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Archive for 5 marzo 2017

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Para leer escuchando…

“De vez en cuando la vida, toma conmigo café,

y está tan bonita que da gusto verla.         

Se suelta el pelo y me invita a salir con ella a escena.

De vez en cuando la vida afina con el pincel,

se nos eriza la piel y faltan palabras.        

Para nombrar lo que ofrece a los que saben usarla”.

J. M. Serrat.

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Dicen en el Sur, mi tierra, donde habita mucha gente sabia, que todos tenemos algo que podríamos hacer muy bien y que demasiadas veces se pierde porque nunca lo intentamos.

No hablan sólo de las grandes cosas, no sólo del arte, del talento o de logros extraordinarios, sino de lo sencillo, a veces tan, tan sencillo que incluso puede cambiar el mundo; el de todos o el de unos pocos, que en realidad es su verdadero universo.

No creo que seamos conscientes, ni que le demos la importancia que merece. Pero pienso que es esta una verdad con mayúsculas, varada a su suerte en esa playa de lo que no parece importarle a la mayoría. Y uno que va teniendo ya canas en el alma, no está para dejarse llevar por la corriente sino para decidir que es lo que de verdad nos llega y nos hace mejores; y escribirlo. Porque como decía el poeta Machado “para que una sociedad sea libre, no basta con poder decir lo que pensamos, hay también que poder pensar lo que decimos”.

Sí; todos tenemos algo que ofrecer que nadie puede hacer como nosotros. Todos. Tal vez no lo hayamos meditado nunca, ni es una cuestión de elogios y parabienes de otros, no, no se trata de eso. Hablamos de encontrar un lugar, un instante, un gesto, una acción donde podamos aportar algo distinto; algo que tal vez ningun otro sea capaz de repetir y que  llegue a los demás como un regalo inesperado. Y lo mejor de todo, la magia de ese don oculto, es que puede cambiarnos, incluso salvarnos.

Y en esto no hay escalas, como en lo que de verdad es trascendente. No hay reglas, como en lo que es bueno para todos. No conoce de premios o medallas, como en lo que se hace de corazón. Pero sobretodo no entiende de tiempo ni de espacio, aunque cada día que pasa sin ponerse en práctica, muere lentamente.

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Tal vez consiste en pensarlo despacio, en buscar dentro de nosotros aquello que nos emociona, lo que nos eriza la piel o lo que saca la sonrisa o el silencio de los otros. O simplemente de volver a ser como fuimos, de regresar a lo que lo que nos conmueve, de dar todo lo que llevamos dentro como un tesoro que puede hacer de todo esto un lugar mejor y más hermoso.

Y es Conozco gente que sabe escuchar como nadie. Gentes que con su mirada y su calma lavan tus heridas cuando el mundo parece haberse hecho añicos por instantes.

Otros tantos que a pesar de todo y de todos, siempre tienen para los demás la mejor sonrisa. Esa que no se expone en el Prado pero que pinta de mil colores muchos momentos, de su mano.

Conocemos quien te regala su tiempo sin excusas y sin titubeos, minutos que a veces nos salvan del naufragio.

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También los que ven más allá de lo que vemos, los que tienen mil historias en la punta de los dedos. Los que nunca esquivan un problema, especialmente de los que más quieren. Los que abrazan como nadie. Los que siempre tienen media hora más para leer un cuento a sus hijos. Los que se levantan siempre para ceder el sitio en el metro. Los que son amables incluso en la tormenta. Los que aman en silencio pero siempre; los que siempre nos descuelgan el teléfono. Los que te ven a pesar de todo, siempre más delgado. Los que roban la hermosura de la vida para un lienzo. Los que convierten un paseo de primavera en un cuarteto o un amanecer en un revuelto de negras, blancas y corcheas. Los que te aman aunque duela. Los que aunque les duela siguen andando. Los que corren con sus manos ante la desgracia. Los que se detienen ante la injusticia. Los que intentan ver siempre lo mejor de todos, aunque a veces cueste. Los que nunca se detienen. Los que emborronan de historias y emociones hojas dormidas. Los que sueñan y luchan. Los que luchan aunque no lleguen a sus sueños. Los que dan. Los que se levantan siempre. Los que a pesar de todo, siempre regresan…

En verdad, sí que hay un don en todos nosotros, algo que nos hace irrepetibles y sólo basta con buscarlo en los que nos rodean para tal vez poder hallar el nuestro. Mejor dejarse la piel en esa búsqueda permanente y abandonarse a esa brisa que calma y nos calma. No tiene porqué aparecer en portadas, no tiene título, no entiende de etiquetas ni de forma parte del curriculum ni de tarjetas de visita.

Sólo son pequeñas grandes cosas que lo cambian todo. Salgamos a buscarlas y a tomar con ellas café…

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DEDICATORIA:

A Beatriz y sus maravillosas pequeñas-grandes cosas que me salvan.

A los dedos mágicos de Sandra.

A la ternura de Ana.

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