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UN DÍA, TRES OTOÑOS…

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Para leer escuchando…

“La de veces que he estado soñando,
buscando el momento de poderte ver…”

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No, no tenemos un contador para las emociones. Nada que nos permita calibrar o medir con exactitud nuestro estado de ánimo, cómo nos encontramos en cualquier momento, cómo se comporta nuestra mente o nuestro corazón frente a lo que nos ocurre, frente a lo que nos rodea. Pero sin embargo, cuando los sentimientos nos desbordan, cuando no tenemos explicación sencilla para lo que nos ocurre, un recóndito resorte interior se dispara para señalar que algo realmente importante nos sucede en el interior aunque sea invisible a los ojos de la gente; incluso frente a nosotros mismos.

Sucede cuando algo nos emociona. Cuando una música nos deja en silencio. Cuando una imagen, un paisaje, un acontecimiento nos toca el alma. Pero especialmente, cuando alguien nos llega dentro. Y entonces, ese engranaje, ese maravilloso mecanismo se dispara sin control, sin reglas ni normas cuando una persona nos ilusiona.

Puede que penséis que eso lo hemos vivido todos alguna vez. Que esa sensación de vértigo y de mariposas desbocadas, que ese desasosiego, esa locura, excitación, alegría, miedo, conmoción, ilusión y  esperanza… es propia del que se enamora. Y tal vez estéis en lo cierto, quizás en esa montaña rusa de sentimientos encontrados hayamos viajado todos. Como también todos hemos pensado en algún momento haber encontrado por fin la respuesta a ese torbellino.

Pero tengo que deciros que no siempre sucede de igual manera y que a veces hay viajes que ya no tienen retorno. Que carecen de explicaciones y de avisos, que suceden a pesar de que no estemos preparados y aunque llevemos esperándolo sin saberlo; porque nos dejan simplemente desnudos y sin palabras.

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Entonces, nos damos cuenta de que hemos dado mil vueltas en esa noria de ilusiones en la que se convierte la vida para llegar allí; a veces arriba, tantas abajo. Que lo que somos y sentimos lo hemos construido entre giros y esperanzas al pensar que habíamos encontrado el lugar adecuado y con quien compartirlo. Que los pasos que andamos hasta llegar a lo que somos fueron necesarios, a veces dolorosos, en ocasiones difíciles, pero que nos han forjado tal y como nos sentimos ahora para darnos por entero y sin disfraces a quien de veras se lo merece. Que de nada sirve arrepentirnos ni lamentarnos. De nada volver la vista atrás intentado explicar lo que ya es inevitable. Tan sólo cabe dejarnos llevar por lo que nos ha llevado hasta aquí y ahora, frente a quién nos espera y a quién esperamos sin más mentiras y con la verdad desnuda de una certeza infinita.

Y ya no cabrán ni medidas ni comparaciones. No necesitaréis de proporciones, de raseros, de cuentas ni de voceros que os digan lo que realmente estáis sintiendo.

Tan sólo sabréis, como yo ahora, que un día sin ella dura tres otoños…

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Dedicatoria:

A mi querida Beatriz y sus cálidos días de otoño. #15

AL AÑO QUE LLEGA…

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Para leer escuchando…

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Pensaba hace un rato, entre sorbo y sorbo del café de la mañana, que se nos escapa entre las manos un año sin darnos cuenta y que no es fácil reprimir un sentimiento de nostalgia. Casi pude sentir el lamento de los segundos borboteando despedidas, casi percibir el recuerdo de tantas horas vividas; el rumor de días inolvidables.

Echar la vista atrás es a veces un ejercicio necesario aunque nos dejemos en el intento regueros de melancolía. Pero también, al rememorar lo acontecido, se dibujan en nosotros las sonrisas de tantos instantes, se nos eriza de nuevo la piel con el tacto de sus recuerdos para damos cuenta que al fin y al cabo somos distintos; que el paso de este tiempo con 365 melodías diferentes, nos ha cambiado, nos ha construido para ser lo que hoy somos.

Como olvidar los paseos por el norte a tu lado o las tardes de sol  y terraza. El tacto de la arena bajo nuestros pies, el horizonte de andenes infinitos y tu eterna sonrisa. 

Tal vez sea este momento, junto al precipicio de algo que muere y algo que nace, hora de agradecimientos. De recordar lo bueno y olvidar lo complejo. De dejarnos llevar por la esperanza de que lo que viene nos mirará de frente para cumplir sueños aletargados. Que nos esperan, sin saber como ni cuando, días de templanza, tardes de ternura y noches de farra.

Así que a este año que nos deja, sólo tengo ya que darle gracias. Gracias por dejarme compartir con tanta gente la vida y sus vericuetos. Dedicar a todos los que me quieren un último abrazo; y a los que me quieren menos, la confianza de poder dárselo el año que viene.

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Gracias por dejarme cumplir ilusiones, pero sobre todo por poder compartirlas con quien me llena el corazón y las manos de ganas de seguir adelante. Gracias por mis aciertos. Perdón por mis desvaríos. Gracias por tus luces. Disculpas por mis sombras.

Sólo me queda prometerte que me daré por entero, tal y como soy al año que llega. Y que prometo hacerlo siempre de su mano. Esa que llevará por sus caminos, siempre con una sonrisa en el alma.

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DEDICATORIA:

A la sonrisa de Beatriz.

A la ternura de Pablo, Sandra, Mario, Iván y Ana.

     

LA LEYENDA DEL HILO ROJO…

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Imagen por @Culturainquieta

Para leer escuchando…

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“Cuenta una leyenda oriental que las personas destinadas a conocerse tienen un hilo rojo atado en sus dedos. Ese hilo nunca desaparece y permanece  para siempre atado, a pesar del tiempo y de la distancia. No importará lo que tarden en conocerse, no  importará el tiempo que pasen sin verse, ni siquiera importará si viven en la otra punta del mundo: el hilo se estirará hasta el infinito pero nunca se romperá.

El hilo lleva contigo desde tu nacimiento y te acompañará, tensado en mayor o menor medida, más o menos enredado, a lo largo de toda tu vida. Así es que, el Abuelo de la Luna, cada noche sale a conocer a los recién nacidos y a atarles un hilo rojo a su dedo, un hilo que decidirá su futuro, un hilo que guiará estas almas para que nunca se pierdan…”

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Cuando leí por primera vez esta maravillosa historia, pensé que tal vez los seres humanos necesitamos buscar resortes para justificar nuestra existencia, para poner coto a  nuestros miedos y a nuestros vacíos. Para darle verdadero sentido a tantas decisiones difíciles que acabamos tomando, especialmente cuando el corazón anda de por medio.

El destino. Un prodigioso compañero de viaje que nos busca y nos encuentra para unirnos a un alma que nos espera sin saberlo. En la distancia o cerca. Cuando menos lo esperas o cuando es evidente. Tejiendo un camino que nos acerca sin poder evitarlo a quien nos espera desde siempre; unidos inexorablemente a nosotros por un hilo invisible que nunca se destruye y que simplemente desea ser algún día, lo más corto posible.

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Pero también pensé que en el fondo esta leyenda le da sentido a las emociones que todos de una u otra manera hemos percibido alguna vez. Ciertamente sólo una vez. Cuando de manera absoluta, nítida e inexplicable, sabemos que por fin ha ocurrido y que la magia del encuentro está frente a nosotros. Y entonces mil mariposas hechas de ese mágico hilo escarlata, revolotean en tu interior buscando un corazón donde anidar para siempre. Y uno sabe que por fin ha llegado el momento.

Porque cuando ocurre, la fábula parece tomar en nosotros forma y sentido. Sentido, porque sin saber cómo da solución  a las preguntas que nunca supimos contestarnos. Pone luz a nuestros errores pasados; para dejarnos claro donde estaba la verdadera respuesta, donde la persona con la que queremos compartir la travesía.

Seguramente no somos conscientes del delicado nudo que llevamos enlazado en nuestro meñique. Tal vez no seremos conscientes de la madeja que se extiende hacia el infinito sorteando calles y plazas, caminos y cielos, para llegar a su meta. Pero lo que si podemos estar seguros es que cuando ocurra, algo distinto se nos romperá por dentro para hacerse maravillosamente visible en nosotros. Y entonces la búsqueda y la confianza habrán merecido la pena.

Encontrar a quien nos comprende sin palabras. A quien nos arropa de abrazos cuando el frío de la vida arrecia. Quien nos acepta a pesar de nuestros errores y miserias para calzarse nuestros zapatos, es difícil. Pero es también un tesoro que justifica la búsqueda.

Así que por si acaso, abrid los ojos. Dejad que la vida os lleve por donde quiera.  Continuad adelante dando lo mejor de nosotros mismos. No pongáis límites a los sueños ni fronteras a la esperanza, porque no podemos saber cuando ni donde se hará realidad, pero ocurrirá. Y todo parecerá haber tenido sentido.

 

Tal vez como a mí, una soleada mañana de otoño…

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DEDICATORIA:

A Beatriz…

 

 

 

 

 

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Para leer escuchando…

“Ser como humo en el aire. Perdidos… perdidos”.

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A veces tenemos la impresión de no tener claro el porqué de las cosas. Un sutil resorte interior que se activa cuando las decisiones son importantes, cuando conllevan cambios; siempre que intuimos que los pasos a dar nos van a remover el alma. Somos emociones. Vestidas de circunstancias distintas, embadurnadas de lugares diferentes, de vidas propias que cada uno sortea como puede con nuestros errores y aciertos. Pero en el fondo, simple y maravillosamente, emociones. Y es mejor dejarse llevar por ellas para enfrentarse a lo que nos sucede, que vivir pensando qué hubiera ocurrido de no hacerlo. Eso nunca…

Conforme el paso del tiempo nos va tiñendo cabello y conciencia, tendemos a comparar acontecimientos. A confrontar momentos e instantes como si esto fuera posible; como si fuera realmente necesario. Sin darnos cuenta que la existencia nos construye a cada paso para llegar a ser lo que ahora somos. De abajo arriba. De dentro afuera. Cada día.

Pero eso no implica que todo nos llegue de igual manera. Que no podamos discernir entre lo que realmente nos agita por dentro y lo que no. Porque cuando algo único nos ocurre no necesita explicaciones, se siente de manera diferente. Nadie tiene un termómetro para los sentimientos, pero sí sabemos cuando lo que nos pasa nos deja sin palabras, sin escudos, sin aliento; o cuando simplemente sucede sin más. En eso el paso del tiempo es el mejor maestro.

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El paso del tiempo...

Y a veces, lo que hubiéramos pensado en el pasado que era distinto, queda difuminado tras una realidad que se nos planta delante para contemplarlo todo de otra manera. Para hacernos ver y sentir lo que realmente buscábamos sin medidas ni escalas, porque no las necesitamos. Arrastrados tan sólo por la certeza que inunda cuando algo viene cargado de belleza; la que nos traen de la mano los sentimientos verdaderos.

No nos dejemos llevar por las primeras impresiones. No etiquetemos. No dejemos que nada ni nadie nos limite ni nos deje avanzar con nuestras propias alas. Porque cuando menos te lo esperas, la existencia te ofrece verdades desnudas que desconocías, huérfanas de prejuicios, de mentiras o de dobles intenciones; para traernos bajo el brazo aquello que en realidad perseguías y que alguna vez pensabas haber encontrado. Cuando descubres que hay personas que sin saberlo llevan esperándote toda la vida. Tal vez más de una.

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Somos emociones, sí, porque nos construimos con ellas. Porque formamos parte indivisible de lo que hemos vivido, reído, llorado, compartido. Pero ningún sentimiento es más auténtico que el que erigimos de nuevo con todo un equipaje almacenado ya en la mochila; con el camino andado. Porque somos cómo y quienes somos, gracias a ello, pero resucitamos cada mañana a un nuevo escenario, frente a nuevos retos que recorrer. Y eso nos hace únicos, prodigiosamente diferentes.

Tal vez el secreto sea no pensar en lo que fuimos sino en lo que somos. No poner nada en entredicho sino luchar por lo queremos ser de aquí en adelante. Aprender que todo es posible a pesar de las heridas en la piel y en el alma, porque son las que nos han permitido llegar hasta aquí tal y como pensamos ahora. Y continuar sin que nadie tenga que sufrir nuestros miedos, nuestras viejas culpas o nuestras penitencias, para dar lo mejor que llevamos dentro. Porque lo malo y lo bueno que somos es una suma de instantes, así que aprovechémonos de la experiencia para levantar sobre ella el mejor de los paisajes. El que nos llevará donde siempre quisimos llegar y aún no hemos conseguido.

A ser felices; para hacer a los demás felices. Simplemente para defender con los dientes nuestro derecho a la alegría. La que nos regalan las personas que nos aman de veras, a pesar muchas veces… de nosotros mismos.

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DEDICATORIA:

A la vida.

A Beatriz.

LLUVIA DE VERANO.

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LLUVIA DE VERANO.

Para leer escuchando…

Escucha el viento, escucha el río, mira hacia el mar, ya no hace frío. Abre las puertas, cierra los ojos, ven a la calle, vente conmigo”.

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Llegaste como llega la primera lluvia del verano. Cuando nadie la espera, cuando parece que hemos olvidado el olor a tierra húmeda y a vida que se abre camino a su paso.

Llegaste despacio, pero pisando fuerte mi alma. Desempolvando lo mejor de mí mismo para construirme distinto sin ser diferente. Para lavar mis penas con tus palabras tiernas, para reconciliarme con la vida y con la esperanza en lo que aún me queda por caminar, por hacer, por luchar, por errar; por decidir.

No me pediste nada. Nada a cambio. Sólo me diste lo mucho que llevabas dentro, aterido de olvido. Acurrucado en lo más dentro de ti, esperando volar fuera para dibujarlo todo de colores a su paso. Y conmigo lo hiciste, para borrar un gris que lo adormecía todo por dentro.

Me sonreíste. Recuerdo como ayer esa sonrisa limpia. La luz en tu mirada. Ese momento tan difícil de explicar pero tan fácil de recordar porque lo llevo tan dentro. Y pensé, que había sucedido. Que había ocurrido. Que no era momento de pensar en ayer ni en mañana. En nada que no fuera aquel instante, aquella magia que envuelve raras veces pasajes de nuestra vida dejando en lo más profundo una huella imborrable que nos cambia para siempre.

Sí. Como lluvia de verano.

 

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Como lluvia de verano…

Que recorrió mi cuerpo, mi piel, mis heridas. Que embadurnó de cariño mis prejuicios y mis faltas. Que me devolvió la confianza en lo que soy o puedo llegar a ser, si persevero. Que me salvó del abismo. Que me elevó sobre la tristeza. Que me reconcilió con la verdadera esencia de lo que siempre había soñado y que había dado ya por perdido. Agua de mayo en agosto. Agua limpia, tibia, sanadora.

Lluvia que me devolvió a la tierra de golpe. A esa que nos aferra a lo mejor de la existencia. A la que hace brotar abrazos y esperanzas. A la que siembra noches y esparce mañanas. A la que nos acoge cuando no nos queda nada más que la derrota, pero es nuestra. A la tierra mojada que nos devuelve a casa recostados sobre un lecho de confianzas, sobre una almohada de ilusiones.

Lluvia. Y como lluvia llegaste para quedarte. En verano aunque fuera otoño en mi corazón que germinó en primavera. Lluvia. Que me llevó de la mano hacia lo que ahora soy, hacia lo que tengo. Sobre mis miedos y mis derrotas; sobre los que tú construiste frontera de cariño tras la que me refugio cuando me pierdo.

Lluvia de piel y caricias que me desnudan de pesares. Agua de paz. Manantial de risas y de calles que pasean nuestra alegría. Torrente de un amor que llegó al sur desde el norte para ser mi brújula y mi bandera.

Lluvia de verano.

Mi paz. Mi corazón. Mi compañera.

 

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DEDICATORIA:

A Beatriz.

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Para leer escuchando…

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Quizás no estemos preparados para el verano. Tal vez se nos hace demasiado grande tener todo el tiempo del mundo, la tranquilidad por horizonte y la paciencia por única frontera. Demasiado acostumbrados a las prisas. Demasiado perdidos en la pantalla de un móvil que nos dirige, o tal vez nos anestesia el día a día. Ausentes de emociones nuevas pero que en realidad son las más antiguas; las de las conversaciones sin horarios, las de la ternura por APP de un corazón necesitado, las del tacto cercano de los que en realidad nos aman y toleran nuestras faltas u ausencias.  

Y entonces llega una mañana y tenemos días por delante para restañar nuestras costuras y tal vez no sepamos ni siquiera como abordarlos; tan acostumbrados a la adrenalina de una vida estresada que el silencio duele, que la calma chirría, que la paz es un plato al que cuesta acostumbrarse. Y es que tenemos adormecida la conciencia de lo realmente importante.

Así que he decidido coger papel y lápiz y escribir todo aquello que creo que es necesario para salir de este laberinto en el que tantos andamos perdidos y disfrutar de unas vacaciones distintas.

Tal vez no os sirva a todos, tal vez ni siquiera a mí mismo, pero el mero hecho de reflexionar sobre lo que me espera me hace abrir los ojos para darme cuenta por enésima de vez de todo lo que nos estamos perdiendo. Tan ocupados en buscar la felicidad en lo que se compra o se vende; cuando lo que nos hace realmente felices nunca ha tenido precio…

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Así que si me lo permitís, voy a comenzar con este DECÁLOGO PARA UN VERANO DISTINTO:

  1. HAY QUE CERRAR LOS OJOS: No hay nada como cerrar los ojos. Sentarse en el lugar más cómodo que tengamos a mano y dejarse llevar. Para pensar en cuando fue la última vez que sentimos esa maravillosa sensación de dejar la mente en blanco. Recordando todo aquello que nos hace sonreír y abandonando los caminos que nos llevan a pensar en la rutina y las dificultades; para sólo abrirnos al sendero de los días que nos esperan. Olvidando todo aquello que nos ha hecho daño para sólo llevar a cuestas lo mejor que nos ha pasado. Entonces estaremos preparados para descargar la mochila…
  2. DESCARGAR LA MOCHILA: Pesa demasiado. Demasiadas heridas, tristezas y sueños incumplidos. Demasiadas decepciones con el mundo y con nosotros mismos. Tantas expectativas perdidas en el camino que se hace insoportable su carga. Porque nos lastran, nos impiden ver más allá porque el peso nos hace bajar la mirada hacia lo que aún es posible. Así que es necesario vaciarla. Despejarla de miedos y desesperanzas para llenarla de proyectos, de nuevas ilusiones y volver a cargarla sobre la espalda. Dolerá, sentiremos la punzada del recuerdo a cada peso que nos quitemos de encima porque nada pasa en balde, pero cuando acabemos sentiremos la ilusión de lo nuevo, de lo que comienza y entonces todo será posible.
  3. SONREIR: A veces se nos olvida demasiado y es la sonrisa el combustible del alma. Así que hay que hacerlo en cualquier lugar y momento. No hay nada que una sonrisa no sane ni puerta que se le resista. Y tal vez abrirá las puertas más complejas, las propias; las más profundas, las que encierran lo mejor de nosotros mismos  para que otros puedan entrar y conocernos de veras. La sonrisa del corazón que es la ventana más hermosa para la alegría.
  4. LA ALEGRÍA: La de lo sencillo. La de compartir las cosas que nos gustan de verdad. La de disfrutar de lo pequeño pero que nos llena, lo cercano que nos despereza la tristeza, lo diferente que nos ilusiona, lo que se hace de corazón y que no tiene precio.
  5. CUMPLIR SUEÑOS: No tienen porque ser demasiado complejos ni grandes. A veces los mejores sueños van envueltos en lo más simple, en lo más sencillo. Hay que intentarlo. Nada como cumplir un sueño que llevamos tiempo intentando hacer realidad porque nos da alas para emprender otros que todavía están dormidos y porque en el fondo ¡Qué sería la vida sin los sueños!
  6. EL TACTO: De los que nos importan o de los que queremos que lo hagan. De los que tenemos cerca pero hemos dejado para el final, abandonados por lo que no es importante. El de las manos, el de la piel, el de la mirada. El que nos acerca más que cualquier cosa. El que huele a silencio o a estruendo. El de las palabras al oído o el de la carcajada. El sencillo roce de lo que realmente importa.
  7. OTROS LUGARES, OTRAS MIRADAS: Nada como descubrir otros paisajes, otras gentes, otras maneras de ver la vida. Viajar nos hace más humanos, más humildes, sin duda más sabios. Disfrutar por primera vez de algo maravillosamente distinto es una sensación inigualable, porque además tendemos a pensar que lo nuestro, que lo que conocemos y nos rodea es lo mejor. Que nuestra forma de ver la vida es única, que nuestras costumbres son las de todos, para descubrir que apenas a unos kilómetros hay otros tiempos y otras miradas. Y que en realidad es más sencillo de lo que pensamos ver la vida con los ojos de otros si somos capaces de intentarlo.
  8. DEJARSE LLEVAR: Por cualquier sitio y a cualquier hora. Sin corsés que nos limiten, sin prejuicios que nos cierren posibilidades que nos esperan. Dejando simplemente que la vida y sus oportunidades se nos ofrezcan para compartirlas. La magia de dejar que todo suceda simplemente, sin planificar, el secreto de lo que se acerca sin avisar  cargado de horas nuevas.
  9. Y TAMBIÉN VIAJAR ENTRE PÁGINAS: Allí donde cualquier viaje es posible, cualquier historia puede ocurrir y tiene nombres que se nos vuelven cercanos. Esa paz que lleva sumergirse entre páginas que nos arrastran más allá de nuestras miserias, para abrirnos a otros mundos y hacernos volar desde un sillón o tumbados en la arena. Nada como bucear en las aventuras que otros soñaron un día cualquiera y que ahora pueden formar parte de nuestra propia vida, para cambiarnos.
  10. Y DECIRLO… Hablar. Conversar. Con los que nos acompañan en la vida, a los que no dedicamos el tiempo suficiente; que en el fondo es no preocuparnos por nosotros mismos. Saber de ellos. Decirles lo que les queremos y demostrárselo. Tejer con nuestra palabra todo lo que sentimos y que hace tiempo que no somos capaces de contárselo.

 

Y así puede que todo sea más sencillo. Dará igual el lugar, sólo será importante disfrutar cada instante. Puede que no sean las más lujosas vacaciones, que el tiempo no acompañe, pero sin duda habremos viajado de la mejor manera posible y al mejor destino. El que nos reconcilia con lo que nos salva, con lo que nace dentro, con lo mejor de nosotros mismos.

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DEDICATORIA:

A la mágica luz del verano.

A Beatriz…

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DE PASO…

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Para leer escuchando…

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De paso. Creemos vivir de paso. Con las oportunidades siempre intactas y la posibilidad de volver atrás abierta en cualquier momento. Con nuestra mirada como único referente, con nuestras ideas, con nuestra forma de ver la vida como modelo exclusivo a seguir. Ese que tantas veces exigimos aceptar a los demás, a los que nos rodean.

De paso; pero en demasiadas ocasiones con paso más de maestro que de aprendiz. Con palabras forjadas por una experiencia que asumimos como única e irreversible. Con las alas desplegadas porque no sabemos ni queremos plegarlas a otros vientos. Con la conciencia tapiada tantas veces de prejuicios. Con la esperanza hecha jirones de olvidos. Con la alegría varada en una realidad que en verdad solo es un espejismo tallado por nuestras tristezas.

De paso, pero detenidos.

De paso, pero atrás.

De paso, pero sin avanzar ni darnos cuenta de que llevamos demasiado tiempo sin hacerlo.

De paso, pero dormidos.

Dormidos, pero en realidad olvidados por nosotros mismos…

 

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Distintos…

 

Y entonces, si logramos darnos cuenta. Si una mañana notamos por fin que algo se nos mueve por dentro. Si alguien nos abre los ojos y nos desempolva la sonrisa. Si nos erizan la piel, si nos abrazan el alma. Si la vida nos sale al paso para invitarnos a bailar con ella y nos lleva de su mano aunque hayamos olvidado su ritmo y su cadencia. Si nos enseñan a darnos cuenta que en realidad andamos perdidos. Que todo es un aprendizaje permanente. Que no hay verdades absolutas, tal vez ninguna verdad, tal vez millones de ellas y todas válidas. Si nos descubren que realmente somos pequeños, imperfectos, distintos y maravillosamente vulnerables. Que no hay nada escrito. Que no hay dolor que no pase. Que no hay alegría que no se retorne si tenemos las puertas abiertas. Que hay demasiada gente como nosotros cansada de no detenerse a saborear cada instante; para hacer de cada momento algo irrepetible. Que hay que confiar de nuevo en la gente y en lo que nos rodea, por mucho que nos hayan hecho daño. Que hay miles de caminos, centenares de miradas, y que tan sólo importa querer y poder compartir alguna de ellas, si dejamos que sea el corazón quien nos hable. Entonces, sí, en ese momento mágico algo se romperá y nada volverá a ser lo mismo.

 

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El aroma de lo cercano…

Porque no hay que andar de paso. Porque de paso no saboreamos cada instante, ni percibimos un susurro en el viento. Porque no rozamos la mano que nos tienden; y porque no es fácil abrazar si andamos de paso. Porque no aspiramos el aroma de lo cercano, el tacto de las pequeñas cosas que erigen otras enormes por dentro. Porque la existencia es tan mágica que podemos construirla de mil maneras y todas caben dentro de ella. Tan sutil que cambia a cada momento. Tan maravillosamente frágil que se nos escapa si no la disfrutamos. Tan valiosa que no podemos vivirla de paso…

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DEDICATORIA:

A Beatriz.