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ADIOS, VIEJO AMIGO…

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Querido y viejo amigo.

Creo que es la última oportunidad que tengo de hablar contigo, ahora que vencen las horas para poder disfrutar de tu presencia. Y no quería, no podía pasar este momento sin darte las gracias.

Ha sido larga pero maravillosa, esta travesía a tu lado. Cargada de momentos inolvidables, por alegres y difíciles; pero en el fondo creo que has conseguido que pueda sentirme hoy mejor persona, y eso no puedo decírselo a todo el mundo. No podía dejar de escribírtelo antes de que me dejes.

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…de estrellas.

Juntos nos hemos ido construyendo cada mañana. Es difícil saber ahora mismo donde empiezas y donde acabo, porque en realidad te has hecho ya parte de mi memoria; y te llevaré para siempre muy dentro, en ese baúl de emociones que no quisiera cerrar nunca. Recuerdo como si fuera ayer como te conocí una fría noche en mi Sur del alma. Plagaste de estrellas aquel cielo y me regalaste una noche distinta. De esos días que uno prefiere almacenar en su interior para crecer despacio con sus enseñanzas; y eso hice.

Y fuimos caminando de la mano. Día a día, hora a hora, segundo a segundo. Y aunque tengo que reconocerte que también hemos vivido de la mano malos momentos, me quedo con todas las luces que encendimos juntos y que no se apagarán jamás en mí.

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Luces…

Espero a tu sucesor con ilusión, tengo que decírtelo. Lo espero. Pero no quiero que pienses que te echaré en el olvido, nunca podría hacerlo. Como espero que los que hayan compartido con nosotros tantas vivencias no lo hagan, porque contigo hemos saboreado algunos de los días más hermosos de nuestra vida.

Pero también ha habido momentos complicados y tristes. De esos que uno no espera, y para los que no estamos preparados. Sé que no has tenido la culpa y que el destino nos ha llevado a vivirlos juntos; pero también has conseguido al final, con tu paciencia infinita, las tiritas que han restañado mis penas para que vuelva a brillar el sol como jamás lo hizo en mi horizonte.

Me regalaste días maravillosos. Destellantes de ternura. Con ellos, construimos caminos inexplorados en los que me he sentido feliz como nunca. En los que he aprendido que la vida, de la que formas parte, no tiene sentido si no la saboreas sin límites ni complejos. Dejándote llevar por la intuición y por el corazón que nunca te engaña. Esa lección que tú me has regalado, la llevaré marcada dentro para los que te sucedan.

Y dentro de mí, dibujaste un verano con colores que jamás había percibido. Con aromas plagados de esperanza. Con abrazos que curaron todas mis heridas. Donde la magia, se abrió camino al son del tango una noche inolvidable.   

Gracias…

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Ahora, entrañable amigo, solo me queda decirte adiós, cuando apenas te quedan unas horas conmigo. No podré olvidarte jamás. Porque te guardaré y te llevaré a mi lado junto a tus compañeros el resto del tiempo que nos quede juntos.

Me quedo con ese regalo que me has dejado estos últimos meses y que tanto necesitaba. Un tesoro que no sabré como pagarte, querido 2015, su presencia…

Hasta siempre.   

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Para acabar escuchando…

“Ahora que tengo un alma que no tenía…”

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DEDICATORIA:

Para tod@s, mis mejores deseos para 2016.

A tus abrazos tiernos. 

SILENCIOS Y PALABRAS.

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Para leer escuchando…

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Nada nos reconcilia más con la vida que sentir que nos quieren. Que a pesar de nuestros defectos y nuestras incertidumbres, que más allá del tira y afloja en la búsqueda de una imperfección absurda que nos atormenta y aturde; alguien nos ame pese a todo o quizá por eso mismo.

Amar es un don y un desafío. Un regalo y un constante ejercicio de equilibrio. Mil silencios envueltos en palabras. Una certeza barnizada de exilios; una isla en un mar de soledades. Tal vez por eso, a pesar de que a veces duela y aunque no encontremos siempre la respuesta exacta, no podemos ni debemos renunciar al milagro que representa, ni dudar de ello.  Porque nada es más injusto que valorarlo sólo cuando nos falta o vacilar cuando lo sentimos cerca; nada es más ingrato que no darnos a corazón abierto cuando es compartido. Nada.

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Que nadie nos engañe con el monólogo de que se desvanece. Con el soniquete que nos intenta convencer de que es etéreo, de que el tiempo lo difumina, que el uso lo disipa o que somos simplemente uno más en la cadena de otros. Porque tras esas palabras sólo se esconde la cobardía del que no lucha por construirlo cada día; porque cada afecto es único, cada ternura diferente, cada abrazo… un prodigio. Y dos, unidos, son irrepetibles.

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… un prodigio.

Puede que ya lo tengamos junto a nosotros o tal vez os espera a la vuelta. Puede que ni siquiera seáis conscientes de que puede surgir en cualquier momento, ni cómo ni cuándo, ni dónde ni porqué; ni qué es lo que hace que te llegue tan adentro, donde nadie ha logrado acercarse nunca. Solamente es necesario que en el momento en que ese torbellino nos lleve, cuando seamos conscientes de que algo extraordinario nace, nos demos sin límites. Sin ningún límite. Ninguno…

Lo más oscuro...

Lo más oscuro…

Nada. Nada nos hace mejores que amar. Ningún sentimiento nos acerca a lo mejor de nosotros mismos como querer a alguien; aunque a veces desentierre también lo más oscuro de nuestra alma al sentirnos vulnerables. Al darnos cuenta de que nos quedamos expuestos a cada segundo; como si quien nos ama buscara absurdamente nuestros costados abiertos y no nuestra calma.

Busquemos y al encontrarlo, dejémoslo todo en el intento. Al final nos quedaran sólo esos instantes grabados dentro como memoria de vida. Porque todo lo demás sí que es una ilusión. Porque todo lo que tiene precio, sí que no nos lleva ningún sitio.         

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DEDICATORIA:

Al amor con todas sus consecuencias.

A tus abrazos tiernos.

CAFÉ PARA DOS…

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Para leer escuchando…

“Sentir, que es un soplo la vida…”

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Cada vez que soplaba el viento del sur, María se volvía como ausente. Dejaba escapar un suspiro que se elevaba con sus primeras ráfagas, para dejar abajo una mujer sumida en sus pensamientos. Entonces, se atusaba el pelo despacio y se sentaba siempre en el sillón junto a la ventana. Dibujando con sus dedos formas y palabras ilegibles sobre el cristal empañado, y dejaba que el tiempo la llevara lejos; el tiempo y ese vendaval a medio camino entre su soledad y sus deseos.

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Aquella mañana había decidido no dejarse llevar por la nostalgia. Era una manera de decirse a sí misma que con eso no conseguía nada, y que a pesar de todo, a pesar de que el recuerdo le martilleaba a cada paso cada vez que no era capaz de pensar en otra cosa, su presente y su futuro debían alinearse; aunque su mente no dejara de dibujar líneas curvas y pensamientos siempre extrañamente racionales. Porque en el fondo, ella se dejaba siempre arrastrar por las emociones, aunque intentara en vano barnizarlas de aquella fina capa de lógica amorosa.

Él le había dicho –recordó– que había siempre una mágica forma de borrar aquellas cavilaciones almibaradas de dudas. Y aunque pensara que aquel soñador volaba a ras de suelo, en sus silencios lo intentaba. Porque habían construido juntos tantos buenos recuerdos, en tan poco tiempo, que era fácil alzar el vuelo.

–¡Aquella Navidad era tan distinta! –meditó. Siempre había pensado que le hubiera encantado celebrar estos días como a ella había soñado; deseos marchitados durante tantos años bajo aquella ingrata falta de afecto que ahora le parecía como de otra vida…

[…]

El reloj marcó las diez. Los primeros rayos del sol dibujaron en el salón formas y colores, y María casi podía distinguir su rostro camuflado entre aquellas luces y reflejos. Siempre lo recordaba sonriente, no solo porque él lo fuera, sino porque realmente le alegraba su corazón vivaracho que había nublado su cielo después de años de abandono. 

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Dos tazas…

Decidió ponerle una taza. No tardaría mucho en llamarla y aunque en la distancia, tal vez aquel humo doble acompañara también sus ganas de verlo. Apretó a fondo la cafetera, cerró los ojos y casi pudo oír su voz al otro lado del pasillo. Su andar fuerte, y aquellos abrazos en los que perderse.

Pasaron unos minutos, y apenas pudo dejar de coquetear con su memoria. La que siempre le traía una agridulce mezcla de amor y tristeza, pero a la que renunciar sería como morir un poco. Aunque a veces ella pensara que moría y resucitaba en su pensamiento cada día. Sirvió las dos tazas, con el mismo mimo de siempre. Y con aquellas zapatillas de las que no podía deshacerse, se aproximó al balcón para saludar la mañana como los dos lo hubieran hecho juntos, aquel 25.

[…]

Ding, dong!-resonó por sorpresa.

El sonido atravesó la habitación y sin pensarlo, dejó los tazones sobre el aparador para colocarse la chaqueta y abrir la puerta. El portero no había tardado demasiado en hacerle la copia de las llaves–pensó–

Giró el pomo sin pensarlo y dejó que la puerta se abriera. Y al otro lado solo tuvo tiempo de ver su sonrisa.

–¡Creo cariño, que hoy si hay café para dos!–resonó en el zaguán.

Y aquella mañana de diciembre, el viento del sur volvió a revolotear, pero esta vez entre sus brazos.

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[…]

DEDICATORIA:

A tus abrazos tiernos…

A RAS DEL SUELO…

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Para leer escuchando…

 

“¿Dónde vas cuando estás solo?

¿Dónde vas cuando estás triste?

Yo te sigo…

Cuando las estrellas se apagan.”

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Me gustan estas fechas navideñas no sólo por los tópicos que encierran, sino porque es más sencillo poner sobre la mesa los afectos. Es como si la mayoría de nosotros nos despojáramos de esa fría coraza que nos pinta de gris las mañanas, para dejar una rendija que nos deja el alma al descubierto. Y tal vez, solamente por eso, merece la pena que estos días lleguen cada diciembre.

Ni siquiera me planteo porqué no ocurre esto el resto del año. El motivo que nos lleva a encerrarnos en nosotros mismos, en un entorno pequeño y cuadriculado que nos hace opacos a las emociones y al descubrimiento. Que en el fondo, nos hace estancarnos y empequeñecernos; porque sin duda es la relación sincera con los demás y con la vida lo que realmente nos construye tal y como somos.

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Son ya las cinco. Mi italiana me avisa de que casi rebosa y que me espera para llenar mi taza de siempre. Y yo, ensimismado en mis pensamientos, al pie de la escalera que se abre frente a la cocina, vuelo sin darme cuenta a otros lugares y otros momentos…

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Me avisa…

Es curioso como si dejamos que nuestra imaginación ocupe el espacio que se merece, a veces las cosas adquieren el sentido justo y la medida precisa. Porque muchas veces no somos conscientes de lo bueno que tenemos hasta que no viajamos con nuestras cavilaciones al país del recuerdo. A mí me gusta mucho hacerlo; me sana y me devuelve la calma. Sí. A veces me sorprendo en mitad de la muchedumbre recordando. Hoy aquí recordándote. Imaginándote de nuevo en aquella mañana de verano como si pudiera tocarte de nuevo. Y ya no sé si lo he hecho otra vez o realmente es que nunca he dejado de hacerlo en lo más profundo, desde aquel día. Lo que si sé es que he aprendido que es mejor peregrinar hacia donde nuestro corazón es sincero y el sol nos calienta de verdad. Para olvidar los contratiempos que nos vienen dados, que hacemos absurdamente primordiales, para abandonar lo realmente importante. Y aquel día lo fue y lo sigue siendo.

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Me sirvo la taza casi como un autómata. Añado un poco de leche fría, azúcar moreno y sonrío. Porque me doy cuenta que sigo enfrascado en este soliloquio mientras la casa se llena de aroma a café para llevarme otra vez de la mano a las tierras tranquilas de la paz que buscaba. Esa patria en la que destierro mis recelos y mis dudas para solo dejar entrar lo que  de verdad me hace mejor y me alienta; y adonde apenas unos pocos viajan conmigo.

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Me sirvo…

Doy el primer sorbo; y dejo que la cucharilla dibuje en el borde formas curvas al compás de mi mano que la observa. Y pienso cuántas veces esta misma danza me ha salvado de la tormenta, aferrado al calor del primer café de la mañana o de la sobremesa compartida. Cuando realmente nada importa salvo lo esencial; lo que rara vez aparece en nuestros pensamientos barridos por este maldito viento diario de la rutina, y que solo acaba explicándose sin palabras.

La rutina. La que abre las puertas de la brisa que nos conforma o de la ventisca que solo siembra granizo de incertidumbres. De la que huyo siempre que soy consciente, porque estoy cansado de construir argumentos para lo que solo son mis propios miedos. Y aunque os cueste creerlo, funciona. En un ejercicio difícil; una aventura interior hacia el propio descubrimiento pero de la que si uno no ceja sale fortalecido y preparado para caminar sobre las penurias diarias.

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Funciona…

Decido que una taza no es suficiente. Y apuro la cafetera hasta que los posos juegan con los restos del primero que me he servido. Y casi sin moverme, apoyado en la encimera, vuelvo a revolotear hacia mis reflexiones como envuelto en sus efluvios mágicos. Doy un nuevo sorbo y pienso que realmente te echo mucho de menos. Y que aunque la nostalgia también es una gran compañera de viaje, preferiría mil veces tu presencia. Y cierro los ojos por si acaso una pirueta del destino hace que suene mi nombre en tus labios, con la ternura con la que siempre me nombras. Y aunque al abrirlos, no ha ocurrido, lo he escuchado en el silencio. Ese que me transporta a tu lado cuando realmente te necesito; o sea en cualquier momento.

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La tarde languidece. La luz dibuja en el salón sus últimos destellos y me dejo llevar entre la penumbra del atardecer y la noche que me llama. Ha sido un viaje de unas horas pero me ha parecido efímero. Porque me he sentido acompañado, comprendido y he hallado las respuestas.

Miro mis manos y buceo mi alma. Las heridas de nuevo se han cerrado como siempre que me zambullo en las emociones que realmente me mueven. Respiro profundo; sé que ya es hora de volver a pisar el suelo, de dejar por hoy el vuelo. Siento que pliego las alas y que me encuentro reconfortado.

Ahora, solo me queda escribir todo lo que he sentido, aunque creo que sin saberlo ya lo he hecho. Porque no importa si el café existió o solo imagine tu aroma. Solamente sé que el periplo te trajo conmigo de nuevo, y con él esta calma infinita.

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DEDICATORIA:

A tus abrazos tiernos…

RESPIRAR…

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Para leer escuchando…

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Por mucho que intentamos recordarlo, siempre acabamos olvidándolo, lo cotidiano tiene la extraña virtud de arrinconar lo importante.

Pasan los días y nos dejamos llevar por sus horas como si fueran eternos, como si como aquella película “El día de la marmota” sucediera realmente e invariablemente pudiéramos amanecer para un nuevo intento. Pero eso no es posible, y no somos conscientes…

Parece que es inevitable dejarse llevar por la monotonía, por el devenir de los acontecimientos que nos dirigen inmisericordes. Por ese ronroneo machacón de las mismas cosas cada día, que nos deja a veces sin aire y sin sueños. Resistirse a ese tsunami parece imposible, porque no nos pregunta. Simplemente nos aturde la conciencia para no dejarnos vivir como protagonistas sino como espectadores ausentes; como meros convidados de piedra. Pero a veces hay que alzar la voz y bajarse de esa noria monocorde.

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Sensaciones…

No quiero ni puedo dejarme llevar, la existencia es demasiado valiosa y efímera. Y aunque cada mañana pueda parecer esculpida como ayer, siempre hay margen para el cambio, para colores y sensaciones nuevas, basta tan solo con abrir los ojos y planteárselo. En cualquier lugar, en cualquier instante se dibujan escenarios de los que podemos ser partícipes si ponemos el empeño necesario. Los que nos rodean,  los que amamos, se merecen cada día la ternura de siempre, la atención de las primeras veces, el tiempo necesario frente a la rutina de lo superfluo.

Cada café puede ser distinto. Cada paso una zancada diferente. Nuestros gestos pueden vestirse de sonrisa y nuestros sentimientos salir a la calle sin esperar que llamen a su puerta. Siempre hay algo que puede dar luz a nuestra propia historia, y con ella iluminar la de los que nos acompañan en este viaje.

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Con gafas nuevas…

Así que voy a salir a la calle con estas nuevas gafas. Seguro que el cielo será diferente y el viento hoy susurrará de otra manera. Miraré al frente e intentaré impregnarme de todo lo que delante se me ofrece como si fuera la primera  ocasión en la que por allí transitara. Y cuando te vea o te oiga de nuevo, volveré a sentir aquel primer torbellino de sensaciones para volver a respirar. Para regresar a aquella alegría enorme que lo iluminó todo; cuando lo importante, lo realmente importante, ganó la partida de la vida.     

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“Mi piel en silencio grita, 
Sácame de aquí. 
Mi piel en silencio grita, 
Oxígeno para respirar. 
Respirar de esta falta de ti.
Respirar de esta ausencia de mí.

Respirar, respirar, respirar…”

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DEDICATORIA:

A tus abrazos tiernos que me hacen respirar…

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Para leer escuchando…

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A veces nos perdemos simplemente buscando respuestas; réplica para los sentimientos, los propios y los ajenos. Tratando de emitir veredictos en cuestiones imposibles de valorar salvo en la dimensión de las emociones; interrogantes que además no nos llevan a ningún sitio y de los que solo el corazón entiende. Es como si nos costara ser felices; como si fuera difícil entender que la vida es mucho más sencilla y que no siempre todo tiene una interpretación, un argumento o una sentencia. Que es más fácil dejarse llevar por lo que nos hace bien y nos hace crecer, para no buscar más allá de lo que no necesita explicarse.   

Pero somos demasiado complejos. Tan complejos que nos gusta explorar caminos intransitables cuando andamos suavemente descalzos por la hierba. O soltarnos de la mano, la que nos acoge y nos reconforta, para intentar buscar una luz cuando caminamos ya bajo el sol más luminoso. Y cuando somos conscientes, hemos desperdiciado demasiados momentos, hemos herido a alguien o lo peor a nosotros mismos.

Descalzos...

Descalzos…

Así que después de meditarlo he decidido que ya no va o ocurrirme nunca.

Voy a intentar ver con los ojos que observan solo lo que nos llega dentro. Con las gafas de la sonrisa o las lentillas de lo tierno. Voy a resistirme al viento del rumor y la duda. Y compraré un viejo paraguas para refugiarme de la lluvia del rencor o la indiferencia; para luego calzarme contra la apatía y la tristeza.

Caminaré despacio para no perderme nada. Dejaré al lado los senderos que solo me llevan a la monotonía. Y aunque el camino se vuelva estrecho y sinuoso, sabré que es el correcto porque no tendré que preguntármelo; porque caminaré en paz y ligero. Me dejaré llevar por los afectos sin más preguntas pero con todas las respuestas, porque cuando empiece a dudar me llevaran en volandas. Desempolvaré mi ternura para dibujarnos el mejor horizonte y allí pondré el norte, sin dudarlo. Tal vez no sea el destino que hubiera elegido pero seguro que seremos felices al encontrarlo.

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Y tenderé mi mano. Prefiero que la cojas y no me preguntes, porque yo no pienso hacerlo. Y puede que de nuevo juntos vacilemos frente a lo desconocido, pero ya no será importante. Porque seremos más fuertes; invencibles. Porque ante la incertidumbre no volverá a germinar la desconfianza, esa que nos aleja de la felicidad y nos hace pequeños.

Y entonces simple y maravillosamente, fluirá la vida…    

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DEDICATORIA:

A lo sencillo de las cosas.

A tus abrazos tiernos.  

  

LOS DE VERDAD.

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 Para leer escuchando…

Nunca llaman a la puerta, porque no lo necesitan. Más bien se quedan dentro sin avisar y permanecen aunque no se lo pidamos.

A veces no les echamos cuenta porque parecen que van irremisiblemente unidos a nosotros, a nuestra vida y emociones. Como si formaran parte indivisible de ella desde siempre, aunque realmente no importe el tiempo que lleven a nuestro lado.

Te conocen. Tal vez como nadie. Quizá porque se han preocupado de hacerlo y les duele lo que te pasa, lo que te alegra o te entristece; porque en el fondo les embargan las mismas sensaciones que a ti aunque nunca se las hayas contado; no lo necesitan, las conocen. Y les basta un leve gesto, una palabra o un tono de voz para averiguarlo, aunque no sepamos como han podido descubrirlo.

No somos conscientes de lo que valen, o al menos no como se lo merecen. Pero cuando el cielo se torna gris como por arte de magia te prestan su paraguas y su mejor sonrisa. Y aunque arrecié la tormenta, siempre es un poco primavera a su lado. Y si el frío de la rutina o de los problemas te hace tiritar el alma, su abrazo sana como ninguno. Entonces, injustamente, nos damos cuenta de lo que los necesitamos y de que nunca se han marchado a pesar de todo; incluso a pesar de nosotros mismos.

No. No solo nos acompañan en los días soleados, cuando la risa se apodera de todo; para eso hay ya demasiada gente, demasiada. Están también cuando todo se vuelve difícil y cuando te sientes huérfano y perdido. Y aunque crees haberlos elegido, en realidad son un regalo de la existencia, un bien que cuidar; la familia que nos hemos permitido escoger.

Un regalo...

Un regalo…

Porque no tienen horas. Ni necesitan explicaciones. Porque cuando todo parece imposible encuentran la palabra justa y el abrazo perdido. Si necesitas una mirada la encuentras en sus ojos, y si buscas el silencio te entregan su calma. Y cuando tienes que escuchar la verdad desnuda te la ofrecen directa, sin atajos, aunque les duelan tus lágrimas como a nadie. Para dejarse la vida en defendernos, aunque comprendan que hemos errado el tiro; saben que ya habrá tiempo de aclaraciones, si es que las necesitan. 

Son muy pocos, muy pocas. Apenas necesitas una mano para contar sus nombres, pero toda una vida para agradecer su presencia. Son sin duda un tesoro que cuidar y que te cuida. El mejor bálsamo, la mejor compañía. Así que mejor disfrutar siempre de su presencia sin esperar a ser conscientes de lo que son y representan, para darles, como ellos hacen, lo mejor de nosotros mismos. Sin duda eso nos hará mejores, nos permitirá crecer como personas y devolverles todo lo que nos entregan sin esperar nada a cambio.

Son los de verdad. Son los amigos del alma…

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DEDICATORIA:

A mis amig@s, a la amistad verdadera.

A tus abrazos tiernos.

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