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Archive for the ‘CUENTOS’ Category

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Para leer escuchando…

 

……………….

Siempre he pensado que existen.

No porque efectivamente los haya visto alguna vez, o porque me haya parecido entrever su sombra al abrigo del bosque. Ni siquiera porque piense que tal vez cabalguen libres con su cuerno reluciente al sol de alguna pradera recóndita, quizás en algún país perdido; acaso en mis sueños. Simplemente porque creo que son imprescindibles. Que si no existieran habría que inventarlos, porque para mí representan que no hay nada realmente imposible.

Eterno el dilema entre realidad y esperanza. Entre futuro e ilusiones, entre lo que vivimos, andamos, damos, somos, construimos… y lo que verdaderamente deseamos. Aunque al final todo se reduzca de manera más simple en decidirnos en cruzar esa delgada línea que nos separa de las emociones, dibujada entre la vida o la mera supervivencia. Y nunca me ha gustado ser un simple superviviente…

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…nunca un simple superviviente.

Si tengo que decidir apuesto por ellos. Por lo que representan. Por la verdad que encierran bajo su pelo sedoso y su cabellera al viento. Creo en que si realmente somos capaces de imaginarlos no hay nada que se nos resista, porque bajo su imagen de cuento para niños, son el estandarte de la esperanza en que podemos conseguir lo que añoramos si luchamos y creemos en ello.

Volar no es fácil. Avanzar cuesta. Pero soñar y creer no es imposible.

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Luchar contra el viento que nos arremolina el alma, nos difumina su presencia, la de nuestras ilusiones, para abandonarnos a la costumbre de lo fácil y repetitivo. Dejamos de ver su figura corretear por las calles de nuestras vidas, de escuchar sus cascos golpear nuestro corazón acelerado por la pasión de lo que de verdad nos llena; de oír su relincho que nos lleva a pelear por lo que queremos. Para volvernos uno más de los que nos cruzamos cada día, cabeza baja, perdidos en una existencia sin rumbo. Abandonados en una especie de sopor permanente donde no hay cabida para los sueños.

Pero existen. No lo dudes. Están más cerca de lo que pensamos, pacen dentro de nosotros. Sólo hay que darles la oportunidad de que corran libres de nuevo, de soltarles las riendas, para que liberen las nuestras. Las que nos atan y nos secuestran de lo realmente importante.

Son los que se dibujan en los ojos de los que amamos. Los que corretean entre las manos que nos abrazan, que nos acarician, que nos consuelan. Son los de la calma, los del trote ligero, y también los del galope. Los de la pasión y el entusiasmo que nos acelera el corazón y la confianza. Aún duermen en los establos más secretos dentro de nosotros mismos, esperando tan sólo que creamos de nuevo en ellos.

Tengo que confesaros, que algunas veces, perdí la esperanza en volver a encontrarlos. Que me deje llevar por caminos donde no es posible su presencia. Para simplemente ser un náufrago más de la vida. Uno de tantos escépticos.

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Me perdí…

Pero he vuelto a creer en ellos.

Porque cuando todo parecía imposible he encontrado de nuevo su reflejo en tu mirada, sí. Y corretean de nuevo, y yo con ellos, y tú de la mano. Porque siento el aire de cara y la luz en el camino. Porque has desempolvado mis ganas, mis ilusiones y mis proyectos. Y de nuevo me dejo llevar por su correr alegre, por su trote ligero. Para ya simplemente cabalgar de nuevo, al abrigo de tus abrazos tiernos.

Gracias.

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……………….

DEDICATORIA:

A ti.

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CUANDO NADIE ME VE…

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Para leer escuchando…

“A veces me elevo, doy mil volteretas, a veces me encierro tras puertas abiertas…”

………………………

La brisa es calma. Me pongo la ciberescafandra y me sumerjo en el océano de Internet. La mar 3.0 me recibe con sus millones de brazos abiertos que te aturden. 

El cursor, me mira nervioso; preguntándose qué voy a proponerle a su primo GOOGLE, que divertido, me mira al otro lado de la pantalla. Cierro los ojos tan solo un momento y casi puedo sentirlas. Puedo notar su presencia revoloteando a mi alrededor; y siento ese cosquilleo que me recorre la espalda cada vez que me acompañan; sí, cada día que las musas quieren compartir unas horas conmigo.

El café me ayuda. La verdad es que la tarde no acompaña mucho para este tipo de buceo interminable; y me llama vestida ya de otoño y yo lo escribo “Hoy se ha disfrazado de lluvia, de manto de hojas que vuelan, y con su camisa de agua fina me susurra al otro lado de la ventana para que la acompañe…” 

Respiro despacio, me cuesta no escucharla. Intento desesperadamente no dejarme llevar por sus cantos de sirena, aunque a través del cristal veo como las nubes me anuncian su presencia. Y casi vuelo a su lado. Pero en un último instante saco fuerzas de flaqueza, y dejo que mis dedos se deslicen por el teclado, compañero del alma y lo intento.

 P… A… R… A…     E… L…     V… I… E… N…T…O…  

 

Una a una aparecen tintineando en un recuadro mágico; dibujando a su paso imágenes y formas que cambian conforme voy escribiendo el resto de sus compañeras. De pronto las doce, como en un círculo asombroso, comparten su misión de búsqueda y mi Blog aparece. Y entonces, lentamente, con un solo golpe de aletas, me refugio en su guarida de nuevo En ese país de historias que florecen sin saber cómo. El de las emociones que toman cuerpo, alma y mirada. Esa patria hecha de palabras y sueños de un Sur que se despereza al otro lado de mis pensamientos.

Y me dejo llevar como siempre por mi intuición y por sentimientos. En una búsqueda que remueve mi conciencia y hace chirriar todas mis costuras; las de dentro, las del alma. Para en cualquier momento convertirse en relatos que van tomando forma y vida propia para adueñarse de mí mismo; para arrastrarme a lugares que nunca he conocido o a mis habitaciones más recónditas.  

Intento escucharlas. Perderme en sus susurros para tejer con ellos las ideas que me invaden como a borbotones, y en cada impulso, en cada frase, dejo tanto de mí que casi duele. Aunque es un dolor dulce, que embriaga. Del que ya no puedo prescindir ni quiero.

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Poco a poco va surgiendo. Y percibo que el tiempo toma otra forma y adquiere otra importancia. Que ya no importan tanto los minutos, el lugar; que todo se vuelve un poco indiferente. Que a la vez que se construyen los segundos se difuminan, como en un juego del escondite permanente. Donde por momentos somos actores y espectadores. Protagonistas y secundarios. Donde el mismo tiempo es a la vez guión y destino. Trama y desenlace. Pero en el fondo percibo que todo es solo parte de un mismo y único fin. Donde somos únicamente una minúsculo fragmento de una misma película; la propia vida.

Y entonces, al escribir, al dejarme llevar por sus emociones que me arrastran me doy cuenta que casi puedo tocarla cerca. Que toma tierra frente a mis ojos, en esa pantalla. Y que en esencia todo adquiere sentido si lo que narro nace de dentro; si lo disfruto como si fuera el último día del verano en pleno octubre…

………………

Ha pasado ya mucho tiempo; y no aguanto más, voy a dejarlo. Me despido del primo, del ratón, de mi gastado teclado para llegar casi exhausto a la playa de una realidad, que me espera.

Bajo entonces despacio la escalera y tiendo la mano a un día que casi ya se viste de noche; pero no me importa. Tengo la sensación de que el viaje ha merecido la pena. Ahora solo me queda dejarme llevar por estas horas templadas y vivirlas, para tal vez algún día poder contarlas frente a frente como nacieron. Como nacen cada vez que me atrevo a recorrer nuevas estancias y espacios. Como cuando nadie me ve…   

Cuando nadie me ve...

Cuando nadie me ve...

………………

DEDICATORIA:

A tod@s los que escriben…

A tus abrazos tiernos.

 

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LA QUINTA PLANTA…

QUINTA PLANTA...

QUINTA PLANTA…

Para leer escuchando:

…………………………..

Arantxa miró al reloj con desgana. Cansada.

Las tardes se hacían eternas en aquella oficina del ministerio, y ni siquiera aquel segundo café con el que compartía soledad, le había dado la energía necesaria.

Aquel segundo café...

Aquel segundo café…

Las compañeras deambulaban ya por el pasillo, casi en penumbras, desfilando una a una hacia la salida y la luz; pero ella seguía allí, encerrada. Sola en aquel castillo de hormigón sin vida, para terminar aquel maldito informe.

Y mientras tanto en su pequeño despacho, pensaba, que ella ya se habría marchado…

Si. Ella. Aquella desalmada jefa empeñada en amargarle la existencia; tal vez porque ella misma era una mujer amargada. 

Porque aquella mañana de viernes, sin mediar palabra, Ángeles le había soltado un cerro de documentos sobre la mesa, para sin ni siquiera mirarla a los ojos, decirle:

-¡Tiene que estar acabado para mañana, sin excusas!- y cerrar después la puerta, sin despedirse.

Y así, como siempre, como casi cada tarde, volver a sumergirse durante horas en aquel mar de folios y cifras, aparcando de nuevo sus sueños; con la pantalla por horizonte y la resignación por timonel.

Los minutos se desgranaban muy lentamente,  mientras que fuera de allí, la noche se ponía el traje de gala.

en la oficina 4

La noche se vestía de gala…

Ya ni siquiera sabía la hora que era, solo quería apagar de una vez aquel ordenador que la martirizaba, y volver a casa, con los suyos. Frente a la luz de los ojos de Alejandra y la ternura de Marcos, que como ella también sufrían en silencio aquel destierro en cualquier quinta planta de Madrid. Y que ahora dormían plácidamente.

MUJER EN LA VENTANA

Aunque fuera en sueños…

Ojalá todo fuera tan sencillo, como cuando era una niña pensó; cuando todo era posible, aunque fuera en sueños…

[…]

Los números fueron apareciendo en la pantalla del ascensor lentamente, mientras Arantxa, agotada, iba colocándose la chaqueta.

Saludó con desgana al vigilante de la entrada, para empujar la puerta hacia la calle, donde la brisa de la noche la recibió de repente, como un bálsamo. Mecánicamente se dirigió hacia la boca de metro de siempre, para tras sortear pasillos repletos de gentes, llegar a su parada.

El tren se acercó suavemente en apenas unos minutos, y agotada, se sentó como siempre junto a la ventana, para apoyar su cabeza sobre el frío cristal mientras las puertas del vagón se cerraban y con ellas, sin querer, sus ojos…  

[…]

… Apestaba en aquel oscuro lugar.

Arantxa, se afanaba como siempre, fregando y limpiando aquella casa del bosque, pero aquella maldita bruja no hacía más que ensuciar.

Con su cara alargada y amarillenta, su destartalado vestido y su nariz afilada, deambulaba por toda la estancia ensayando sus pócimas y embrujos, arrasando a su paso cual caballo de Atila.

... y su nariz afilada

… y su nariz afilada

La claridad, apenas penetraba en aquella choza inmunda. Y apenas unos rayos de sol dibujaban en el suelo trazas de color, en aquella estancia gris tristeza.

Y mientras fuera, todo resplandecía y latía al ritmo de una vida que se abría paso, dentro todo languidecía; y también Arantxa.

Porque aquella muchachita dulce y de sonrisa resplandeciente, se había ido apagando poco a poco tras entrar al servicio de aquella hechicera, engañada por sus argucias y sus cantos de sirena. Encerrada entre aquellos muros. Muerta en vida.

Y solo alguna tarde, en la que la vieja se dormía bajo los efluvios del aguardiente, ella lograba escaparse temerosa para soñar un rato bajo aquella arboleda. Para sentir la paz de aquel silencio entreverado de miles de sonidos. Para dibujar de nuevo sonrisas al viento junto al riachuelo, tumbada en la hierba, aferrada a una vida prestada por minutos… que se le escapaba entre las manos. Sin luchar.

...tumbada en la hierba

…tumbada en la hierba

Pero aquel día iba a ser distinto. Lo había decidido; era ahora o nunca.

Así que, resuelta, volvió a la casa sin pensarlo, para no dar tiempo a que la bruja se despertara, y armada con el valor ciego de la convicción, tomó un viejo saco y arrambló sin hacer ruido con todas las estanterías y baúles; para encerrar bajo la rafia ungüentos, bebedizos y tarros mil. Y sigilosamente, sin ser vista ni oída, abandonar después la choza para lanzarlos al centro del estanque en un último esfuerzo.

Todo estaba ya cumplido. Y ahora iban a estar frente a frente.

Rauda regresó a la casa. Angelona, la hechicera, acababa de despertarse, para observar aterrada que todos sus encantamientos y bebedizos  habían desaparecido, y que la casa aparecía frente a ella casi vacía.

Regresó a la casa...

Regresó a la casa…

Alargó la mano instintivamente, enrabietada, en busca de su escoba; pero no encontró sino el hueco vacío, y entonces un alarido atronó el bosque… mudo ante aquel grito ensordecedor.

Y allí frente a ella, Arantxa, permanecía impasible.

Mirándola fijamente, por primera vez después de muchos años, sin miedo…

-¡Ahora estamos solas, tú y yo!-le gritó con confianza.

-¡Tú y yo, de igual a igual… ya no tengo ningún temor!-concluyó…

Porque sin sus poderes, sin sus trucos y sus encantamientos, aquella bruja, apareció de pronto ante ella, desvalida. Ausente.

Despojada del poder que la cautivaba y que imponía su dominio por la fuerza. Débil frente a una joven y fuerte mujer, dispuesta a cambiar su destino y retomar su vida.

Y ya no hubo  más palabras.

Solo aquel silencio amargo, roto por la luz que penetraba por primera vez como un relámpago en toda la casa, cuando por las ventanas abiertas de par en par dejó pasar de nuevo, dentro, la vida.

Y allí, al fondo, arrinconada, aquella pobre mujer solo pudo recoger sus cosas y abandonar la cabaña bajo su atenta mirada, para adentrarse en aquel bosque tan luminoso que la aterrorizaba…

Arantxa salió tras ella y se detuvo bajo el dintel de la puerta. Para verla alejarse en la espesura.

... perderse en la espesura

… perderse en la espesura

Y con ella sus miedos. Sus tristezas. Sus silencios y sus días perdidos. Sus desesperanzas.  

Para cerrar los ojos, lentamente, y sentir que el sol por fin, de nuevo había salido y la calentaba…   

[…]

La luz del fluorescente apareció ante ella como un fulgor inesperado.

Para despertar sin saber muy bien dónde se encontraba. Sin saber ni recordar porque se hallaba en aquel metro de siempre, y tras unos segundos de duda, darse cuenta que habían pasado varias estaciones más allá de su destino.

Pero ya nada importaba.

Mamá, llegó por primera vez a casa después de mucho tiempo con una sonrisa en su boca. Su sonrisa. La que sembraba a su paso primaveras.

Los dos niños se abalanzaron sobre ella nada más atravesar la puerta, y ella se dejó querer, como siempre, pero esta vez con la conciencia de haber llegado a aquel puerto tranquilo, para quedarse.

La luz de su cuarto se apagó. Y sobre ellos se dibujaron planetas fosforescentes, como cada noche, mientras la pequeña Alex, se aferraba a su peluche embarcada ya en sus sueños de colores y Marcos viajaba hacia su árbol morado.

En sueños de colores...

En sueños de colores…

Y ella, solo pudo sonreír, y despacio, limpiar de su mejilla una fugaz lágrima recién llegada del corazón. En paz, consigo misma.      

[…]

Apenas clareaba aquel lunes, y como siempre café en mano, salió del ascensor para abordar aquel largo pasillo.

Pero hoy el recorrido iba a ser diferente.

Tras saludar a los compañeros y compañeras, decidida, se dirigió al despacho de su Jefa, para sin titubear, asir el pomo con fuerza para dar el paso.

Ni siquiera esperó una invitación para sentarse.

Solo cerró la puerta tras ella, no sin antes mirarla a los ojos como nunca lo había hecho. Con la seguridad de que esa mañana hablarían de igual a igual por primera vez. Como siempre debía haber sido.

Y Ángeles, la directora, no pudo sino escuchar.

Porque en aquel oscuro despacho, aquella mañana, el sueño se había hecho realidad; y la luz también por fin lo llenaba todo, por primera vez… en aquella quinta planta.

... la luz lo llenaba todo

… la luz lo llenaba todo

 […]

Moraleja:

Recordad siempre que: “Si puedes soñarlo, puedes hacerlo”…

…………………………..

 

DEDICATORIA: 

  • A l@s que sueñan con retomar sus ilusiones y necesitan: Creer.

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EL VIAJE DE PINTO…

 Nota del Autor: “Pinto” es el nombre de un personaje del Grupo sm. www.gruposm.com/

“A tod@s los que no se resignan a perder lo que aún les queda de niñ@”

Cuento para leer escuchando a Debussy: “Arabesque” . http://www.youtube.com/watch?v=A6s49OKp6aE

Lucía una preciosa noche de primavera bajo aquella luna lunera que se colaba por la ventana. Y él cerró los ojos.

Sus largas pestañas, negras como el azabache, comenzaron lentamente a impedir que pasara la luz, entornando sus luceros como una cortina mágica; y  casi pudo ver el polvo de hadas flotando a su alrededor antes de cerrarlos del todo.

Y es que Nico iba a soñar con ellas…

Con sus hadas dulces. Con sus duendecillos colorados y sus elfos de la risa, que cada noche, cuando él y su hermano se iban a la cama, les hacían cientos de cosquillas en sueños, para regalarles flores de chocolate y nubes de gominolas; mientras de fondo, aún escuchaban como una dulce música, el cuento que mami les contaba sentada a su regazo… mirándolos, con esos ojos morunos verde oliva.

Se acurrucó despacio. Rebulliéndose entre las suaves sabanas de la abuela.

Y su pequeña boca dejó al descubierto sus dientecillos traviesos, en un último bostezo que lo sumergió en un sueño profundo. Dulce. Con la sonrisa en los labios de un pequeño piratilla que buscaba sus fantasías o ellas a él…

[…]

La luz empezaba a molestarle en los ojos cuando el pequeño sintió como algo le rozaba el cabello. Y los abrió lentamente…

De pronto, sorprendido,  se dio cuenta de que ya no se encontraba en su cama y que él y su hermano estaban recostados sobre la suave hierba que crecía bajo aquel enorme árbol morado.

A su sombra… los sueños.

Y allí ya, sentado, permanecía con la boca abierta bajo la sombra de aquella enorme planta cuyas ramas bamboleaba el viento…

Se volvió entonces, y vio como un pequeño duendecillo azul le sonreía mientras le atusaba el cabello.

Y él contento y sorprendido le devolvió la sonrisa.

-¿Dónde estoy? ¿Yo estaba durmiendo en mi cama?-… le pregunto Nico al   duende.

-¿No lo sabes, pequeño terrícola?-… le contestó mientras de un brinco prodigioso saltaba de su hombro al suelo…

-¡Estás… aquí, donde todo es posible!-… le gritó, mientras desaparecía como por arte de magia entre los matorrales.

Los dos hermanos ya despiertos se levantaron al unísono.

Y miraron al horizonte donde dos soles surgían entre las montañas, iluminando un país de fantasía que se abría ante ellos en todo su esplendor.

Después de estirarse, comenzaron a andar por un pequeño camino, estrecho, diminuto, como dibujado sobre la tierra color mostaza.

El aire era tibio y cálido. Y a su paso, miles de flores de colores se iban abriendo y girando para darles los buenos días, desplegando sus pétalos de mil tonalidades, y perfumando el aire de sus olores preferidos. Vainilla y fresa.

Se sentían felices.

Y a pesar de no conocer donde se encontraban, se sentían como en casa.

Empezaban a sentir hambre, mucha hambre, cuando de pronto, al girar tras aquella roca casi transparente que se alzaba en mitad del sendero, ante ellos se abrió un prado… ¡maravilloso!.

Ambos se miraron, atónitos.

Y corrieron para adentrarse en la pradera que sembrada de dulces y galletas de todos los colores y sabores se extendía en el infinito… como en un cuadro soñado por cualquier niño.

Cientos de bizcochos multicolores, competían en colorido con barquillos de mil tamaños y formas. Apretujados, en una sinfonía de matices y aromas.

Las obleas les sonreían, y a ras de suelo miles de pastelitos añil y violeta perfumaban el aire con olor a caramelo, mientras cientos de pequeñas mariposas, como en bandada, revoloteaban entre las flores de almíbar y canela girando en el aire, dibujando nubes y estrellas olor a frambuesa.

Llegaron “dibujando nubes…”

Y los dos, a su paso, iban cogiendo pasteles y golosinas, que cambiaban de forma y color entre sus manos y su boca. Para llenar sus paladares de mil sabores. Para sentirse saciados y felices.

De repente, un claro se abrió entre aquel campo dulce.

Y un enorme lago de chocolate caliente apareció ante ellos… brillando bajo los soles.

Pequeñas ranas de lunares, croaban sin cesar, saltando entre nubes marrón brillante, y ambos sumergieron sus pequeños labios en aquel maravilloso estanque para saciar su sed… extasiados.

¡¡¡Plofff!!!

-¿Que mejor desayuno que este?-… pensó el más pequeño.

-¡Bueno el de mamá!-… se contestó así mismo.

Y aquel templado y delicioso manjar fue recorriendo sus pequeñas gargantas llenándolos de una paz increíble.

Un ruido entonces les sacó de repente de aquel agradable momento. Y ambos miraron al centro del estanque, de donde provenía.

Allí, rodeado de nenúfares de caramelo, vieron a un pequeño ser verde, con media luna blanca dibujada en los ojos que los llamaba con la mano.

Los dos niños se acercaron hacía donde les indicaba, y él fue hacia ellos nadando, para salir despacio, sacudiéndose… y esparciendo miles de gotas de delicioso cacao por doquier…

Con su nariz redondona, y una estrella azul dibujada en el pecho, les saludó sonriente. Apenas medía dos palmos.

Foto Credit: Pinto y sus amigos. Editorial Grupo sm.

-¡Bienvenidos, niños. Os esperaba desde hacía muchos días!-… les dijo contento.

-¡No todo el mundo puede llegar hasta aquí, hasta mi planeta!-… les comentó.

-¿A tu planeta?-… le dijo Quito extrañado.

-¡Sí, pequeños… a mi planeta! ¡Seguidme y lo entenderéis!-… le contestó.

Y los cogió de la mano, casi de puntillas. Para comenzar el viaje…

[…]

Los tres recorrieron aquel pequeño universo entre risas y juegos.

Y mágicamente, Pinto apretaba fuerte sus manos, y los tres saltaban por el aire como si flotaran. Para así atravesar “El río de las ilusiones azules”. Surcar raudos el bosque de “Las verdes esperanzas”, para llegar, arriba en lo más alto, a la montaña de “Todo es posible”…

Y juntos alzar la vista para mirar al horizonte que se abría frente a ellos.

El planeta de “Todo es posible”…

Entonces, maravillados, los dos pequeños vieron como miles de otros niños y niñas, de todas las edades, de todas las razas y procedencias viajaban como ellos junto a sus elfos, sus hadas buenas, sus duendes de las noches tiernas.

Que igual que ellos, reían juntos y jugaban, como almas nobles, llenas de maravillosa inocencia.

Para a cada paso, a cada segundo, dibujar los ríos y pintar los campos. Para colorear en cada instante sus sueños con sus mejores deseos. Con sus más tiernos recuerdos. En un mundo que cambiaba de color a cada paso…

-¡Este es mí Planeta, Nico, Quito!-… les dijo su amigo Pinto.

-¡El Planeta de los sueños posibles!-… les mencionó.

Entonces, los tres se sentaron frente a los dos astros rey que brillaban sobre el cielo malva, en lo alto de la colina, para escuchar de Pinto, su leyenda…

La historia de un pequeño mundo que nace y muere cada noche.

Que cada madrugada se llena de los sueños de tantos pequeños y pequeñas de mil tierras, de cualquier condición, que siempre son capaces de ver más allá del arcoíris. Donde viven las ilusiones por realizar.

Un mundo donde todo es posible. Donde nada duele. Y todo vive.

Donde las cosas son más sencillas porque sólo el corazón manda y las manos sólo sirven para acariciar. Y los brazos solamente para abrazar.

Donde todo rima, y es poesía.

El país de las noches dulces. De las mantas con mamis. De los sueños tranquilos. De la paz ansiada.

Al que sólo llegan los que creen que si podemos soñarlo, podemos hacerlo. Que la vida es una aventura maravillosa que escribimos cada día, como el alma de cada “peque” que duerme esperando un mañana.

Donde los mayores también pueden viajar, aunque a veces se les olvide el camino sin saber como pintar de colores su existencia.

En el que la sonrisa es el combustible, el amor el motor y la ilusión las velas.

Adonde cada madrugada, aunque no lo recordemos, todos y todas viajamos alguna vez, desnudos de problemas y con el corazón por bandera.

Como todos los mocosos que ahora volaban libres por su cielo violeta y puro…

Y así sin darse cuenta, lentamente, los dos niños fueron cayendo en un profundo sopor, suavemente, escuchando a Pinto, mientras todo se difuminaba ante sus ojos… como un maravilloso cuento…

[…]

-¡Vamos, despertad, ya!-… les susurró su madre a los dos como cada mañana.

Y de un salto, los dos hermanos se alzaron sobre la cama buscando las golosinas perdidas… y el rico chocolate. Pero todo había cambiado.

Miraron a uno y otro lado, desorientados, durante unos segundos, para darse cuenta al fin que todo había sido un sueño. Un maravilloso sueño.

Mientras, mamá, los miraba desde la puerta de su cuarto sin saber que ocurría…

Nico entonces, bajó despacio de la litera y se acercó a su madre, alegre como siempre. Canturreando bajito.

La tomó de la mano, mientras ella se agachaba para escucharlo mejor…

-¡He estado en su planeta mami, en el de Pinto!-… le dijo entusiasmado.

-¡Ah, mami… y me ha dado recuerdos para ti!-… concluyó dándose la vuelta.

Y su madre los acompañó abrazándoles por el pasillo hasta el salón, mientras pensaba en silencio sonriente, que esa noche…

Su hada la esperaría como siempre, bajo el árbol morado…

…………………………….

 DEDICATORIA:
  • A mi amigo Javier (@Mandela­_blanco)… para que me preste su sombrero.
  • A mi amiga Azabache (@atsabella)… un viento nuevo.
  • A mi amiga Monike (@MonikeRey)… una tierna brisa del norte.
  • A mi amiga Ana (@AnaAngiolina)… por sus deliciosos bailes.
  • A mi amigo Francis (@francispacha)… por estar a 140 latidos.
  • A mi amiga Lola (@LolapdePrado)… por su amabilidad siempre.
  • A mi amiga Virginia (@Virginia_PC)… por sus dulzura y sus fotografías.
  • A mi amigo Netbookk (@netbookk)… por caminar con nosotr@s.
  • A mi amiga Srta Marple (@Srtamarple2)… por estar siempre al otro lado. 
  • A mi amigo Malo (@MaloContigo)… por ser simplemente como es.
  • A mi amiga Tetxu (@Embruji)… una “Julieta” en Twitter.
  • A mi amiga y mi Gata (@MixaEscaldada)… la ironía más dulce.

     

 Y a tod@s los que leéis este Blog… ¡Mil gracias!. 

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Cuento dedicado a mis amigos “Nico” y “Quito” y su maravillosa Mamá…

Amanecía en una escondida selva del país de los sueños.

La luz del sol se filtraba tímidamente entre los árboles y las lianas, dibujando en el suelo centenares de formas brillantes. Como pequeñas estrellas.

Pájaros de mil colores despertaban. Extendían perezosos sus alas arcoiris y mirando al horizonte, se calentaban con los primeros rayos del astro rey. Con sus ojillos casi cerrados.

Centenares de flores abrían sus pétalos al rocío y a la mañana; y los insectos se sentaban en ellas para desayunar polen y néctares dulces, mientras las mariposas revoloteaban en un aire tan limpio que parecía mágico.

Los monos comenzaban a saltar de rama en rama, en mitad de un estruendo de gritos y llamadas… y toda la jungla se despertaba al oírlos.

Los cocodrilos del río entonces, saludaban a los hipopótamos con su gran cola verde, mientras las gacelas corrían alegres a través de la arboleda que perdía sus troncos entre las nubes… hacia el infinito.

Y la claridad lo llenaba todo; con un resplandor que se extendía por la espesura pintándolo todo de maravillosas tonalidades.

“Malva”, la mamá mono, levantó la mirada contenta.

Después de estirarse… cogió en sus brazos al pequeño Nico, el monillo más travieso de toda la selva, mientras su hermano el simpático chimpancé Quito los observaba bostezando desde el nido cercano.

Los tres, subidos en lo alto de aquel viejo árbol, se abrazaron, para después, de improviso, y en un salto increíble, alzar mamá chimpancé el vuelo dibujando en el aire una pirueta digna de una trapecista hacia el tronco más cercano.

Porque, como cada mañana, iba a buscar los plátanos y la fruta, mientras sus niños la esperaban. A buen recaudo.

Pero aquel día, Nico, quiso descubrir mundo.

Y desoyendo a su madre, bajó raudo por el tronco nada más verla alejarse,  para llegar al suelo seguido por su hermano que no quiso dejarlo solo en la aventura. Siempre iban juntos a todos lados.

Querían verlo. Los dos querían hacerlo.

Sí. Habían oído que Tuna, la gran leona, había tenido un precioso cachorro colorado que era la comidilla de toda la sabana.

Y no pudieron resistirlo.

Porque a pesar de las advertencias de mamá mono…”La ley de la selva -les decía a menudo- ¡No permite que leones y monos sean amigos!”… sus ansias de conocer y saber les arrastraban hacía lo desconocido. Como un imán.

Juguetones, los hermanos comenzaron a recorrer el gran bosque. Y a su paso todos los saludaban.

Rayitas, la cebra más guapa de la llanura levantó la cola para decirles buenos días.

Y “Cielos”, la jirafa, bajó su largo cuello para acariciarlos al pasar junto a ella.

Y ellos se sentían felices. Despreocupados. En casa.

De pronto, un resplandor se abrió paso entre la maleza. El bosque acababa y enfrente la sabana se extendía imponente. Y los dos monitos se pararon asombrados ante la inmensidad que se abría ante sus ojuelos.

Después de unos segundos, se miraron, sonrieron y decidieron seguir adelante, sin mirar atrás, dejando la tranquilidad de su bosque encantado para adentrarse en lo desconocido. Sin miedo. Desde su inocencia.  

De la mano avanzaron entre las altas hierbas de la enorme llanura saltando y brincando, rodeados de centenares de animales que pastaban tranquilamente y los miraban absortos.

¿Qué harían aquí esos dos monillos traviesos?, se preguntaban al verlos cruzar los viejos ñus azules, mientras rumiaban pacientemente la hierba fresca.

Y los antílopes, con su larga cornamenta rayada, galopaban frente a ellos entre enormes saltos, que a los pequeños primates les parecían sorprendentes, describiendo en el aire cabriolas y piruetas como suspendidos por hilos invisibles.

Todo transcurría plácidamente, cuando Nico oyó un rugido muy cerca. Detuvo su paso y se aferró fuerte a su hermano, que sin pestañear lo miró y le indicó el camino hacia delante, sin titubear ni un instante.

Su objetivo estaba cerca. Se presentía en el ambiente.

Avanzaron sigilosos entre los altos matorrales, pardos y redondeados, cuando en un giro del pequeño sendero… vieron a la imponente manada.

Allí, al pié del gran “Baobá”, junto a dos enormes peñascos grises, medio centenar de leones y leonas descansaban.

Los machos de enorme melena roja, tomaban el sol, mientras que las mamás leonas jugueteaban con los cachorros, que retozaban a su alrededor como en una enorme guardería animal.

Nico, se fijó con cuidado, miró a derecha e izquierda inquieto. Cuando de pronto, entre aquel gentío de felinos, vio surgir la pequeña figura del cachorro de león que buscaban.

Despacio, como recién levantado, jugaba con una pequeña rama caída del viejo árbol que su madre le lanzaba a diestro y siniestro.

Los hermanos sonrieron. Lo habían encontrado. Y paralizados por la emoción lo observaron durante minutos absortos en sus juegos.

Y entonces, como si una llamada secreta los hubiera unido, la rama voló por el aire limpio de la sabana para sortear los matorrales y caer a los pies de los dos.

No se movieron. Sorprendidos, y cuando estaban a punto de reaccionar, frente a ellos mirándolos fijamente estaba ya el pequeño gran leoncito colorado. Con los ojos abiertos de par en par.

Nunca había visto a estos animales tan raros, pensó en silencio.

Marrones, de orejas grandes y brazos largos y peludos, que con cara simpática les miraban de frente a solo unos centímetros…

–         ¡Hola, me llamo Tolo!… dijo casi susurrando.

–         ¡Nosotros somos Nico y Quito!… le contestaron al unísono los monitos.

–         ¿De donde venís?… ¿Qué clase de animales sois?… continuó el leoncito      más relajado.

Y entonces, como si no fueran monos y león, los tres pequeños se sentaron juntos para contarse quienes eran y de donde venían. A escondidas del resto de la manada.

Y como si de una manada nueva se tratara, tras minutos de charla y risas, los tres pequeños cachorros jugaron en la enorme pradera que parecía haberse dibujado para su recreo.

Saltaron. Y treparon a los arboles. Y Nico y Quito le enseñaron trucos para subir rápido por los viejos troncos, mientras Tolo les deleitaba con historias de caza junto al lago de las aguas grises.

Mamá mono había vuelto por fin al árbol,  e intranquila los llamó mil veces. Sin encontrar respuesta.

Comenzó a preocuparse de veras, porque aunque los dos pequeños simios eran muy “trastos”, siempre habían obedecido a su madre, como tienen que hacer todos los niños y niñas.

Bajó rauda casi sin tocar la templada corteza, y se apresuró a recorrer la intrincada selva. Y a cada paso que daba, los animales les indicaban el camino seguido por sus crías.

Y de pronto, asustada, se encontró como ellos en el claro del bosque que abría sus brazos a la gran llanura. Y no lo pensó.

De un brinco se adentró en ella en su busca.

Y sin pensar en nada, recorrió praderas y cruzó ríos llamándolos, y preguntó a todo el que encontraba a su paso… sin respuesta.

Desolada. Agotada, se sentó a la sombra… triste y apesadumbrada.

Cerró los ojos… y de pronto pareció escuchar algo. Parecían sus voces. ¡Y sí, lo eran!. Y como un rayo se puso en pie de nuevo en dirección a donde se oían.

Y allí estaban los tres. Como tres amigos, retozando y divirtiéndose jugando con un saltamontes amarillo que hacía cabriolas para evitar ser alcanzado.

Mamá malva, enfadada se interpuso entre ellos, que al verla agacharon la cabeza consternados.

Mientras, el pequeño león la miraba atónito.

–         ¡Os dije que no abandonarais nuestra casa ni el bosque y me habéis desobedecido!… les increpó enfadada.

–         ¡La sabana es muy peligrosa y además está la Ley no escrita de la selva!… continuó.

Los dos monitos escucharon sin decir palabra. Para al unísono lanzarse sobre su madre y abrazarla. Y ella no pudo hacer otra cosa que devolverles un abrazo tierno que llevaba esperando desde hacía horas.

Y cuando parecía que todo se había calmado, de pronto, como un relámpago algo surcó el aire a unos metros de ellos, y un sonido seco, impresionante, precedió a la aparición de la enorme figura de Tuna… la gran mamá leona.

Seria, miró a su cachorro, que con la cabeza baja se acerco rápidamente a  su lado.

Las dos madres se miraron entonces, en medio de un silencio absoluto.

Y sin palabras, como si una señal misteriosa las uniera, se sonrieron.

Y lentamente, mirándose a los ojos se acercaron, para abrazarse como nunca una leona y una chimpancé lo habían hecho.

Nada más fue necesario…

Y desde aquel día algo ha cambiado en la selva y en la sabana.

Y la ley no escrita, se hizo añicos en medio del cariño sincero de tres cachorros de alma noble.

Y la historia de Nico, Quito y Tolo se cuenta desde entonces de generación en generación, como la de tres amigos que rompieron las barreras que el mundo les ponía para hacer del amor y de su amistad… El don más preciado.

Sin límites. Sin colores. A corazón abierto.

                                      

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RUTH Y EL UNICORNIO AZUL…

Cuento dedicado a mi pequeña amiga “Ruth” y a su mamá “Inmaculada”…

Era una dulce mañana de primavera. El templado sol comenzaba a salir por el horizonte, y mamá Inma se acercó muy dulcemente junto a la cama. Como cada día. Para ver a la luz de sus ojos.

La luz penetraba en el cuarto por una pequeña rendija, dibujando al pasar entre las cortinas de flores, miles de margaritas blancas sobre la pared; que tintineaban, reluciendo como brillantes luciérnagas, para cubrirlo todo como un jardín mágico.

Ruth sintió la caricia de mami en la cara, abrió sus ojos grandes, y sonrió.

Con esa sonrisa suya que envolvía a cualquiera, dulce, hermosa… de ángel.

Saltó de la cama, esta vez sin remolonear como casi cada amanecer… porque su corazón latía deprisa como un pequeño tren de colores…

¡Y es que por fin había llegado el día!… pensó entusiasmada.

Nerviosa, se abalanzó sobre su madre, para abrazarla fuerte, muy fuerte, como sólo ella sabía hacerlo, y dejar en el aire un suave olor a inocencia ¡Tan tierno!…

Y es que la excursión prometida a su bosque preferido iba a ser hoy y llevaba mucho tiempo esperándola.

Corriendo bajó las escaleras, y de un salto, entró en la cocina donde un templado “ColaCao” la esperaba junto a sus galletas preferidas.

Lo bebió de un sorbo, con ganas, dejándole en su pequeña boca sonrosada un gracioso bigotillo dulce.

Llamó entonces a voces a todos. Entusiasmada. Y el cortejo se puso en marcha a sus ordenes, como un ejército feliz.

El coche avanzaba suavemente por la carretera.

Ella contaba como cada día los coches azules que se cruzaban en su camino en una batalla permanente con su hermano que los prefería colorados. La pequeña, como siempre iba ganando…

Y así transcurrieron minutos que le parecieron segundos, ensimismada, buscando con la mirada su bosque…

Y de pronto, como por arte de magia, apareció en la lejanía; coloreándolo todo de verde.

Grande, hermoso… imponente.

Se adentraron en él despacio, como de puntillas. Y enseguida comenzaron a escuchar el suave canturreo de los pájaros y ese olor a fresco que lo inundaba todo.

Ruth corría entre los arboles, alegre, dibujando con los brazos abiertos en el aire limpio, piruetas añil y doradas como su corazón. Se sentía feliz.

Sólo ella sabía el secreto de aquel bosque mágico. Sólo ella.

Así, mientras todos preparaban algo para comer, y jugaban entusiasmados, Ruth se acercó a aquel árbol grande donde siempre lo esperaba él.

Y lo llamó suavemente, por su nombre…

Y tras unos instantes que le parecieron eternos, aquel pequeño “unicornio” azul apareció entre los matorrales para ir junto a ella. El unicornio de los cuentos de mamá.

Sus ojos brillaron. Y ella lo abrazó tiernamente como nadie lo hacía. Sólo ella podía verlo… sólo ella y mami, claro.

Y mamá que la seguía dulcemente con la mirada, sonreía con cada gesto suyo en la distancia.

– ¿Como estás Ruth? ¿Por qué has tardado tanto en volver?… Le preguntó el unicornio.

– ¡Llevo muchas semanas esperándote, junto a nuestro bosque!… le dijo un poco enfadado.

– ¡No he podido volver antes, he estado en el colegio!… le contestó la niña sonriendo…

Su pelo azul brillaba como siempre. Sedoso y limpio. Y el pequeño cuernecillo nacarado tenía diminutos dibujos plateados que a ella le encantaban.

Y corrieron. Y saltaron juntos.

Y volvieron a beber agua de lluvia en el estanque de las hadas moradas, de alma noble, que revoloteaban sobre ellos divertidas viendo como los dos amigos disfrutaban.

Y cuando los dos, Ruth y su unicornio se cansaban, dejaban caer sobre ellos “polvos de ninfas” para alegrar sus corazones y darles fuerzas.

Y las ardillas les acompañaron junto a la pradera de las flores siemprevivas, donde el unicornio saciaba su hambre comiendo tallos tiernos, dulces y frescos, bajo la mirada de su compañera de juegos.

Y a la primera llamada del unicornio, los “duendes de la alegría” aparecían entre las amapolas donde vivían jugando con las “hadas soñadoras”.

Y divertidos, subían a lomos de Ruth, para llenarla de risas y cosquillas, y correr sobre su cabeza en el prado multicolor donde se sentían protegidos.

Mientras las ninfas, mariposeaban sobre ellos, brillando y riendo divertidas.

Para dibujarles a su paso, arcoiris; de todos los colores que ella les pedía… bajo los que ellas sueñan con secretos escondidos cada mañana…

Y dibujaron… morados como las ilusiones.

Amarillos, como los sueños por realizar.

Naranjas alegría.

Turquesas para las almas puras como la suya.

Rosas inocencia.

Verdes esperanza… y azules, sus azules para un corazón hermoso.

Y Ruth lo vivía todo con una alegría enorme, disfrutando de sus amigos en el bosque de sus sueños…

Y a cada paso del camino, los diferentes habitantes de la arboleda salían raudos a saludarlos.

Las “náyades”, bellas ninfas de los ríos, les daban los buenos días al pasar junto al arroyo. Dibujando sus mejores sonrisas.

Y las “Dríades” ninfas de los bosques, les enseñaban los mejores caminos y sendas para encontrar las frutas más frescas y las flores más hermosas.

Y aleteando, muy cerca, las “Sílfides”, bellos espíritus del aire, los acompañaban realizando mil piruetas y giros…

Y en la inmensidad de la floresta, todo resplandecía como iluminado por el hechizo de mil hadas buenas…

La tarde empezaba a pintar de naranja el cielo. Y mamá la llamó tiernamente.

La niña se arrodilló en la pradera, algo triste, rodeada de ninfas, duendes y de su amigo el unicornio. Pero todos le sonreían. Y ella también lo hizo.

Entonces, como sincronizados por un reloj misterioso, todos se abrazaron, y miles de lucecitas brillantes ascendieron hacia arriba, dibujando al subir figuras asombrosas hacia un cielo que parecía muy cercano.

Ruth pasó la mano por el lomo de su unicornio. Y sintió su tersura y su cariño… para abrazarlo después y despedirse hasta un nuevo día.

Mama, se acercó lentamente… y como en un sueño, mágicamente, todos desaparecieron súbitamente dejando en el aire un suave olor a chocolate y canela…

………………………………………….

La noche llegó despacio, y el sol les dijo adiós con un guiño.

Y Ruth, de nuevo, se metió en su preciosa cama de princesas, después de un día inolvidable.

Y sintió un suave beso en la mejilla… y un ¡buenas noches , cariño!…

Para cerrar de nuevo, esos maravillosos ojos…

Y soñar tiernamente con mundos donde todo es posible…

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