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Archive for 22 enero 2013

NO SÉ SI FUE UN SUEÑO…

 

No sé si fue un sueño...

No sé si fue un sueño…

Carta desde algún lugar del mundo… 22 de enero de 2013. 

Ayer me levanté aún con el rumor de las olas, y tu ausencia…

Tu olor lo impregnaba todo, envolviendo las sábanas como un regalo, y casi pude sentirte a mi lado, percibir tu piel sedosa, tus labios dulces y tus ojos… que me hablan.

La brisa fresca entraba por la ventana esparciendo tu aroma por toda la estancia para transportarme a tu lado, a tu vera como siempre; cerca de ti pero hoy con alas nuevas, tejidas por tus manos y tu cariño allende los mares.

Como olvidar estos días, mi vida, todavía sueño con ellos…

El sol nos saludaba a cada trecho por la ciudad aún dormida, que despertaba a tu paso cadencioso, a cada vuelo de tu pelo, a cada mirada tuya, y yo con ella.

Tu mano me asía, y me llevaba de nuevo suavemente por las calles ensortijadas de colores, repletas de melodías y nostalgias de tiempos mejores; y disfrutaba a tu lado viendo como todo se abría a nuestro camino como un tesoro, para a cada vuelta de la esquina, en cada recodo, dibujar en tu rostro una sonrisa.

Recuerdo las callejas estrechas, el aire templado y tus abrazos tiernos. La magia.

El bullicio de las gentes que andaban bailando las aceras, bajo los soportales anclados en el recuerdo. Aquel olor a fruta fresca, que se deshacía entre los labios de aquellos niños que dibujaban sonrisas; y la luz, que estallaba en los cristales mágicamente, pintando de azul un cielo radiante.

Por la Habana...

Por la Habana…

Sí… la Habana nos enseñaba sus mejores galas, y tú a ella. Y yo soñaba.

Y contigo todo era si cabe más hermoso. Como mi vida a tu lado.

Recuerdo que el aire cogía aquellos tonos nacarados y la sal empapaba las paredes mal encaladas del viejo barrio, plagado de fachadas pastel, como dibujadas. Y la trova, surgía de cada ventana entreabierta, donde a su ritmo y a fuego lento se guisaba la “yuca con mojo” impregnando el aire a naranja amarga, comino y canela…

Y el tiempo volaba, en aquel paraíso que soñamos tantas veces pisar juntos y que ahora tomaba cuerpo y vida frente a nosotros.

¿Recuerdas aquella vieja cantina?…

La música te arropaba desde la entrada, y nos dejamos llevar…

Para sentirnos tan cerca, al viejo son de azúcar y caña, al vuelo del contrabajo y la guitarra, al ritmo de unos pies descalzos y una voz que nos iluminaba el alma. Para detenerlo todo, para sentirnos solos tú y yo, aquella calma dichosa… y el bendito olor a ron y hierbabuena.

Y luego aquel muelle, la brisa y tus manos.

Aquel muelle...

Aquel muelle…

Que me arrastraron sobre las viejas piedras cuando la luz moría, dibujando sobre tu pelo mil reflejos, y en mi corazón mil esperanzas.

Y aquel baile; aquellos  pasos que un día prometimos, y que tú dibujaste dulcemente junto una mar que nos acunaba, y que yo disfruté contigo siguiendo el ritmo suave de tus caderas, sintiéndome el hombre más afortunado del mundo.

Te escribo para contarte que no sé si esto ha ocurrido realmente o ha sido un sueño. No lo sé, cariño.

Porque si lo ha sido no quiero despertarme. Sólo permanecer a tu lado bajo aquel sol que nos alumbraba, que tintó tu piel morena, que nos arrastró a playas de ensueño para dormir con el susurro de la mar por melodía. Que dibujó cabriolas con tus manos, al ritmo de la música y del viento.

Y si ha sido real, sólo darte las gracias.

Por llenar mi corazón de ilusiones.

Por amarme y hacerme soñar en aquel malecón, cuando el mundo era nuestro, sólo de los dos y atardecía…

No se si eres un sueño

………………………….

Dedicatoria:

tod@s los que viven sus sueños.

 

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EL ÚLTIMO VIAJE…

El último viaje...

El último viaje…

Amanecía una mañana más, pero ella ya estaba despierta.

Su mirada se perdía en el techo, envuelta en aquella sensación de vacío que la acompañaba desde hacía meses y de la que no lograba zafarse.

Y es que sentía realmente sola.

Despacio, en silencio, giró la cabeza y lo observó; podía sentir su calor, su respiración pausada, abrazado como siempre a su almohada, inmóvil, tan cerca pero tan lejos.

Y estuvo así durante un rato, contemplándolo; intentando recordar quién era, quiénes eran, dónde estaban… por qué ya no entendía nada o tal vez demasiado. Sintiendo en su interior aquella ausencia, aquella partida que la desgarraba por dentro.

Y Mónica sintió aquel escalofrío, por primera vez.

Como un viento helado, que la recorrió barriendo a su paso cualquier atisbo de duda, toda sombra de incertidumbre, y que le dejó en un segundo el alma exhausta y el corazón encogido sobre aquel lecho compartido.

Sentía que todo estaba acabando, y ya no podía evitar ese desconsuelo.

Porque esquivarlo era morir desangrada, perdiendo a cada paso la poca ilusión que le quedaba. La esperanza, de que a pesar de todo, la vida continuaba latiendo fuera de aquellos muros que ahora la atenazaban, cada vez más altos e infranqueables. Porque dentro, en aquel espacio donde los colores habían brillado tan fuertes, resplandecientes, todo se había ido apagando, languideciendo, para dibujarse ahora en blanco y negro.

Sin fuerzas se levantó del lecho, aterida, buscando el consuelo del café; aquel compañero de soledades con el que ya solamente compartía desesperanzas.

Atravesó la casa en silencio.

Los niños aun dormían, descansando ajenos a aquel desasosiego que lo ocupaba todo. Tan sólo sus risas llenaban ya tantos silencios, tanta ausencia, pero sin servir de nudo a una relación que naufragaba…

Tal vez nunca...

Naufragaba…

El ruido de la vieja cafetera la sacó de sus pensamientos, y aquel aroma penetró en ella como un bálsamo para darle algo de calor a un cuerpo olvidado de caricias.

Se sirvió una taza, y aferrada a ella se sentó como cada mañana, pero sabiendo que aquel amanecer era distinto. Y recordó…

Aquellas primeras miradas. Aquellos días de vino y rosas, de sueños compartidos que forjaron una vida para construir juntos. Las sonrisas, los abrazos tiernos, la pasión desbordada, la ilusión por dar y compartir; el enorme corazón de un hombre, ahora tan lejano y desconocido.

-¡Cuánto y cómo lo había querido!… caviló entristecida. Y ahora…

Pero pensó que después de haber luchado contra todo y contra sí misma, no podía ni debía engañarse. No cabían más mentiras. Ni más culpables. Ni más reproches.

El amor existía; debía existir en algún lugar, porque aquella casa estaba ya huérfana de afectos… y a pesar de todo, no podía seguir resignándose a aquella muerte lenta y dolorosa para ambos.

No quería ni debía renunciar a creer. A soñar con ese sentimiento que alguna vez había percibido cerca. Ese vendaval que nos arrastra al lado del otro cuando es verdadero, y que sí lo es, no debe cesar nunca, talado por la miseria de los días. No debía.

Aunque tal vez nunca lo había sido realmente en aquella historia, pensó.

Porque a veces, meditó, la rutina nos arrastra a vidas que no son nuestras.

Y nos empuja a mañanas, tardes y noches sin esencia ni alma, para olvidar lo que somos y lo que queríamos construir a su lado. Para adentrarnos en un universo donde nos sentimos extraños, sin aire ni consuelo. Perdidos. Perdidas.

Olvido.

Olvido.

Y ella llevaba demasiado tiempo extraviada, y no estaba dispuesta a hacerlo ni un día más. Ni un segundo más…

[…]

Los gritos de los niños llenaron de pronto todo como una sinfonía salvadora, y como un relámpago, como una brisa fresca, llegaron corriendo a la cocina para abrazarse a mamá y borrar de su mente, por un momento, tanta nostalgia.

El olor a cacao y pan tostado lo inundó todo, y la costumbre se adueño de aquella cocina; y el reloj de aquella vida prestada, volvió a contar minutos lentamente.

Él entró entonces despacio, casi sin hacer ruido y se sentó como siempre frente a ella. Ausente, sin aquella contagiosa alegría de tantas mañanas; otro náufrago sin patria.

Y sus miradas se cruzaron, por un momento, sin decirse nada. Sin hablarse como antes.

Sólo un lacónico -¡Buenos días!-… y después aquella soledad compartida.

Ella le sirvió el café…

Le sirvió el café...

Le sirvió el café…

Y con aquella enorme tristeza que la acompañaba desde los primeros rayos de sol, le cogió tiérnamente la mano y lo miró a los ojos. Los de un hombre extraviado, que la contempló de frente, alma con alma. Para descubrir en aquel momento, desde lo más profundo, que el barco ya había zarpado…

… y esta vez ya sin él.

Ya... sin él.

Ya… sin él.

……………………………….

Dedicatoria:

A todos los corazones perdidos en busca de la felicidad.

 

 

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LA MIRADA…

Su mirada...

Su mirada…

Abrió la mirada a la mañana después de toda una noche en vela.

Se sentía extraña, perdida en aquella habitación de hotel esperando un día que llevaba aguardando tanto tiempo.

Las primeras luces del alba entraban por la ventana entreabierta y ella se sentó al borde de la cama mirando al vacío, buscando la calma, la quietud de un corazón que hoy latía fuertemente movido por la esperanza, como nunca lo había hecho.

-¡Cuánto le había costado llegar allí!- … pensó mientras se levantaba lentamente buscando la ducha reparadora.

Se desnudó despacio, y cerrando los ojos, dejó que el agua fluyera sobre su rostro y su cuerpo para lavar sus miedos y reconfortar su espíritu; y dejó volar su mente… que sin querer como siempre, corrió a su lado.

Lavó sus miedos...

Lavó sus miedos…

Y pensó en él.

Como se encontraría, que sentiría, que estaría haciendo en aquel mismo momento, en aquel mismo instante, en ese segundo. Porque hoy se sentía tan cerca y a la vez tan lejos, ya a menos de ciento cuarenta latidos.

Y el tiempo, se detuvo tras el cristal empañado; y la vida transcurrió despacio, pausadamente, al ritmo de los recuerdos que se agolpaban en su pensamiento como si nada a su alrededor existiera, como si todo hubiera sido diseñado para aquella tarde por un mágico destino que la arrastraba, y del que no quería zafarse.

Y es que Silvia había decidido por fin ser fiel a sí misma y a sus sentimientos; para dejar de soñar y creer que era posible si ponía su alma en el empeño, y ella estaba dispuesta a todo por lograrlo.

No recordaba cuando recibió aquel primer mensaje en su teléfono. Ojalá se acordase, meditó ya fuera de la ducha.

Pero llegó como uno más, pensó.

Un avatar nuevo que le saludaba en aquel universo que tanto la fascinaba; donde se sentía arropada, acompañada para enjugar sus penas y curar las heridas de una vida, la suya, que naufragaba.

Porque no había peor dolor que el del desengaño, que el del abandono, ese hondo sentimiento de soledad desnuda frente a una misma. Delante de la cual se sentía huérfana de soluciones y de esperanzas. Hasta que aquella luz, aquella luna de verano, se iluminó delante de ella casi cuando sentía que todo estaba perdido.

Intentó recordar aquellos primeros momentos.

Aquellos primeros mensajes, que fluían veloces y suaves tras unos dedos que dibujaban emociones en el teclado; las primeras risas manuscritas, las primeras canciones, aquella sensación sutil de que algo ocurría y la removía por dentro sin poder ni querer controlarlo… y de como todo fue creciendo.

Era difícil explicarlo, aun ella no podía hacerlo, pero ocurrió.

Y paso a paso, palabra a palabra, fue surgiendo; para envolverlos y elevarlos sobre todo lo que ocurría a su alrededor a ambos lados de la pantalla. Para ser capaces de entenderse y abonar dos vidas solitarias a golpes de sueños, cincelando un amor que creció casi sin darse cuenta…

Lo amaba, sí, lo quería profundamente. Sin haberlo tocado. Sin haberlo mirado a los ojos, ni haber sentido el tacto de su piel ni el roce de sus manos. Pero sabiendo, descubriendo detrás de sus palabras y de aquella fotografía, un alma hermosa, como nunca había conocido.

Y después de tantos días de ensueño, de tantas vigilias y noches compartidas tras el brillante silencio de un portátil, todo iba a hacerse realidad, a la llamada de aquel mágico doce de enero.

No lo dudó ni un instante.

El corazón le dio un vuelco cuando su número apareció en escrito en azul, y tras unos interminables segundos pudo oír por fin su voz al otro lado del teléfono.

Y sus palabras, tantas veces leídas, cogieron voz y melodía. Y sus risas sonaron a sinfonía, y sus susurros a milagro.

-¿Has leído el relato, no?… le dijo emocionado.

-¡Yo te espero a las cinco, cielo, no faltes!… terminó, para dejarla casi sin aliento.

Y hoy era el día.

Se vistió despacio. Como una novia.

Y desplegó dulcemente sobre la colcha los tres vestidos que había elegido para aquel momento, temblando. Con la emoción en el pecho que le estallaba en su interior como una tormenta de verano.

Y tras decidirse, sé miró al espejo, para retocarse y abandonar aquel espacio donde había velado las armas de su corazón casi sin probar bocado; y radiante, ilusionada, avanzar por el largo pasillo en busca de sus sueños.

[…]

Apenas quedaban unos minutos para las cinco, y paralizada, se detuvo frente a aquel maravilloso café.

Café Gijón...

Café Gijón…

Sentía su pulso en la garganta, y una emoción indescriptible. Un último esfuerzo, tomó aire y cruzó la calle decidida para llegar hasta la vieja puerta de madera para cruzar bajo el dintel de la puerta.

Y entonces, el silencio.

Para solo escuchar como un martilleo en su cabeza el latido de un corazón emocionado.

Y el reloj marcó las cinco.

Y allí frente a ella, él la esperaba con su mejor sonrisa… la que  había soñado tantas veces, y él había dibujado con sus dedos cada noche, cada madrugada.

Y sus ojos se empañaron de alegría.

Y mientras, él se acercó lentamente a su lado, sin apartar su mirada de la suya, para construir juntos por primera vez un abrazo; que los envolvió en aquel mágico lugar como una esperanza abierta al mundo..

Un universo que se detuvo a su alrededor, tras el primer…

¡Te quiero!…

Tu mirada...

Tu mirada…

Este relato es la segunda parte de  “EN EL CAFÉ GIJÓN”.  

Publicado en este Blog el 14 de Diciembre de 2012.

…………………………………………………

Dedicatoria:

A tod@s l@s que hicieron posible la magia del doce de enero. ¡Gracias!…

 

 

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