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Archive for the ‘Uncategorized’ Category

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Para leer escuchando…

“La de veces que he estado soñando,
buscando el momento de poderte ver…”

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No, no tenemos un contador para las emociones. Nada que nos permita calibrar o medir con exactitud nuestro estado de ánimo, cómo nos encontramos en cualquier momento, cómo se comporta nuestra mente o nuestro corazón frente a lo que nos ocurre, frente a lo que nos rodea. Pero sin embargo, cuando los sentimientos nos desbordan, cuando no tenemos explicación sencilla para lo que nos ocurre, un recóndito resorte interior se dispara para señalar que algo realmente importante nos sucede en el interior aunque sea invisible a los ojos de la gente; incluso frente a nosotros mismos.

Sucede cuando algo nos emociona. Cuando una música nos deja en silencio. Cuando una imagen, un paisaje, un acontecimiento nos toca el alma. Pero especialmente, cuando alguien nos llega dentro. Y entonces, ese engranaje, ese maravilloso mecanismo se dispara sin control, sin reglas ni normas cuando una persona nos ilusiona.

Puede que penséis que eso lo hemos vivido todos alguna vez. Que esa sensación de vértigo y de mariposas desbocadas, que ese desasosiego, esa locura, excitación, alegría, miedo, conmoción, ilusión y  esperanza… es propia del que se enamora. Y tal vez estéis en lo cierto, quizás en esa montaña rusa de sentimientos encontrados hayamos viajado todos. Como también todos hemos pensado en algún momento haber encontrado por fin la respuesta a ese torbellino.

Pero tengo que deciros que no siempre sucede de igual manera y que a veces hay viajes que ya no tienen retorno. Que carecen de explicaciones y de avisos, que suceden a pesar de que no estemos preparados y aunque llevemos esperándolo sin saberlo; porque nos dejan simplemente desnudos y sin palabras.

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Entonces, nos damos cuenta de que hemos dado mil vueltas en esa noria de ilusiones en la que se convierte la vida para llegar allí; a veces arriba, tantas abajo. Que lo que somos y sentimos lo hemos construido entre giros y esperanzas al pensar que habíamos encontrado el lugar adecuado y con quien compartirlo. Que los pasos que andamos hasta llegar a lo que somos fueron necesarios, a veces dolorosos, en ocasiones difíciles, pero que nos han forjado tal y como nos sentimos ahora para darnos por entero y sin disfraces a quien de veras se lo merece. Que de nada sirve arrepentirnos ni lamentarnos. De nada volver la vista atrás intentado explicar lo que ya es inevitable. Tan sólo cabe dejarnos llevar por lo que nos ha llevado hasta aquí y ahora, frente a quién nos espera y a quién esperamos sin más mentiras y con la verdad desnuda de una certeza infinita.

Y ya no cabrán ni medidas ni comparaciones. No necesitaréis de proporciones, de raseros, de cuentas ni de voceros que os digan lo que realmente estáis sintiendo.

Tan sólo sabréis, como yo ahora, que un día sin ella dura tres otoños…

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Dedicatoria:

A mi querida Beatriz y sus cálidos días de otoño. #15

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LA LEYENDA DEL HILO ROJO…

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Imagen por @Culturainquieta

Para leer escuchando…

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“Cuenta una leyenda oriental que las personas destinadas a conocerse tienen un hilo rojo atado en sus dedos. Ese hilo nunca desaparece y permanece  para siempre atado, a pesar del tiempo y de la distancia. No importará lo que tarden en conocerse, no  importará el tiempo que pasen sin verse, ni siquiera importará si viven en la otra punta del mundo: el hilo se estirará hasta el infinito pero nunca se romperá.

El hilo lleva contigo desde tu nacimiento y te acompañará, tensado en mayor o menor medida, más o menos enredado, a lo largo de toda tu vida. Así es que, el Abuelo de la Luna, cada noche sale a conocer a los recién nacidos y a atarles un hilo rojo a su dedo, un hilo que decidirá su futuro, un hilo que guiará estas almas para que nunca se pierdan…”

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Cuando leí por primera vez esta maravillosa historia, pensé que tal vez los seres humanos necesitamos buscar resortes para justificar nuestra existencia, para poner coto a  nuestros miedos y a nuestros vacíos. Para darle verdadero sentido a tantas decisiones difíciles que acabamos tomando, especialmente cuando el corazón anda de por medio.

El destino. Un prodigioso compañero de viaje que nos busca y nos encuentra para unirnos a un alma que nos espera sin saberlo. En la distancia o cerca. Cuando menos lo esperas o cuando es evidente. Tejiendo un camino que nos acerca sin poder evitarlo a quien nos espera desde siempre; unidos inexorablemente a nosotros por un hilo invisible que nunca se destruye y que simplemente desea ser algún día, lo más corto posible.

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Pero también pensé que en el fondo esta leyenda le da sentido a las emociones que todos de una u otra manera hemos percibido alguna vez. Ciertamente sólo una vez. Cuando de manera absoluta, nítida e inexplicable, sabemos que por fin ha ocurrido y que la magia del encuentro está frente a nosotros. Y entonces mil mariposas hechas de ese mágico hilo escarlata, revolotean en tu interior buscando un corazón donde anidar para siempre. Y uno sabe que por fin ha llegado el momento.

Porque cuando ocurre, la fábula parece tomar en nosotros forma y sentido. Sentido, porque sin saber cómo da solución  a las preguntas que nunca supimos contestarnos. Pone luz a nuestros errores pasados; para dejarnos claro donde estaba la verdadera respuesta, donde la persona con la que queremos compartir la travesía.

Seguramente no somos conscientes del delicado nudo que llevamos enlazado en nuestro meñique. Tal vez no seremos conscientes de la madeja que se extiende hacia el infinito sorteando calles y plazas, caminos y cielos, para llegar a su meta. Pero lo que si podemos estar seguros es que cuando ocurra, algo distinto se nos romperá por dentro para hacerse maravillosamente visible en nosotros. Y entonces la búsqueda y la confianza habrán merecido la pena.

Encontrar a quien nos comprende sin palabras. A quien nos arropa de abrazos cuando el frío de la vida arrecia. Quien nos acepta a pesar de nuestros errores y miserias para calzarse nuestros zapatos, es difícil. Pero es también un tesoro que justifica la búsqueda.

Así que por si acaso, abrid los ojos. Dejad que la vida os lleve por donde quiera.  Continuad adelante dando lo mejor de nosotros mismos. No pongáis límites a los sueños ni fronteras a la esperanza, porque no podemos saber cuando ni donde se hará realidad, pero ocurrirá. Y todo parecerá haber tenido sentido.

 

Tal vez como a mí, una soleada mañana de otoño…

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DEDICATORIA:

A Beatriz…

 

 

 

 

 

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ADIOS, VIEJO AMIGO…

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Querido y viejo amigo.

Creo que es la última oportunidad que tengo de hablar contigo, ahora que vencen las horas para poder disfrutar de tu presencia. Y no quería, no podía pasar este momento sin darte las gracias.

Ha sido larga pero maravillosa, esta travesía a tu lado. Cargada de momentos inolvidables, por alegres y difíciles; pero en el fondo creo que has conseguido que pueda sentirme hoy mejor persona, y eso no puedo decírselo a todo el mundo. No podía dejar de escribírtelo antes de que me dejes.

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…de estrellas.

Juntos nos hemos ido construyendo cada mañana. Es difícil saber ahora mismo donde empiezas y donde acabo, porque en realidad te has hecho ya parte de mi memoria; y te llevaré para siempre muy dentro, en ese baúl de emociones que no quisiera cerrar nunca. Recuerdo como si fuera ayer como te conocí una fría noche en mi Sur del alma. Plagaste de estrellas aquel cielo y me regalaste una noche distinta. De esos días que uno prefiere almacenar en su interior para crecer despacio con sus enseñanzas; y eso hice.

Y fuimos caminando de la mano. Día a día, hora a hora, segundo a segundo. Y aunque tengo que reconocerte que también hemos vivido de la mano malos momentos, me quedo con todas las luces que encendimos juntos y que no se apagarán jamás en mí.

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Luces…

Espero a tu sucesor con ilusión, tengo que decírtelo. Lo espero. Pero no quiero que pienses que te echaré en el olvido, nunca podría hacerlo. Como espero que los que hayan compartido con nosotros tantas vivencias no lo hagan, porque contigo hemos saboreado algunos de los días más hermosos de nuestra vida.

Pero también ha habido momentos complicados y tristes. De esos que uno no espera, y para los que no estamos preparados. Sé que no has tenido la culpa y que el destino nos ha llevado a vivirlos juntos; pero también has conseguido al final, con tu paciencia infinita, las tiritas que han restañado mis penas para que vuelva a brillar el sol como jamás lo hizo en mi horizonte.

Me regalaste días maravillosos. Destellantes de ternura. Con ellos, construimos caminos inexplorados en los que me he sentido feliz como nunca. En los que he aprendido que la vida, de la que formas parte, no tiene sentido si no la saboreas sin límites ni complejos. Dejándote llevar por la intuición y por el corazón que nunca te engaña. Esa lección que tú me has regalado, la llevaré marcada dentro para los que te sucedan.

Y dentro de mí, dibujaste un verano con colores que jamás había percibido. Con aromas plagados de esperanza. Con abrazos que curaron todas mis heridas. Donde la magia, se abrió camino al son del tango una noche inolvidable.   

Gracias…

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Ahora, entrañable amigo, solo me queda decirte adiós, cuando apenas te quedan unas horas conmigo. No podré olvidarte jamás. Porque te guardaré y te llevaré a mi lado junto a tus compañeros el resto del tiempo que nos quede juntos.

Me quedo con ese regalo que me has dejado estos últimos meses y que tanto necesitaba. Un tesoro que no sabré como pagarte, querido 2015, su presencia…

Hasta siempre.   

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Para acabar escuchando…

“Ahora que tengo un alma que no tenía…”

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DEDICATORIA:

Para tod@s, mis mejores deseos para 2016.

 

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CAFÉ PARA DOS…

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Para leer escuchando…

“Sentir, que es un soplo la vida…”

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Cada vez que soplaba el viento del sur, María se volvía como ausente. Dejaba escapar un suspiro que se elevaba con sus primeras ráfagas, para dejar abajo una mujer sumida en sus pensamientos. Entonces, se atusaba el pelo despacio y se sentaba siempre en el sillón junto a la ventana. Dibujando con sus dedos formas y palabras ilegibles sobre el cristal empañado, y dejaba que el tiempo la llevara lejos; el tiempo y ese vendaval a medio camino entre su soledad y sus deseos.

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Aquella mañana había decidido no dejarse llevar por la nostalgia. Era una manera de decirse a sí misma que con eso no conseguía nada, y que a pesar de todo, a pesar de que el recuerdo le martilleaba a cada paso cada vez que no era capaz de pensar en otra cosa, su presente y su futuro debían alinearse; aunque su mente no dejara de dibujar líneas curvas y pensamientos siempre extrañamente racionales. Porque en el fondo, ella se dejaba siempre arrastrar por las emociones, aunque intentara en vano barnizarlas de aquella fina capa de lógica amorosa.

Él le había dicho –recordó– que había siempre una mágica forma de borrar aquellas cavilaciones almibaradas de dudas. Y aunque pensara que aquel soñador volaba a ras de suelo, en sus silencios lo intentaba. Porque habían construido juntos tantos buenos recuerdos, en tan poco tiempo, que era fácil alzar el vuelo.

–¡Aquella Navidad era tan distinta! –meditó. Siempre había pensado que le hubiera encantado celebrar estos días como a ella había soñado; deseos marchitados durante tantos años bajo aquella ingrata falta de afecto que ahora le parecía como de otra vida…

[…]

El reloj marcó las diez. Los primeros rayos del sol dibujaron en el salón formas y colores, y María casi podía distinguir su rostro camuflado entre aquellas luces y reflejos. Siempre lo recordaba sonriente, no solo porque él lo fuera, sino porque realmente le alegraba su corazón vivaracho que había nublado su cielo después de años de abandono. 

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Dos tazas…

Decidió ponerle una taza. No tardaría mucho en llamarla y aunque en la distancia, tal vez aquel humo doble acompañara también sus ganas de verlo. Apretó a fondo la cafetera, cerró los ojos y casi pudo oír su voz al otro lado del pasillo. Su andar fuerte, y aquellos abrazos en los que perderse.

Pasaron unos minutos, y apenas pudo dejar de coquetear con su memoria. La que siempre le traía una agridulce mezcla de amor y tristeza, pero a la que renunciar sería como morir un poco. Aunque a veces ella pensara que moría y resucitaba en su pensamiento cada día. Sirvió las dos tazas, con el mismo mimo de siempre. Y con aquellas zapatillas de las que no podía deshacerse, se aproximó al balcón para saludar la mañana como los dos lo hubieran hecho juntos, aquel 25.

[…]

Ding, dong!-resonó por sorpresa.

El sonido atravesó la habitación y sin pensarlo, dejó los tazones sobre el aparador para colocarse la chaqueta y abrir la puerta. El portero no había tardado demasiado en hacerle la copia de las llaves–pensó–

Giró el pomo sin pensarlo y dejó que la puerta se abriera. Y al otro lado solo tuvo tiempo de ver su sonrisa.

–¡Creo cariño, que hoy si hay café para dos!–resonó en el zaguán.

Y aquella mañana de diciembre, el viento del sur volvió a revolotear, pero esta vez entre sus brazos.

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[…]

DEDICATORIA:

A Beatriz.

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A RAS DEL SUELO…

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Para leer escuchando…

 

“¿Dónde vas cuando estás solo?

¿Dónde vas cuando estás triste?

Yo te sigo…

Cuando las estrellas se apagan.”

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Me gustan estas fechas navideñas no sólo por los tópicos que encierran, sino porque es más sencillo poner sobre la mesa los afectos. Es como si la mayoría de nosotros nos despojáramos de esa fría coraza que nos pinta de gris las mañanas para dejar una rendija que nos deja el alma al descubierto. Y tal vez, solamente por eso, merece la pena que estos días lleguen cada diciembre.

Ni siquiera me planteo porqué no ocurre esto el resto del año. El motivo que nos lleva a encerrarnos en nosotros mismos, en un entorno diminuto y cuadriculado que nos hace opacos a las emociones y al descubrimiento. Que en el fondo, nos hace estancarnos y empequeñecernos; porque sin duda es la relación sincera con los demás y con la vida lo que realmente nos construye tal y como somos.

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Son ya las cinco. Mi italiana me avisa de que casi rebosa y que me espera para llenar mi taza de siempre. Y yo, ensimismado en mis pensamientos, al pie de la escalera que se abre frente a la cocina, vuelo sin darme cuenta a otros lugares y otros momentos…

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Me avisa…

Es curioso como, si dejamos que nuestra imaginación ocupe el espacio que se merece, a veces las cosas adquieren el sentido justo y la medida precisa. Porque no somos conscientes de lo bueno que tenemos hasta que no viajamos con nuestras cavilaciones al país del recuerdo. Y a mí me gusta mucho hacerlo; me sana y me devuelve la calma. Sí. A veces me sorprendo en mitad de cualquier sitio, recordando. Hoy aquí recordándote. Imaginándote en aquella mañana de verano como si pudiera tocarte de nuevo. Y ya no sé si lo he hecho otra vez o realmente es que nunca he dejado de hacerlo en lo más profundo desde aquel día. Lo que si sé es que he aprendido que es mejor peregrinar hacia donde nuestro corazón es sincero y el sol nos calienta de verdad. Para olvidar los contratiempos que nos vienen dados, que hacemos absurdamente primordiales, y abandonar lo realmente importante. Y aquel día lo fue y lo sigue siendo.

…………

Me sirvo la taza casi como un autómata. Añado un poco de leche fría, azúcar moreno y sonrío. Porque me doy cuenta que sigo enfrascado en este soliloquio mientras la casa se llena de aroma a café para llevarme otra vez de la mano a las tierras tranquilas de la paz que buscaba. Esa patria en la que destierro mis recelos y mis dudas para sólo dejar entrar lo que  de verdad me hace mejor y me alienta; y adonde apenas unos pocos viajan conmigo.

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Me sirvo…

Doy el primer sorbo; y dejo que la cucharilla dibuje en el borde formas curvas al compás de mi mano que la observa. Y pienso cuántas veces esta misma danza me ha salvado de la tormenta, aferrado al calor del primer café de la mañana o de la sobremesa compartida. Cuando realmente nada importa salvo lo esencial, lo que rara vez aparece en nuestros pensamientos barridos por ese maldito viento diario de la rutina, que sólo acaba explicándose sin palabras.

La rutina. La que abre las puertas de la brisa que nos conforma o de la ventisca que sólo siembra granizo de incertidumbres. De la que huyo siempre que soy consciente, porque estoy cansado de construir argumentos para lo que son mis propios miedos. Y aunque os cueste creerlo, funciona. Es un ejercicio difícil; una aventura interior hacia el propio descubrimiento, pero de la que si uno no ceja sale fortalecido y preparado para caminar sobre las penurias diarias.

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Funciona…

Decido que una taza no es suficiente. Y apuro la cafetera hasta que los posos juegan con los restos del primero que me he servido. Y casi sin moverme, apoyado en la encimera, vuelvo a revolotear hacia mis reflexiones como envuelto en sus efluvios mágicos. Doy un nuevo sorbo y pienso que realmente te echo mucho de menos. Y que aunque la nostalgia también es una gran compañera de viaje, preferiría mil veces tu presencia. Y cierro los ojos por si acaso una pirueta del destino hace que suene mi nombre en tus labios, con la ternura con la que siempre me nombras. Y aunque al abrirlos, no ha ocurrido, lo he escuchado en este silencio. Ese que me transporta a tu lado cuando realmente te necesito; o sea en cualquier momento.

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…………

La tarde languidece. La luz dibuja en el salón sus últimos destellos y me dejo llevar entre la penumbra del atardecer y la noche que me llama. Ha sido un viaje de unas horas pero me ha parecido efímero. Porque me he sentido acompañado, comprendido y he hallado las respuestas.

Miro mis manos y buceo mi alma. Las heridas de nuevo se han cerrado como siempre que me zambullo en las emociones que realmente me mueven. Respiro profundo; sé que ya es hora de volver a pisar el suelo, de dejar por hoy el vuelo. Siento que pliego las alas y que me encuentro reconfortado.

Ahora, me queda escribir todo lo que he sentido, aunque creo que sin saberlo ya lo he hecho. Porque no importa si el café existió o solo imagine tu aroma. Solamente sé que el periplo te trajo conmigo de nuevo, y con él esta calma infinita.

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DEDICATORIA:

A Beatriz…

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RESPIRAR…

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Para leer escuchando…

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Por mucho que intentamos recordarlo, siempre acabamos olvidándolo, lo cotidiano tiene la extraña virtud de arrinconar lo importante.

Pasan los días y nos dejamos llevar por sus horas como si fueran eternos, como si como aquella película “Atrapado en el tiempo” sucediera realmente e invariablemente pudiéramos amanecer cada mañana para un nuevo intento. Pero eso no es posible y no somos conscientes…

Parece que es inevitable dejarse llevar por la monotonía, por el devenir de los acontecimientos que nos dirigen inmisericordes. Por ese ronroneo machacón de las mismas cosas cada día que nos deja a veces sin aire y sin sueños. Resistirse a ese tsunami parece imposible, porque no nos pregunta. Simplemente nos aturde la conciencia para no dejarnos vivir como protagonistas sino como espectadores ausentes; como meros convidados de piedra. Pero a veces hay que alzar la voz y bajarse de esa noria.

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Sensaciones…

No quiero ni puedo dejarme llevar, la existencia es demasiado valiosa y efímera. Y aunque cada mañana pueda parecer esculpida como ayer, siempre hay margen para el cambio, para colores y sensaciones nuevas, basta tan solo con abrir los ojos y planteárselo. En cualquier lugar, en cualquier instante se dibujan escenarios de los que podemos ser partícipes si ponemos el empeño necesario. Los que nos rodean,  los que amamos, se merecen cada día la ternura de siempre, la atención de las primeras veces, el tiempo necesario frente a la rutina de lo superfluo.

Cada café puede ser distinto. Cada paso una zancada diferente. Nuestros gestos pueden vestirse de sonrisa y nuestros sentimientos salir a la calle sin esperar que llamen a su puerta. Siempre hay algo que puede dar luz a nuestra propia historia y con ella iluminar la de los que nos acompañan en este viaje.

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Con gafas nuevas…

Así que voy a salir a la calle con estas nuevas gafas. Seguro que el cielo será diferente y el viento hoy susurrará de otra manera. Miraré al frente e intentaré impregnarme de todo lo que delante se me ofrece como si fuera la primera  ocasión en la que por allí transitara. Y cuando te vea o te oiga de nuevo, volveré a sentir aquel primer torbellino de sensaciones para volver a respirar. Para regresar a aquella alegría enorme que lo iluminó todo; cuando lo importante, lo realmente importante, ganó la partida de la vida.     

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“Mi piel en silencio grita, 
Sácame de aquí. 
Mi piel en silencio grita, 
Oxígeno para respirar. 
Respirar de esta falta de ti.
Respirar de esta ausencia de mí.

Respirar, respirar, respirar…”

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DEDICATORIA:

A Beatriz.

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EN TODAS PARTES…

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Para leer escuchando…

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Desde algún lugar del mundo…

Todo ocurre por una razón, o al menos eso quiero pensar. Y a veces, la vida se confabula para regalarte una sorpresa que al principio parece un dardo envenenado. Yo no soy de los que se achican. De los que se dejan llevar por la tristeza o el desconsuelo cuando las cosas no ocurren como uno quiere. Eso no quiere decir que no sea sensible, que lo soy. Es solamente que prefiero poner buena cara a los nubarrones en vez de quedarme quieto cuando la lluvia arrecia y te pilla sin paraguas.

Me encanta viajar ¿Os lo había dicho ya?; creo que no he tenido oportunidad. Sí, me encanta. No por el hecho en sí de conocer lugares diferentes, ni siquiera por salir de la monotonía o de lo que uno ve todos los días. Tal vez lo que me atrae es la sensación de que algo puede ocurrir en cualquier momento, a la vuelta de la esquina, y que esa emoción se potencia cuando uno no sabe lo que hay al otro lado de una calle que no había pisado nunca. Así que esa mañana decidí tomar las riendas de mi vida de nuevo, en busca de ese cosquilleo en el estómago. No había sido un buen día, ni una buena semana, llevaba siendo un mes desastroso en realidad. Por eso, pensé que ya estaba bien de llorar, de dejarme caer en el sillón con la comedia romántica de turno para hacerme esa especie de Harakiri permanente y absurdo que solo me llevaba al vacío con palomitas, pero vacío al fin y al cabo.

¡Ya era suficiente! Sí. Me vino a la memoria aquella frase de “Love Actually”, una de mis favoritas de siempre y no solo de ahora, que estaba tan perdido en la nostalgia. Aquella escena memorable. Recordad, el chico enamorado de la mujer de su mejor amigo, a la que visita en secreto para autoflagelarse con aquellos carteles que iba pasando mientras sonaba un villancico.

-¡Tú, para mí, eres perfecta!- Concluía. Mientras se daba la vuelta por aquella calle solitaria en Navidad…  

atoledo9Había luchado contra todo, contra sus sentimientos, y se había dejado la piel en ello, pero sabía por fin que era suficiente. Y esa misma sensación del protagonista era la que yo tenía ahora. Lo había dado todo pero ya bastaba. Y sin carteles ni música. No en Londres, sino en el Sur y también en Navidad, enfilé aquella calle solitaria en mi mente en busca de lo que está en todas partes.

[…]

Mi abuela siempre me decía que yo era un soñador. Yo me reía cada vez que ella me lo comentaba. Era una mujer sabia, adelantada a su tiempo. De esas que te miraban y te lo decían todo sin pronunciar una palabra. Nunca me he sentido, bueno os mentiría, prácticamente nunca me he sentido tan a salvo como entre sus abrazos tiernos. Y hoy los echaba de menos, no sabéis cuanto.

-¡Un soñador, un bendito soñador es lo que eres!-me repetía mientras esbozaba esa sonrisa que lo curaba todo, y que yo guardo dentro para los días nublados como estos. Y ahora que ha pasado el tiempo y que ya no la tengo a mi lado, tengo que reconocer que llevaba razón. Y que tal vez este soñador no ha nacido en tiempos buenos para la utopía, pero que sobrevive a pesar de todo, con un pequeño barniz de realidad cada mañana…

Bueno, que me pierdo y no sigo con la historia. Os decía que había decidido esa mañana tomar de nuevo el control y lanzarme a lo desconocido. No necesitaba muchas cosas, y además siempre he pensado que todo sale mejor  cuando no se piensa demasiado y uno se deja llevar por la intuición. Aunque en realidad con ese sistema me he llevado algunos de los palos más grandes de mi vida, pero tengo que reconoceros que también las mayores alegrías. Así que en apenas unos minutos llené como pude la maleta, cogí la cartera, y después de hacer unas llamadas me dispuse a recorrer kilómetros sin destino fijo. En un viaje iniciático un poco absurdo por inesperado, pero necesario.

Y ahora la pregunta era ¿Adónde dirigirme? O a lo mejor esa no era la cuestión importante, tal vez era la que todo el mundo se haría. Si lo que buscaba no tenía nombre, ni remite, qué más daba, pensé. Mejor decidir sobre la marcha.

En lo disparatado de toda esta historia, porque realmente en el fondo así puede parecerlo, pensé que iría tomando cada decisión dejándome llevar por cada nombre. Sí. Por los nombres de los pueblos y ciudades que encontrara en el camino. No os riáis, sí, una estupidez… Como si una suerte de sendero invisible se dibujara en mi mente. Tenéis que comprender que mi estado emocional no era el más adecuado, aunque eso no explica suficientemente tan descabellado plan ni a este loco que os escribe.

Ahora ya tan solo tocaba tomar una dirección.

En el aire...

En el aire…

Ni corto ni perezoso busqué en el bolsillo una moneda -Norte cara, cruz Sur- el este y el oeste lo dejaría para otro momento. Cerré los ojos por un instante, como velando armas buscando la concentración necesaria, y tras abrirlos lance el metal al aire en un viaje que me pareció eterno. Y en aquel espacio frío de una mañana de Diciembre, tras varios giros, el destino no escrito, o tal vez más de lo que yo pensaba, tomó forma, sentido y rumbo. El norte nos esperaba al fin, a mí y a mi suerte.   

     […]

 

Decidí que el norte empezaba en Despeñaperros.

Así que conduje tranquilamente con la música a todo trapo, mientras los kilómetros se apresuraban a presentarme paisajes realmente preciosos. La carretera se abría camino entre ellos, zigzagueando curiosa, como si quisiera adivinar que iba a pasar con estas andanzas. El día ayudaba, radiante, y poco a poco fui acercándome a la frontera. A aquellos montes imponentes, ensortijados de árboles que suponían un punto de no retorno. Tomé aire, y como en un ritual, decidí cruzarlos despacio, ralentizando mi marcha para disfrutar del momento. Aquel enorme viaducto como colgado en el aire se abría en el horizonte, y pensé que tal vez era una metáfora de mi propia existencia, y que era un puente hacia una nueva vida. A partir de allí todo dependería de mi instinto y de lo que el futuro me tuviera deparado.

A una nueva vida...

 A una nueva vida…

Resolví continuar el camino sin apartarme de la ruta principal. Al principio era difícil decidir por donde seguir, y cada cruce, cada salida, se convertía en una posibilidad desconocida frente a mis ojos. No podía hacer otra cosa que sonreír por aquella ocurrencia que me torturaba a cada rato, y me hacía plantearme si era el siguiente cruce el que llevaría a mi destino. Pero qué importaba el nombre que la historia hubiera decidido ponerle a cualquiera de los pueblos que nacían a ambos lados; si tenía que llegar a algún lugar, llegaría, pensé.

La siguiente señal a la derecha me indicaba Santa Cruz de Mudela; deliberé sonriendo que un camino santificado no podía ser malo así que autoconvencido, decidí continuar hasta que otra indicación me apartara de aquella ruta. Y así fueron transcurriendo los minutos y las horas, que caían impasibles bajo la batuta de aquel cargador de CDs inagotable. Y yo no encontraba excusa, ni inspiración alguna en las decenas de nombres y lugares que aparecían en cada salida. Y se fueron sucediendo, uno tras otro, entre lomas y llanuras. De pronto, el indicativo de Toledo se desplegó en el horizonte, y como si una llamada invisible me avisara puse el intermitente, sin dudarlo. La Ciudad de las tres culturas, me esperaba, pensé ¿Adónde mejor que allá donde todos han convivido y aún quedan para siempre prueba imborrable de sus huellas? Tal vez esa era la respuesta que esperaba…

     […]

Engalanada...

 Engalanada…

La Ciudad apareció engalanada para mí como una novia. Recuerdo que al dejar el coche junto aquel hotel abrigado en piedra, tuve la sensación de que era el lugar adecuado, no sabría cómo explicarlo. Se respiraba tanta paz y armonía al caminar por aquellas calles empedradas bajo la luz anaranjada de las farolas, que todo invitaba al silencio y la meditación. La que yo necesitaba. El bullicio de la mañana había dado paso a la tranquilidad; y las parejas, de la mano, se hacían arrumacos por las callejuelas, y tengo que reconoceros que por primera vez me sentí solo y con un nudo en la garganta.

No sé cuánto tiempo caminé por aquellos barrios anclados en la historia. Solo sé que la música me llevó como en volandas a aquel lugar. Y cuando quise darme cuenta, allí estaba yo, en mitad de aquel callejón perdido en la Ciudad Imperial, atrapado por una melodía que me arrastraba como el canto de las sirenas.

En aquel callejón...

En aquel callejón…

Me costó abrir aquella puerta. Pesada, y por supuesto antigua. Pero apenas la había desplazado unos centímetros de su marco, aquella voz estalló dentro de mí, no me preguntéis porqué. Caminé unos pasos, al fondo de un largo pasillo se abría una estancia de techos altos, y no más de una docena de pequeñas mesas se abarrotaban bajo la luz de pequeñas lamparitas. Decidido me adentré en ella. Apenas si era capaz de vislumbrar sus caras; solo el sonido del cristal al chocar las copas y los pasos quedos, y de fondo aquel canto de mujer.

No lo dudé y decidí sentarme en la única mesa libre que quedaba a la derecha del pequeño escenario, mientras mis ojos se acostumbraban a aquella luz tenue y casi misteriosa. Recuerdo que con el primer trago de vino pude al fin poner rostro a aquella voz. Y también recuerdo que ya no pude dejar de hacerlo.

Puede que el resto de la historia os pueda parecer increíble. Pero realmente ocurrió así. No sé si fue el azar o el destino, o si hubiera llegado a cualquier otro sitio si aquella moneda hubiera dado otra dirección a la veleta de mi aventura. Sinceramente creo que de todas formas hubiera aparecido sin saber cómo en aquella calleja para escuchar su melodía. Porque inexplicablemente, ella no dejó igualmente de mirarme desde que yo lo hice. Y las horas se sucedieron eternas aquella noche, bajo aquel cielo engalanado mágicamente de estrellas.

Así que querida abuela, hoy quiero dedicarte esta historia. Aquí desde esta preciosa terraza que se abre a los cuatro vientos de Toledo. Ya han pasado muchos meses, y quiero que sepas que sigo aquí. Al norte de mi patria, pero en el centro de mis sueños. Esos que Tú alimentaste con tu cariño y ternura, para que yo los sembrara en otras tierras. Para que los recogieran otras manos, y otros ojos, pero con el mismo amor. Ese, el de verdad, el que Tú me enseñaste.

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DEDICATORIA:

A l@s que aún creen que está en todas partes… 

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