paso cada vez que no era capaz de pensar en otra cosa, su presente y su futuro debían alinearse; aunque su mente no dejara de dibujar líneas curvas y pensamientos siempre extrañamente racionales. Porque en el fondo, ella se dejaba siempre arrastrar por las emociones, aunque intentara en vano barnizarlas de aquella fina capa de lógica amorosa.

Él le había dicho –recordó– que había siempre una mágica forma de borrar aquellas cavilaciones almibaradas de dudas. Y aunque pensara que aquel soñador volaba a ras de suelo, en sus silencios lo intentaba. Porque habían construido juntos tantos buenos recuerdos, en tan poco tiempo, que era fácil alzar el vuelo.

–¡Aquella Navidad era tan distinta! –meditó. Siempre había pensado que le hubiera encantado celebrar estos días como a ella había soñado; deseos marchitados durante tantos años bajo aquella ingrata falta de afecto que ahora le parecía como de otra vida…

[…]

El reloj marcó las diez. Los primeros rayos del sol dibujaron en el salón formas y colores, y María casi podía distinguir su rostro camuflado entre aquellas luces y reflejos. Siempre lo recordaba sonriente, no solo porque él lo fuera, sino porque realmente le alegraba su corazón vivaracho que había nublado su cielo después de años de abandono. 

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Dos tazas…

Decidió ponerle una taza. No tardaría mucho en llamarla y aunque en la distancia, tal vez aquel humo doble acompañara también sus ganas de verlo. Apretó a fondo la cafetera, cerró los ojos y casi pudo oír su voz al otro lado del pasillo. Su andar fuerte, y aquellos abrazos en los que perderse.

Pasaron unos minutos, y apenas pudo dejar de coquetear con su memoria. La que siempre le traía una agridulce mezcla de amor y tristeza, pero a la que renunciar sería como morir un poco. Aunque a veces ella pensara que moría y resucitaba en su pensamiento cada día. Sirvió las dos tazas, con el mismo mimo de siempre. Y con aquellas zapatillas de las que no podía deshacerse, se aproximó al balcón para saludar la mañana como los dos lo hubieran hecho juntos, aquel 25.

[…]

Ding, dong!-resonó por sorpresa.

El sonido atravesó la habitación y sin pensarlo, dejó los tazones sobre el aparador para colocarse la chaqueta y abrir la puerta. El portero no había tardado demasiado en hacerle la copia de las llaves–pensó–

Giró el pomo sin pensarlo y dejó que la puerta se abriera. Y al otro lado solo tuvo tiempo de ver su sonrisa.

–¡Creo cariño, que hoy si hay café para dos!–resonó en el zaguán.

Y aquella mañana de diciembre, el viento del sur volvió a revolotear, pero esta vez entre sus brazos.

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[…]

DEDICATORIA:

A Beatriz.

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A RAS DEL SUELO…

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Para leer escuchando…

 

“¿Dónde vas cuando estás solo?

¿Dónde vas cuando estás triste?

Yo te sigo…

Cuando las estrellas se apagan.”

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Me gustan estas fechas navideñas no sólo por los tópicos que encierran, sino porque es más sencillo poner sobre la mesa los afectos. Es como si la mayoría de nosotros nos despojáramos de esa fría coraza que nos pinta de gris las mañanas para dejar una rendija que nos deja el alma al descubierto. Y tal vez, solamente por eso, merece la pena que estos días lleguen cada diciembre.

Ni siquiera me planteo porqué no ocurre esto el resto del año. El motivo que nos lleva a encerrarnos en nosotros mismos, en un entorno diminuto y cuadriculado que nos hace opacos a las emociones y al descubrimiento. Que en el fondo, nos hace estancarnos y empequeñecernos; porque sin duda es la relación sincera con los demás y con la vida lo que realmente nos construye tal y como somos.

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Son ya las cinco. Mi italiana me avisa de que casi rebosa y que me espera para llenar mi taza de siempre. Y yo, ensimismado en mis pensamientos, al pie de la escalera que se abre frente a la cocina, vuelo sin darme cuenta a otros lugares y otros momentos…

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Me avisa…

Es curioso como, si dejamos que nuestra imaginación ocupe el espacio que se merece, a veces las cosas adquieren el sentido justo y la medida precisa. Porque no somos conscientes de lo bueno que tenemos hasta que no viajamos con nuestras cavilaciones al país del recuerdo. Y a mí me gusta mucho hacerlo; me sana y me devuelve la calma. Sí. A veces me sorprendo en mitad de cualquier sitio, recordando. Hoy aquí recordándote. Imaginándote en aquella mañana de verano como si pudiera tocarte de nuevo. Y ya no sé si lo he hecho otra vez o realmente es que nunca he dejado de hacerlo en lo más profundo desde aquel día. Lo que si sé es que he aprendido que es mejor peregrinar hacia donde nuestro corazón es sincero y el sol nos calienta de verdad. Para olvidar los contratiempos que nos vienen dados, que hacemos absurdamente primordiales, y abandonar lo realmente importante. Y aquel día lo fue y lo sigue siendo.

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Me sirvo la taza casi como un autómata. Añado un poco de leche fría, azúcar moreno y sonrío. Porque me doy cuenta que sigo enfrascado en este soliloquio mientras la casa se llena de aroma a café para llevarme otra vez de la mano a las tierras tranquilas de la paz que buscaba. Esa patria en la que destierro mis recelos y mis dudas para sólo dejar entrar lo que  de verdad me hace mejor y me alienta; y adonde apenas unos pocos viajan conmigo.

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Me sirvo…

Doy el primer sorbo; y dejo que la cucharilla dibuje en el borde formas curvas al compás de mi mano que la observa. Y pienso cuántas veces esta misma danza me ha salvado de la tormenta, aferrado al calor del primer café de la mañana o de la sobremesa compartida. Cuando realmente nada importa salvo lo esencial, lo que rara vez aparece en nuestros pensamientos barridos por ese maldito viento diario de la rutina, que sólo acaba explicándose sin palabras.

La rutina. La que abre las puertas de la brisa que nos conforma o de la ventisca que sólo siembra granizo de incertidumbres. De la que huyo siempre que soy consciente, porque estoy cansado de construir argumentos para lo que son mis propios miedos. Y aunque os cueste creerlo, funciona. Es un ejercicio difícil; una aventura interior hacia el propio descubrimiento, pero de la que si uno no ceja sale fortalecido y preparado para caminar sobre las penurias diarias.

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Funciona…

Decido que una taza no es suficiente. Y apuro la cafetera hasta que los posos juegan con los restos del primero que me he servido. Y casi sin moverme, apoyado en la encimera, vuelvo a revolotear hacia mis reflexiones como envuelto en sus efluvios mágicos. Doy un nuevo sorbo y pienso que realmente te echo mucho de menos. Y que aunque la nostalgia también es una gran compañera de viaje, preferiría mil veces tu presencia. Y cierro los ojos por si acaso una pirueta del destino hace que suene mi nombre en tus labios, con la ternura con la que siempre me nombras. Y aunque al abrirlos, no ha ocurrido, lo he escuchado en este silencio. Ese que me transporta a tu lado cuando realmente te necesito; o sea en cualquier momento.

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La tarde languidece. La luz dibuja en el salón sus últimos destellos y me dejo llevar entre la penumbra del atardecer y la noche que me llama. Ha sido un viaje de unas horas pero me ha parecido efímero. Porque me he sentido acompañado, comprendido y he hallado las respuestas.

Miro mis manos y buceo mi alma. Las heridas de nuevo se han cerrado como siempre que me zambullo en las emociones que realmente me mueven. Respiro profundo; sé que ya es hora de volver a pisar el suelo, de dejar por hoy el vuelo. Siento que pliego las alas y que me encuentro reconfortado.

Ahora, me queda escribir todo lo que he sentido, aunque creo que sin saberlo ya lo he hecho. Porque no importa si el café existió o solo imagine tu aroma. Solamente sé que el periplo te trajo conmigo de nuevo, y con él esta calma infinita.

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DEDICATORIA:

A Beatriz…

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